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Prólogo

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La nieve caía en silencio. Era de noche.

Un hombre avanzaba por la calle desierta, con el rostro oculto bajo una capucha larga y oscura. Sus pasos apenas crujían sobre la escarcha, acostumbrado a no dejar huella. Llevaba horas caminando, quizá días, sin mirar a nadie y sin permitir que nadie lo mirara.

Hacía mucho tiempo que había aprendido a pasar desapercibido. El viento helado le golpeó la cara cuando dobló una esquina, y entonces lo vio.

Un pequeño bar, con las luces apagándose poco a poco. Cuando vio el letrero del bar, dudó.
A esas alturas de la noche, no habría nadie. Nadie que pudiera reconocerle. Y necesitaba entrar en calor.

Empujó la puerta.

Un campanilleo sonó cuando cruzó la puerta. Tan sólo había una mesa ocupada. En una esquina, dos hombres mayores jugaban a las cartas, y en la barra, un borracho bebía de una jarra con la cara enrojecida.

El encapuchado se sentó en la mesa más apartada, en penumbra.

Los hombres de la esquina hablaban en voz baja, pero el silencio del lugar hacía que la conversación fuera el foco del local.

—Dicen que lo han visto en el paso al norte —murmuró uno, con voz rasposa.


—Bah, cuentos de campesinos —refunfuñó el otro—. Si Eskandar estuviera aquí, ya habrían quemado media comarca.


—El gobierno lo quiere vivo. Darán una recompensa a quien lo encuentre.

El encapuchado no alzó la vista. Solo bebió el aire y esperó.

La joven camarera se acercó con paso ágil y cansado a la vez, limpiándose las manos en un trapo.
—¿Qué le pongo?

—Un mezar —respondió él, sin dudar.

Ella arqueó una ceja, sorprendida. No era una bebida habitual por esas tierras, un licor fuerte con sabor a anís que quemaba la garganta, era una bebida típica del sur. Asintió y se alejó.

Mientras preparaba el mezar, el borracho en la barra la observaba sin disimulo, con una sonrisa torcida.

—Anda, no cierres tan pronto Giselle —farfulló—. Te invito a una ronda si te sientas conmigo.

—Estoy trabajando. —respondió ella con firmeza, sin mirarle.

Los dos hombres se levantaron entonces, abrigándose.

—Brandel, vete ya a casa, anda —dijo uno, con un tono casi paternal.

—Sí, antes de que acabes durmiendo en la calle otra vez—añadió el otro entre risas.

Brandel alzó su jarra a modo de despedida, pero no se movió. Los hombres salieron del bar, y el silencio volvió, roto solo por el sonido de la escoba de la camarera barriendo el suelo.

El encapuchado bebió su mezar en silencio. El sabor le trajo recuerdos que había jurado olvidar. Noches borrosas, risas falsas, su madre agotada limpiando vasos mientras los borrachos la manoseaban. Sintió un leve nudo en el pecho. Sintió asco.

Se tragó el último sorbo de mezar, y se levantó para marcharse. Pensó en si era buena idea dejar a la camarera a solas con ese borracho pero pronto decidió que lo mejor sería no llamar la atención. No era asunto suyo. En realidad nada lo era desde hacía mucho tiempo.

Cuando pasaba junto a la puerta, escuchó un chillido breve. Giró la cabeza.

El borracho estaba de pie, sujetando la muñeca de la camarera y empujándola contra la barra. Su mano resbalaba por su cadera con vulgaridad, mientras ella trataba de zafarse sin éxito.

El encapuchado sin pensarlo cruzó el local en dos zancadas.

Agarró la muñeca del borracho y la apartó de un tirón seco. La mujer se apartó de golpe, respirando con el pecho agitado.

—Déjala—dijo él, con voz baja y peligrosa.

El borracho lo miró, tambaleante, furioso.
—¿Y tú quién te crees que eres?

El borracho trató de encararlo, pero el encapuchado le empujó con un gesto firme que lo obligó a retroceder. En un arranque de orgullo, el señor le arrancó la capa de los hombros para verle la cara.

Se quedó helado. Ese rostro. Era el mismo de los carteles. El rostro de Eskandar.

—Tú eres...

No terminó la frase. Un golpe seco y veloz, lo dejó inconsciente en el suelo.

La camarera miraba a Eskandar como si hubiera visto a un fantasma. Él recogió su capa sin decir nada, se la echó encima y dio media vuelta para marcharse.

—Yo que tú lo echaba ahora, no tardará en despertarse.—Se giró para mirar al borracho— Aunque con la que lleva encima no creo ni que sea consciente de lo que hace.

—...¿Eres Eskandar? —susurró ella. Lo observaba impresionada.

Paró en seco, pero no respondió. La forma en la que la miró bastó. Alto, algo bronceado, cabello negro y ojos claros. Era exactamente igual a como lo retrataban los carteles.

—Han repartido retratos por toda la comarca... —musitó ella—. Sabía que no podían ser sólo rumores.

Él calló. El viento entraba por la puerta entreabierta, arrastrando nieve hasta el suelo de madera.

—Gracias —dijo Giselle—. ¿Qué vas a hacer ahora?

Él avanzó dos pasos... y se detuvo de nuevo. Sonrió brevemente.

Llevó un dedo a los labios en un gesto de silencio, y desapareció en la nieve.

CARDINAL: LAS ÚLTIMAS HEREDERASCerita yang bikin terobses. Temukan sekarang