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Parte 1 tiká y el sueño

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Mi nombre es Tiká Cortes Hisilmuk y esta es mi historia.

Desde que tengo uso de razón, siempre sentí una fascinación casi instintiva por lo desconocido. Por la magia. Sé que suena ingenuo, incluso ridículo en un mundo obsesionado con lo tangible, pero no puedo mentir respecto a lo que soy. De niña, solía bromear con mis amigos asegurando que llevaba la sangre de una bruja corriendo por mis venas; era una forma inofensiva de justificar esa certeza silenciosa que me acompañaba a todas partes.

Sin embargo, el juego terminó el día que cumplí dieciséis años.

Algo dentro de mí cambió de manera drástica. Empecé a percibir una corriente subterránea que me vinculaba con algo mucho más antiguo que yo: un hilo invisible hacia mis antepasados. Movida por la curiosidad, comencé a susurrar intentos de hechizos en idiomas cuyos nombres apenas podía pronunciar, convencida todavía de que se trataba de un mero entretenimiento sin consecuencias.

Entonces, el plano de la realidad empezó a resquebrajarse a través de mis sueños.

La primera advertencia ocurrió durante una visión nocturna notablemente nítida. En el sueño, me encontraba viajando en caravana con mi familia. Nos detuvimos en un pintoresco parque de comida al aire libre y me acomodé en el mostrador de un puesto de postres junto a uno de mis parientes. La joven que atendía lucía completamente ordinaria, con una sonrisa amable que no presagiaba nada extraño.

—¿Qué te gustaría pedir? —me preguntó con tono cotidiano.

En ese instante, una tensión inexplicable densificó el aire. Sentí un chispazo helado recorriéndome la nuca, pero disimulé el malestar y respondí:

—No he desayunado nada aún... ¿qué me recomiendas?

Estaba a punto de soltar una risa nerviosa cuando la chica mudó el rostro. La calidez desapareció de golpe, reemplazada por una mirada de puro terror. Se quedó rígida como una estatua. Ante mis ojos horrorizados, sus pupilas e iris comenzaron a mutar: la esclerótica se tornó de un blanco cegador con un matiz sanguinolento en la base, mientras sus venas se teñían de un negro denso y profundo, retorciéndose sobre su piel hasta moldear secuencias numéricas precisas.

En medio del silencio sepulcral de la escena, una voz grave y sin origen físico resonó directamente en mi mente:

«Es una de nosotros... aunque tiene algo que la detiene».

Tan rápido como comenzó, la visión se disipó. La joven parpadeó, recuperó su aspecto normal y me entregó el plato como si nada hubiera ocurrido. A mi alrededor, ninguno de mis familiares parecía haber percibido la anomalía. Concluí que mi mente me estaba jugando una mala pasada por la falta de descanso, de modo que intenté ignorarlo y continuar con la jornada.

Pero el sueño no había terminado.

Más tarde en esa misma visión, una de mis tías me hizo sentar a una mesa de madera junto a su hija. Sobre la superficie, desplegaba un mazo de cartas que la misma dependienta le había entregado en secreto, destinadas exclusivamente a mí. Aunque ambas intentaron ocultármelas con celo, logré estirar la mano y tomar una de las naipes. Sin embargo, al fijar la vista en el grabado, los símbolos y la escritura me resultaron del todo incomprensibles.

La memoria de la sangreStories to obsess over. Discover now