Nunca conocí a nadie que odiara el día de su Asignación.
Había quien no dormía la noche anterior. Había quien desayunaba sin probar bocado. Había quien se pasaba semanas imaginando el momento exacto en el que un funcionario pronunciara su nombre. Pero jamás conocí a nadie que quisiera evitarlo.
¿Por qué iba a querer hacerlo?
A los dieciséis años dejabas de hacerte la pregunta más difícil que puede hacerse una persona.
¿Quién voy a ser?
Otros pueblos antiguos, según contaban los libros, pasaban media vida intentando responderla. Algunos cambiaban de oficio cinco veces. Otros recorrían el mundo buscando un propósito. Muchos morían sin encontrarlo.
Nosotros no.
Nosotros teníamos el Archivo.
Siempre me gustó esa palabra.
Archivo.
Sonaba tranquila. Ordenada. Como si todas las respuestas del mundo estuvieran colocadas en estanterías de madera esperando a ser encontradas.
Mi abuelo decía que el Archivo había salvado a la humanidad del caos.
-El mayor sufrimiento del ser humano -repetía cada vez que podía- no es el hambre ni la guerra. Es no saber dónde pertenece.
Yo nunca dudé de sus palabras.
Nadie dudaba.
En la escuela nos enseñaban que el Archivo había puesto fin a las grandes crisis del pasado. Desde su creación, las ciudades crecían sin desorden, las profesiones nunca faltaban, los hospitales siempre tenían médicos, los campos siempre tenían agricultores y los puentes jamás se quedaban sin ingenieros que los construyeran.
Todo funcionaba.
Y cuando todo funciona, uno deja de preguntarse por qué.
Mis amigos y yo hablábamos del Archivo casi todos los días.
No porque fuera una obligación.
Porque era imposible no hacerlo.
Para un niño de quince años, el Archivo era lo que para un adulto es el futuro: algo que parece lejano hasta que un día descubres que está a la vuelta de la esquina.
-Yo quiero que me toque Constructor -decía Leo.
-No se dice "que te toque", idiota -respondía Nara riéndose-. Tú eliges.
-Pues entonces elegiré Constructor.
-Eso si el Archivo cree que eres capaz de construir algo más que castillos de arena.
Todos nos reíamos.
Leo era incapaz de enfadarse. Siempre terminaba riéndose también, aunque fuera de sí mismo.
Yo nunca decía qué cajón quería.
No porque no lo supiera.
Sino porque me daba vergüenza reconocerlo.
Desde pequeño había soñado con trabajar en el propio Archivo.
No por poder.
Ni por prestigio.
Simplemente me parecía el lugar más importante del mundo.
Si algún día tenía hijos, quería ser yo quien les entregara el cajón que cambiaría sus vidas.
Pensándolo ahora, resulta extraño.
De pequeño soñaba con decidir el comienzo de la vida de los demás.
Y jamás se me ocurrió preguntarme quién había decidido la mía
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El archivo
General FictionDurante siglos, el Archivo ha sido el mayor símbolo de libertad jamás creado. A los dieciséis años, cada ciudadano cruza sus puertas para elegir el camino que dará sentido a su vida. Nadie impone un destino. Nadie obliga a nadie. Cada persona decid...
