DANA
El frío calaba sus huesos, clavándose en su piel como mil hielos intentando perforarle la ropa, definitivamente no planeo bien esto. Pero el objetivo siempre fue el mismo: huir sin importar el cossto.
Mirando hacia arriba, a la gran pensión de tejado destartalado y ventanas caídas por el tiempo. Dana no se arrepentia, sin embargo, debía hacer algo sino quería morir de hipotermia bajo la torrencial lluvia de fines de septiembre
Una brisa sacudió su largo cabello negro y otra oleada de llovizna le humedeció el cabello, sus dientes castañearon y se guardo las manos en los bolsillos como si la tela chorreante pudiese protegerla de algún modo.
Su idea de huida se va desvaneciendo poco a poco con cada rafaga de viento. Pero tan solo pensar en volver a compartir una claustrofóbica habitación con siete personas más le daba el impulso y la determinación para seguir adelante. Sus pies chapoteaban en los grandes charcos, el agua gélida calando en sus botas, cuyas claramente no fueron hechas para este clima.
sus pasos acuosos resonaron en la soledad de la noche, pero continuó. Había un estacionamiento cerca, de ahí tomaría algo caliente y vería que hacer, pero tras avanzar unos metros más se percató de algo, ¡A donde carajo iría?
Sin casa, ni un lugar estable más que la residencia a la que definitivamente no volvería. No necesitaba exponerse o esperar, solo bastaba estar atenta a los rumores para saber lo que sucedía a puertas cerradas en aquel sitio.
Lejanamente, Dana aun recordaba la bonita sonrisa de Heidy mientras corrían por el prado del lugar, solo para enterarse días después que había desaparecido. Preguntó por ella, pero claro le dijeron que fue adoptada. Dana resopló. Si, nadie creía esa mentira cuando ella misma fue testigo de cómo se deshacía de sus cosas a las pocas horas.
Su pecho se apretó ante la idea del terrible destino que tuvo la chica. No sería la primera y, no obstante, lo que realmente le dolió fue la mera e ilusoria fantasía de que ella sí fue adoptada, ¿qué problema había en ella?
Nadie quiere adoptar adolescentes, fue lo que le dijo una de las encargadas, menos una problemática como ella. La asistente no lo dijo, pero lo veía en sus ojos cargados de condescendencia cada vez que se acercaba a preguntar por algo.
a la mierda con eso, pateó un pedazo de concreto. ¿Quién mierda quiere ser adoptado o enviado a un hogar de tránsito? Para encariñarse si luego te van a descartar como basura. Su estómago se contrajo con amargura.
¿En cuántas casas de acogida ha estado a lo largo de casi veinte años? Cuatro cinco, qué importaba si todos terminaban devolviendola. Dana era a la que nadie quería. No, estamos buscando a un niño. No, nosotros no podemos tenerte. Excusas. arrojó una piedra lejos, putas excusas.
Una fuerte luz la cegó y Dana supo, llegar a algún sitio. Se adentro en el estacionamiento, donde un chico temblaba en la pequeña garita, esperando que la carga de un auto terminara. Se encaminó al diminuto hipermercado y tomó un café de la máquina.
Sus manos se aferraron al pequeño vaso descartable y lo bebió como si este fuese la solución a todos sus problemas, por un segundo lo fue. Gimió casi aliviada ante el sabor agrio y dulzón en su paladar, ¿Hace cuanto no debía uno?
Desde su última adopción, recordó con melancolía, añorando el café de la señora Agnes, la trabajadora de su último hogar y lla última persona que le mostró algo de humanidad.
Los coches iban y venían cada pocos minutos, el chico temblaba por el frío, intercambiaba unas pocas palabras con los clientes y tomaba las monedas como si estas valieran algo.
Necesitaba un plan, se dijo viendo con tristeza cómo su vaso se vaciaba. Y esto no lo es, arrojó el vasito a un tacho cercano. Revisó sus bolsillos, vacíos y se maldijo por no pensar mejor las cosas. Todo lo que tenía había quedado en aquella habitación compartida a la que juró, jamás volvería.
Se asomó por la calle, distinguiendo a unos camiones aproximarse, tal vez podría pedir un aventón. La señora Agnes llegaría pronto a la mansión de Los Jones, quizás le diera algo de ropa limpia, ¿Y luego qué? Se preguntó con un nudo en la garganta, apenas se había escolarizado en su primera casa de acojida antes que le dieran una patada.
No importaba, se tragó el nudo. algo haría. Distinguió un camión descargar y a un hombre alto de aspecto rudo en el asiento de copiloto, el tatuaje en su cuello diciéndole: no te acerques. Pero ¿Cuantas opciones tenía?
Se aproximó, pero antes de llegar a él una sombra la cubrió y Dana tropezó con sus propios pies
—¿Tienes unas monedas?—balbuceó el hombre, de aspecto demacrado con arrugas alrededor de los ojos, mirada perdida y aliento rancio a alcohol y tabaco.
Dana tartamudeó, sintiéndose repentinamente pequeña. Rebuscó en sus bolsillos maldiciendo una vez más al no encontrar ni un mísero centavo. La mirada del hombre pesaba sobre ella y el hedor se volvía más denso con cada segundo que transcurría.
— ¡Eh!— dijo una voz y al levantar la mirada, Dana distinguió al mismo hombre antes de bajar de su camión y acercándose. Sus pasos tranquilos como si tuviera todo el tiempo del mundo y su postura, de manos en los bolsillos y mentón en alto, encendieron todas sus alarmas.
Miro a ambos lados, ¿Qué era peor, un vagabundo o un tipo peligroso con tatuajes y mirada amenazante?
Dana respiró con dificultad y prometió que, si sobrevivía, sería más precavida. En su próxima vida, se juró antes de echarse a correr, no miró atrás solo corrió y corrió.
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HOMELESS
Historical FictionTras perder todo lo que conoce, Dana se enfrenta a la realidad de escapar, es allí cuando la vida la confronta con Derek, un camionero tosco que le enseñara, sin saberlo, lo únicco que no conoce y algo que ambos perdieron: un hogar
