Capítulo 1: Fuera de Juego

10 2 0
                                        


El despertador sonó a las 7:30 de la mañana, taladrándome el cráneo. Mi cuerpo pesaba como el plomo y tenía los párpados pegados, como si no hubiera dormido nada. Por un lado, un nudo de ansiedad se retorcía en mi estómago ante la idea de pisar un instituto nuevo en un país extranjero. Por otro, una punzada sorda y pesada me arrastraba de vuelta a Valencia: a mi vida de antes, a las tardes jugando al fútbol en la calle, a las cenas con mis padres antes de que el divorcio lo hiciera todo pedazos.

Me arrastré fuera de la cama y fui a trompicones hasta el armario. Me puse la camiseta del Atlético de Madrid —el único pedazo de hogar que todavía sentía mío—, unos pantalones cortos vaqueros y las Jordan que papá me había enviado desde Chicago. Me apreté los cordones con demasiada fuerza, tensando la mandíbula. Un buen detalle de un padre que sabía cómo comprar cosas, pero al que nunca le venía bien coger el teléfono.

Agarré el móvil y me dirigí arrastrando los pies hacia la cocina.

—Nacho, ¿dónde está mi libro de Historia? —Cristina, mi hermana pequeña, ya estaba allí, rebuscando en su mochila con manos frenéticas.

—Y yo qué sé, enana. Búscalo en tu cuarto —repliqué, asomando una sonrisa burlona.

—Guau. Genio. No se me había ocurrido —respondió, poniendo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi pude escucharlo.

Abrí la nevera, me serví un vaso de leche, cogí un plátano y me dejé caer en la silla frente a ella. En ese momento, entró mamá —Amelia—, todavía con el pijama del hospital arrugado y el pelo escapando de una coleta deshecha. Parecía que había jugado un partido con prórroga y penaltis sin descanso. Otro clásico turno de noche en urgencias.

—Buenos días, chicos. Qué madrugadores —murmuró con voz ronca, los párpados ya pesados por el agotamiento.

—Sí, bueno, estaba buscando mi libro, pero a Nacho le da exactamente igual —dijo Cristina, poniendo su mejor cara de perrito apaleado.

—Siempre está en tu cuarto, pero nunca buscas de verdad. Solo te quejas hasta que alguien te lo da en la mano —contraataqué, con un tono más cortante del que pretendía.

Cristina resopló.

—Ya veremos. —Empujó la silla hacia atrás con un chirrido y se marchó furiosa hacia su habitación.

Mamá se acercó, me puso una mano cálida y áspera en la espalda y me dio un suave beso en la frente. Olía a antiséptico y a café recalentado.

—Me voy a desplomar, Nacho. Estoy destrozada. Mucha suerte en tu primer día; ya me lo contarás todo cuando me despierte —murmuró, arrastrando los pies hacia el pasillo.

Unos minutos después, oí a Cristina abriendo y cerrando cajones de golpe en su cuarto. Luego, silencio. Pasó por delante de la puerta de la cocina un instante después, con el libro de Historia bien sujeto bajo el brazo y mirando fijamente al techo, como si yo no estuviera allí. Era demasiado orgullosa para admitir que yo tenía razón.

—Enana, me voy o llegaré tarde —grité, cogiendo mi mochila—. Mamá te ha dejado el almuerzo en la encimera. Suerte.

Me acerqué, le di un beso rápido en la frente y salí por la puerta antes de que pudiera discutir.

Fuera, el cielo gris de Worcester caía sobre mí como una manta mojada. Una llovizna fina flotaba en el aire; nada que ver con el sol brillante y abrasador de Valencia. Me subí la capucha, me puse los auriculares y subí el volumen al máximo. La música me inundó los oídos, pero no logró ahogar el aleteo nervioso que sentía en el pecho.

Playing with fireStories to obsess over. Discover now