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Fue solo una calada.

Un instante.

Y, de pronto, la realidad dejó de sentirse completamente real.

Al principio fue sutil.

Casi hermoso.

Mi mente pareció alejarse del ruido del mundo y flotar en un lugar donde todo era más liviano. Las risas salían sin esfuerzo. Los colores parecían más intensos. El aire se sentía diferente.

Por un momento, pensé que había encontrado algo.

Algo que siempre había estado ahí.

Algo que podía hacer que el mundo pesara menos.

Pero esa ligereza era solo el comienzo.

Cada vez que volvía a darle una calada, la puerta parecía abrirse un poco más.

Y, cuanto más la cruzaba, más difícil se volvía recordar cómo regresar.

La calma comenzó a volverse extraña.

La alegría empezó a deformarse.

Y, poco a poco, algo dentro de mí comenzó a crecer.

Una sombra.

Un miedo sin forma.

Una sensación que no podía explicar, pero que tampoco podía ignorar.

Me sentía en una mala volá.

Y definitivamente lo estaba.

El cuerpo me dolía.

Todo me daba miedo.

Sentía que todos me miraban.

Que las personas podían ver algo en mí que yo misma no entendía.

El mundo había dejado de ser amable.

Las caras parecían diferentes.

El tiempo ya no avanzaba de la forma en que debía.

Mis pensamientos se mezclaban unos con otros hasta convertirse en un laberinto.

Y lo peor no era estar perdida.

Lo peor era no saber si alguna vez había existido una salida.

Porque al principio solo quería sentirme bien.

Solo quería dejar de pensar.

Solo quería escapar durante un rato.

Pero, a veces, escapar es más fácil que volver.

Y después de cruzar una puerta demasiadas veces...

puede llegar un momento en que ya no sabes si estás entrando.

O si, en realidad, llevas mucho tiempo intentando salir.

¿Qué pasa cuando cruzas una puerta tantas veces que ya no sabes cómo volver?

EntradaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora