Capitulo 1

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Faltaban tres horas para que sonara la alarma del celular y la habitación del hotel seguía sumida en una oscuridad pesada. Nico se dio vuelta en la cama por enésima vez, enredando las sábanas en un intento inútil por encontrar una posición cómoda. El silencio de la madrugada solo era interrumpido por el zumbido del aire acondicionado, pero en su cabeza había un ruido constante que no lo dejaba apagar el cerebro.

Con un suspiro de frustración, estiró el brazo hacia la mesa de luz y agarró el teléfono. El brillo de la pantalla le lastimó los ojos por un segundo. No necesitaba pensar demasiado para saber qué aplicación iba a abrir. Su pulgar se movió casi por inercia hasta el buscador de Instagram y, como llevaba pasando los últimos días, el usuario apareció primero en el historial.

«¿Qué me pasa? Es solo una convocatoria más», se recriminó a sí mismo, mientras deslizaba el dedo por el feed de Valentín Barco.

Se detuvo en una foto reciente. El chico de Boca estaba en pleno partido, el pelo rojizo empapado en sudor, la mirada clavada en la pelota con una fiereza que casi traspasaba la pantalla. Nico bloqueó el celular y lo dejó caer sobre su pecho, cerrando los ojos con fuerza.

«Juego en el Real Madrid, comparto vestuario con los mejores del mundo... ¿por qué carajos me pone tan nervioso un pibe con el que ni siquiera hablé? No tiene sentido. Es solo fútbol. Solo es otro chico de la Sub-20».

Pero por más que intentara racionalizarlo, la inquietud seguía ahí, instalada en la boca del estómago. Había algo en esa actitud, en ese desparpajo tan crudo, tan de potrero, que contrastaba violentamente con el mundo ordenado y metódico en el que Nico se había formado. Y, de alguna manera incomprensible, eso lo aterraba y lo atraía a partes iguales.

Un par de horas más tarde, el aire frío y húmedo del predio de Medellin le golpeó la cara. El olor a pasto recién cortado siempre logró tranquilizarlo, pero esa mañana caminaba hacia las canchas de entrenamiento con la espalda más rígida de lo normal. Mientras acomodaba el cuello de su campera, sus ojos escaneaban el lugar de manera disimulada. Buscaba una mancha pelirroja entre los grupos de jugadores que iban llegando, pero no había rastros del Colo.

—¡Nico! ¿Todo bien, máquina? —lo saludó uno de los utileros al pasar.

—Todo perfecto, buen día —respondió Nico con su cortesía habitual, regalando una sonrisa medida que ensayaba casi en automático.

Saludó a un par de compañeros en el camino. Chocó manos, cruzó un par de palabras de cortesía sobre el viaje desde Europa, pero su atención seguía dividida. Finalmente, vio a Valentín Carboni haciendo jueguitos cerca de la mitad de la cancha y decidió acercarse para bajar un poco la ansiedad.

—¿Hacemos unos pases? —le propuso Nico, tirándole una pelota que había quedado suelta.

—Dale, metele —respondió Carboni, acomodándose.

Empezaron a pasarse la pelota a un toque. Nico fluía. Era su elemento. El control orientado, la postura elegante, la precisión milimétrica. Por un rato, el sonido seco de los botines contra el cuero lo ayudó a despejar la mente.

Hasta que un murmullo repentino en la entrada del campo lo hizo girar la cabeza.

Y ahí estaba.

Valentín Barco entró al predio caminando despacio, con los botines desatados y las medias bajas, revelando unas canilleras minúsculas. Llevaba el termo bajo el brazo y el mate en una mano, charlando con otro de los chicos con una sonrisa ladeada. Nico sintió que el tiempo se ralentizaba. En persona, el Colo no parecía un jugador de redes sociales; era pura presencia. Irradiaba una arrogancia natural, una seguridad abrumadora que no necesitaba filtros ni cámaras para hacerse notar.

Fuera de Juego.Stories to obsess over. Discover now