No era la primera vez que acompañaba a Mateo a un lugar como ese, y a como iban las cosas, seguramente tampoco sería la última.
Las trocas estacionadas en la calle, el olor a cigarrillo de mala calidad y un montón de vatos con cadenas, botas picudas y cinturones piteados eran parte del escenario al que Armando se había ido acostumbrando desde que aceptó salir con Mateo.
No aportaba nada a su relación, pero de alguna manera, cada fin de semana terminaba siendo arrastrado a la inauguración de algún nuevo antro a cargo de los amigos de Chávez, y como siempre, en lugar de evitarlo, simplemente se resignaba a que para estar bien, las cosas tenían que ser así.
Armando, por su parte, nunca hacía muchas preguntas, y no porque jamás hubiera demostrado una curiosidad genuina por saber en qué tipo de ambiente se movía su pareja, sino porque Mateo nunca le dejaba con ganas de hacerlas.
Sin embargo, no siempre había sido así.
Al principio, al menos era divertido. Estar con él implicaba dejar atrás su zona de confort y aventurarse a tener una rutina totalmente distinta a la que ya tenía antes de que le propusiera formalizar su noviazgo.
Se había convertido en algo que incluso disfrutaba presumir con sus amigos. Sobre todo, cuando después de subir la fotografía de algún resort paradisíaco, el Instagram le reventaba con un montón de comentarios preguntándole a dónde estaban y cuál sería el próximo lugar que irían a visitar.
Y claro que habría sido genial haber estado en Cancún, Puerto Vallarta o Manzanillo, pero la realidad es que casi siempre eran fotografías robadas de Pinterest, porque Mateo nunca tenía dinero suficiente para costear una salida decente o estaba demasiado cansado para salir a pasear.
De hecho, la única vez que quisieron darse una escapada romántica, terminó siendo un completo desastre. Se suponía que iban a hacer un viaje rápido a la playa. Dos días nada más. Aprovecharían para ir a comer mariscos, nadarían un rato, caminarían por el malecón y después regresarían a casa. Nada fuera del otro mundo.
Armando, incluso, le recordó varias veces que revisara el tanque de gasolina o que al menos lo recargara para evitar contratiempos, pero Mateo insistió con que la reserva sería suficiente para ir y venir sin complicaciones.
Fue justo cuando estaban a una hora de llegar al puerto, que el carro los dejó varados en un tramo de la carretera en donde apenas había señal, obligándolos a pedir un ride a la gasolinera más cercana y llamar a una grúa, que, para su mala suerte, tardó más de tres horas en dar con el auto.
A la larga, el hastío y la frustración de sentir que cada vez que intentaba abordarlo era casi como si estuviera hablando con la pared, provocó que dejara de interesarse por los pocos planes que aún hacían juntos.
Por eso, ya ni siquiera le importaba qué grupo sería el encargado de abrir el baile, por qué un wey había llegado al puto antro montado en un caballo pura sangre, o por qué a todos los pinches alucines del barrio, les mamaba vestir la misma camisa con gallos bordados y bañarse en perfume pirata.
De todas formas, estaba haciendo demasiado calor para cuestionárselo, y el aire acondicionado del lugar, apenas alcanzaba a refrescar a las más de cien personas que bailaban en medio de la pista, coreando las canciones de la banda norteña que animaba desde el escenario.
Le habría encantado irse de ahí.
Encontrar la excusa perfecta para que Mateo le dejara pedir un Uber y así pudiera regresarse al departamento. Fingir que se le había subido la presión, que el desayuno le había provocado una intoxicación alimentaria, o cualquier otra cosa que le permitiera tener la fuerza de voluntad necesaria para huir y evitar el inicio de otra conversación incómoda de la que sinceramente no quería ser parte.
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Ondeadon
FanfictionSi Armando tuviera que describir a Brian, diría que es un alucín arrancherado con mucho varo y cero vergüenza. Si Brian tuviera que describir a Armando, diría que es el morrito de ojos bonitos, con un novio pendejo y demasiado anticuado. Sus camino...
