Capítulo I
La versión de mi vida donde seguías aquí
Hay personas que recuerdan su infancia por el perfume de su mamá, por la forma en que les acomodaba el pelo antes de salir de casa o por una canción que todavía les hace cerrar los ojos.
Ella no.
No porque no hubiera existido una mamá.
Sino porque el tiempo decidió llevársela antes de que pudiera recordarla.
Hay ausencias que nacen después de los recuerdos.
Y hay otras que nacen antes que ellos.
Ella pertenecía al segundo grupo.
Nunca pudo extrañar una voz porque jamás llegó a conocerla.
Nunca pudo recordar una caricia porque su memoria todavía era demasiado pequeña para guardarla.
Y, sin embargo, durante toda su vida sintió que le faltaba alguien.
Su mamá.
Nació en una familia que soñaba con una vida sencilla. Una casa construida con esfuerzo, proyectos compartidos y la ilusión de ver crecer a sus hijos.
Pero la vida rara vez pregunta si estamos preparados para aquello que viene.
Poco tiempo después de su nacimiento apareció una enfermedad que cambió el rumbo de todos.
Su papá tomó la decisión de volver a Buenos Aires. Allí estaban los médicos, la familia y la esperanza de encontrar una salida.
Era demasiado pequeña para entender qué estaba ocurriendo.
Solo veía adultos cansados.
Conversaciones en voz baja.
Miradas que evitaban encontrarse.
Abrazos que duraban un poco más de lo normal.
Nunca supo cuánto sufrió su mamá.
Y, con los años, pensó que quizás la memoria había sido compasiva con ella.
Porque hay dolores que ningún hijo debería recordar.
Cuando su mamá murió, tenía apenas unos pocos años.
Tan pocos que la tristeza llegó antes que los recuerdos.
Con el tiempo fue armando un rompecabezas con lo que los demás le contaban.
Aprendió la fecha en que había nacido.
Escuchó historias sobre su forma de reír.
Descubrió pequeños detalles que intentaban acercarla a una mujer que nunca había podido conocer.
Pero había preguntas que nadie podía responder.
¿Cómo habría sido crecer con ella?
¿Cómo habría sido escuchar un "estoy orgullosa de vos" dicho con su voz?
¿Cómo habría sido volver del colegio y encontrarla esperándola?
¿Cómo habría sido discutir por tonterías para después abrazarse como si nada hubiera pasado?
¿Cómo habría sido tener una mamá?
Con los años entendió que existen pérdidas que no consisten solamente en decir adiós.
También existen las pérdidas de todo aquello que nunca llegó a suceder.
Nunca sabrá si se parecería a ella al hablar.
Si compartirían el mismo sentido del humor.
Si la habría retado cuando hiciera las cosas mal o si sería de esas madres que abrazan antes de preguntar.
Y, sin embargo, había algo que hacía desde muy chica.
Imaginaba.
Imaginaba escenarios donde ella seguía ahí.
La imaginaba sentada en el acto de la escuela, aplaudiendo cuando le entregaban un diploma.
La imaginaba ayudándola a elegir qué ponerse para una fiesta.
La imaginaba esperándola despierta cuando volviera tarde.
La imaginaba el día que se fuera a estudiar, diciéndole que tuviera miedo si era necesario, pero que nunca dejara de perseguir aquello que amaba.
A veces incluso imaginaba conversaciones enteras.
Le contaba cómo le había ido en un examen.
Le hablaba de sus dudas.
Le preguntaba qué haría ella en su lugar.
Después sonreía.
Porque sabía que ninguna respuesta llegaría.
Pero imaginarla también era una forma de sentirla un poquito más cerca.
Muchas veces pensó que, en algún rincón del universo, debía existir otra versión de su vida.
Una donde ella seguía aquí.
Se preguntaba quién sería esa otra chica.
Si sería igual de insegura.
Si también tendría miedo de equivocarse.
Si habría elegido la misma carrera.
Si se habría ido igualmente de su ciudad.
O si, simplemente, habría tenido un lugar al que llamar cuando el mundo pesara demasiado.
Nunca conocerá a esa versión de sí misma.
Y está bien.
Porque la vida no se escribe con los caminos que no fueron.
Se escribe con los que, aun siendo difíciles, decidimos seguir caminando.
Esto no quiere decir que no haya amado profundamente a quienes sí estuvieron.
Su papá fue el hombre que sostuvo como pudo una familia atravesada por el dolor. Durante muchos años, ella lo miró con los ojos con los que una hija mira a su héroe.
También estuvieron sus abuelos, sus tíos, su familia materna y paterna, cada uno acompañándola desde el lugar que pudo.
Y, con el paso del tiempo, apareció una mujer que eligió asumir un papel inmenso: acompañarla, cuidarla y quererla como una madre quiere a una hija. No fue una tarea sencilla. Ningún vínculo humano lo es. Como todos, estuvo lleno de aprendizajes, errores, abrazos, desencuentros y segundas oportunidades. Pero nunca dejó de ser una presencia importante en su historia.
Porque el amor no siempre llega de la manera en que uno lo imagina.
A veces llega después.
A veces llega distinto.
Y, aunque jamás ocupe el lugar de quien ya no está, puede construir uno nuevo, igual de verdadero.
Quizás ese fue el primer aprendizaje de su vida.
Que el corazón tiene la extraña capacidad de extrañar a quien nunca conoció y, al mismo tiempo, agradecer profundamente a quienes decidieron quedarse.
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Las cicatrices también florecen.
Ficción GeneralEstá no es una historia sobre una sola pérdida, un solo amor o una sola herida. Es una historia sobre crecer cuando la vida cambia los planes, sobre aprender a convivir con las ausencias, sobre encontrar belleza en los lugares más inesperados y sobr...
