30 de diciembre
Era un día de lluvia helada.
El agua caía sobre Kioto sin la menor intención de dar tregua.
Las gotas golpeaban con fuerza la tela de los paraguas, resbalaban por las tejas de las casas y se disolvían en el reflejo distorsionado de los neones sobre el pavimento mojado.
Toda la ciudad parecía acelerada, ansiosa por despedir el año.
Las personas caminaban a paso firme, envueltas en abrigos gruesos, sonriendo mientras cargaban bolsas de papel, regalos y adornos para sus hogares.
—¡Apúrate, que las tiendas van a cerrar! —se escuchaba a lo lejos.
—No olvides comprar los mochis para mañana.
—Este año sí llegaremos a tiempo para las campanadas.
Las voces se entrelazaban con risas infantiles y el murmullo incesante del agua contra el asfalto.
Me detuve un segundo. ¿Qué tenía de especial todo aquello? Un año más terminaba. Otro año que jamás pedí vivir.
Siempre me pareció absurdo cuando la gente decía que la víspera de Año Nuevo era la noche más brillante.
Nunca lo entendí. Para mí, las luces de los faroles, los grandes edificios e incluso las sonrisas de la gente compartían el mismo tono gris y desvaído.
Una pareja pasó a mi lado compartiendo un único paraguas.
—¿Crees que mañana nieve? —preguntó ella.
—No importa si nieva —respondió él—. Mientras estemos juntos, será un buen año.
Ambos sonrieron. Seguí caminando en dirección contraria. No era envidia. Solo me preguntaba, con una curiosidad distante, cómo se sentiría pertenecer a un mundo así.
A mi alrededor, las calles estaban abarrotadas de familias, parejas y niños corriendo sobre los charcos. Era una ironía cruel: entre más gente me rodeaba, más sentía que caminaba completamente solo.
Todos tenían un lugar al cual regresar, alguien que los esperaba con una taza caliente. Yo solo caminaba para no congelarme.
Saqué el teléfono del bolsillo. El brillo azul de la pantalla iluminó mi rostro durante un instante.
30 de diciembre. 18:46.
Sin notificaciones.
Lo guardé de inmediato. Ni siquiera esperaba encontrar un mensaje; supongo que solo quería confirmar que el universo no había cambiado sus reglas. Todo seguía exactamente igual.
A un par de metros, una familia acomodaba sus compras en el maletero de un auto.
—¿A qué hora llega la abuela mañana?
—Temprano. Este año volvemos a cenar todos juntos.
—¡Qué emoción! Ya quiero que sea mañana.
Apreté el paso. Demasiado ruido para mi gusto.
Nunca entendí el pavor que la gente le tiene al silencio. Yo llevaba tanto tiempo conviviendo con él que ya me conocía su peso, su textura y su tono de voz.
Metí las manos en las profundidades del abrigo; con el tiempo aprendí que mantener las manos ocultas hacía que el frío doliera un poco menos. Quizá por eso rara vez las sacaba. Después de todo, la soledad y el frío eran las únicas dos cosas que jamás me habían abandonado.
El alboroto de Kioto comenzaba a asfixiarme. Las risas, el roce de las bolsas de plástico, el eco de los zapatos sobre el suelo mojado... Todo se sentía excesivo.
Cuando por fin llegué a casa, empujé la puerta con cuidado. Silencio absoluto.
La sala estaba a oscuras. Mis padres todavía no regresaban de hacer las compras de fin de año.
Me quité el abrigo y lo colgué en el perchero de la entrada. La tela empapada comenzó a gotear sobre el piso de madera.
Gota. Tras gota.
Hasta formar un pequeño charco oscuro.
Por inercia, saqué el teléfono una vez más.
20:39.
La pantalla parpadeó en la penumbra. Nada. Ni un solo mensaje. Lo guardé sin hacer ruido.
Fue entonces cuando el silencio volvió a envolverme. No fue un golpe; fue casi como un abrazo helado que me daba la bienvenida. No sé en qué punto dejó de resultarme incómodo. Supongo que, tras varios años, el silencio terminó convirtiéndose en el único refugio donde no tenía que pretender ser alguien más.
Entré a mi habitación. Estaba tal como la dejé esa mañana: la mochila tirada junto al escritorio, un par de hojas sueltas en el suelo y la ventana entreabierta. No tenía energía para ordenar. Me dejé caer de espaldas sobre la cama, dejando que el techo fuera lo único que ocupara mi campo de visión.
El tiempo se diluyó. A lo lejos, el pulso de la ciudad seguía latiendo débilmente.
Murmullos lejanos, el motor de algún auto, puertas cerrándose a la distancia y alguien deseando un feliz año por adelantado. Y, aún más lejos, el primer sonido de las campanas ensayando para la medianoche.
Consulté la pantalla una última vez.
21:00.
Nada. Ni una llamada perdida. Ni un saludo automático.
Bloqueé el teléfono. La habitación quedó sumida en una oscuridad densa.
Dejé el aparato boca abajo sobre el buró y me cubrí con la cobija hasta la nariz. No encendí la luz; no había nada en esa habitación que tuviera ganas de ver.
Por primera vez en todo el día, el silencio dejó de sentirse pesado.
Pero el frío... ese frío sordo en el pecho seguía intacto.
Cerré los ojos despacio. Y mientras el cansancio terminaba por arrastrarme, dejé escapar un suspiro en la penumbra.
Mañana será otro día igual.
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Un último pensamiento
PoetryREN Y HIRAKI SIEMPRE PENSARON QUE _su historia sería para siempre,_ BAJO LA ETERNA PROMESA DE LOS CEREZOS EN FLOR. PERO CUANDO UN ADIÓS INEVITABLE LOS SEPARA, LA REALIDAD COMENZARÁ A CAMBIAR DE FORMAS QUE NADIE PODRÍA EXPLICAR. EN MEDIO DE UN LABERI...
