Siempre me consideré un tipo afortunado con mi apariencia, o al menos eso decía la gente. Demasiado alto para mi edad, con el cabello negro como la noche, ojos profundos y oscuros, y una piel tan blanca y lisa que a menudo me decían que parecía un muñeco de porcelana. Vivía solo con mi madre, Lorraine Sufer. Desde que tengo memoria, mi padre estuvo ausente; desapareció antes de que yo naciera. De niño, siempre le preguntaba a mi madre quién había sido él, o cómo se llamaba, pero ella siempre reaccionaba de mala manera.
Me decía con tono cortante que de eso no se hablaba o me ordenaba guardar silencio. Su reacción me asustaba tanto que un día dejé de preguntar. Fuera de ese tema, ella era una madre maravillosa: dulce, comprensiva y sumamente creativa.
Pero todo cambió el día que cumplí 17 años.
Había sido un día largo y miserable en el instituto. Tuve cinco exámenes sorpresa en los que me fue fatal, y para colmo, me rechazaron en la prueba para ingresar al equipo de fútbol. De camino a casa, arrastrando los pies bajo el peso de la mochila llena de deberes, me sentía exhausto y miserable. Lo único que me reconfortaba era pensar en llegar a mi habitación y descansar.
Cuando abrí la puerta de la casa, grité el nombre de mi madre unas tres veces. Nadie respondió. Caminé hacia la sala de estar y encontré una nota sobre la mesa con su letra elegante: había ido a comprar algunos víveres para la cena. Suspiré aliviado y subí directamente a mi cuarto. Me tiré en la cama y me quedé profundamente dormido.
Cuando desperté, miré el reloj:
eran las ocho de la noche.
El cansancio me había vencido por completo. Aún aturdido por el sueño, bajé las escaleras. Toda la casa estaba a oscuras, lo cual me pareció extraño, pero al encender la luz de la sala, me llevé la sorpresa de mi vida.
-¡Sorpresa! -gritaron mi madre y mi mejor amigo, Jonathan.
Habían adornado el lugar con globos y serpentinas de colores. En el centro de la mesa estaba mi comida favorita: un enorme plato de espagueti con albóndigas, varias latas de refresco y un pastel de cumpleaños de chocolate. Jonathan se apresuró a darme un abrazo, felicitándome con una gran sonrisa. Mi madre se acercó después, mirándome con ternura.
-Quería hacerte algo más grande, hijo, pero por circunstancias de tiempo y cosas económicas no se pudo -dijo, entregándome un paquete.
Al abrirlo, descubrí una hermosa chaqueta de cuero negro. Me la probé de inmediato; me quedaba perfecta.
-No me importa el tamaño de la fiesta, mamá -le dije, abrazándola-. Gracias por acordarse. Estar con las personas que realmente quiero es suficiente para mí.
Llegó el momento de partir el pastel, pero justo cuando mi madre tomaba el cuchillo, el timbre de la casa resonó con fuerza. Pensé que sería el señor Smith, el padre de Jonathan, que venía a recogerlo. Sin embargo, cuando mi madre abrió la puerta, divisé a una pareja de ancianos en el umbral.
No tenían el aspecto cliché de unos abuelitos dulces; vestían con ropas costosas de alta sociedad, tenían un porte estricto y aristocrático, y sus rostros reflejaban una amargura tan profunda como si hubieran estado enojados durante décadas.
Mi madre se quedó paralizada. De sus labios solo brotó un hilo de voz:
-¿Mamá?... ¿Papá?...
En ese instante, todo cobró sentido para mí. No eran unos desconocidos: eran mis abuelos maternos. Jamás los había visto, ni siquiera en fotos, y nunca le había preguntado a mi madre por ellos.
Pasaron unos treinta segundos de un silencio incómodo hasta que un coche se estacionó afuera. Era el padre de Jonathan. Aproveché el momento para acompañar a mi amigo a la salida. Él también se había quedado con dudas al ver a los señores, pero intentó animarme.
