Capítulo 1 'Momentos inmortalizados'

20 3 12
                                        


MADDIE STONES


Saqué la cámara de mi mochila y la apunté hacia adelante.

-¡Pero dime cómo posar! -chilló Alejandra.

-Solo sé tú -dije con una sonrisa que le hizo relajar los hombros-. Ahora di: cheese.

Click

En la foto, Alejandra se estaba riendo y tenía el pelo despeinado. Se veía hermosa. No pude evitar sonreír al ver la fotografía.

-¿Me dejas verla? -dijo ella, mirándome suplicante. Me conocía muy bien.

-No creo que sea buena idea.

-¡Anda, por lo menos una vez! Solo porque es mi cumpleaños.

Sentí una punzada de dolor en el pecho al ver que sus ojos se apagaban ligeramente y, solo entonces, le extendí mi cámara.

Ella abrió los ojos y me miró como si su cáncer hubiera desaparecido. Tomó la cámara rápidamente de mis manos, como si temiera que volviera a guardarla.

-Maddie, son hermosas... -dijo en un tono casi devoto-. ¿Por qué no se las muestras a nadie? Estas fotos son increíbles.

Entró la doctora Gómez anunciando que la hora de visitas se había acabado y agradecí internamente, por primera vez, que saldría de ahí. Tomé la cámara de las manos de Ale, tratando de no ser brusca. Le di un rápido beso en la mejilla y grité un:

-¡Te amo, hermanita!

Antes de salir lo más rápido que pude.
Ya afuera estampé mi espalda contra la pared y respiré hondo, recuperando el escaso aire que quedaba en mis pulmones. Abrí mi mochila y saqué la cánula, colocándomela en la nariz. Solo me la quitaba cuando estaba con Ale. No quería que me viera con eso puesto, aunque eso significara tener que fingir que no me estaba muriendo de la fatiga con cada risa o movimiento brusco.

Esperé unos minutos mientras recuperaba el aliento a que Gómez saliera y, cuando por fin lo hizo, me llevé el mismo discurso de siempre.

-Los tratamientos de Alejandra no están funcionando, Maddie. Lo siento.

Solo pude asentir y alejarme, aunque podía sentir su mirada de lástima en mi nuca. Cada semana oía lo mismo: «Los tratamientos no están funcionando, la enfermedad avanza muy rápido.» Ya se había vuelto casi una rutina y, cada vez que lo decían, la pequeña esperanza de que algún día mejorara se hacía más pequeña, dejando paso a la aceptación de que, algún día, mi hermana no aguantaría más.
Traté de no llorar en el pasillo. Me gustaba llorar en privado; no sentía la necesidad de mostrarles a otros mis debilidades. Saludé a unos cuantos médicos de confianza con los que había entablado amistad a lo largo de los años antes de encontrarme con Sebas, Sebastián Pérez, mi médico asignado desde los quince, después de que mi antiguo médico tuviera que pedir la baja para mudarse a otra ciudad con sus hijos y su esposa.

Sebas me dedicó una sonrisa amable.

-¿Ya te tomaste las pastillas?

-A eso voy. -Sonreí levemente.

-Me tomé el atrevimiento de entrar y noté que el frasco ya no tenía. -Extendió su mano y me entregó otro frasco de mi medicamento diario-. Aquí tienes.

-Gracias. -Le dediqué una sonrisa antes de entrar a mi habitación.

Ya dentro, me senté en mi escritorio y encendí la impresora. Metí la memoria de mi cámara en mi laptop e imprimí la foto de mi hermana. Mientras esperaba que terminara la impresora, me tomé las pastillas y fui directo a una caja forrada con papel rosa y con una flor hecha de tela en la parte superior. La abrí con cuidado, tomé la foto que acababa de salir de la impresora, la soplé para quitarle la humedad y la puse delicadamente junto a todas las fotos amontonadas de Alejandra dentro de la caja.

Me dejé caer en la cama y respiré hondo. Agarré la laptop y la puse delante de mí, sobre mi camilla-cama. La pantalla iluminó mi rostro y la foto de mi madre, como fondo de pantalla, iluminó tenuemente mis facciones. Sonreí para mis adentros y coloqué la contraseña:

"Maddie&Dylan4ever".

Ejem... la puse cuando tenía doce, ¿ok? Mi obsesión con Dylan O'Brien sigue presente, así que no tengo ni un solo motivo para cambiarla.

Se desbloqueó y noté que se había quedado abierta en YouTube, en una entrevista a Dylan O'Brien.

Dios... ese hombre tendría que ser un dios griego.

Mi mirada embobada a la pantalla de la laptop fue interrumpida por tres golpes suaves en la puerta. Mis ojos viajaron hasta ella y grité:

-¡Pasa!

La puerta se abrió y entró Emily, la secretaria y mi fiel amiga y consejera.

-Maddie... -suspiró, como si supiera cuál sería exactamente mi reacción-. Llegó alguien nuevo.

Me levanté de mi camilla de un salto, con el corazón latiendo a mil y una enorme sonrisa en mi rostro.

-¡POR FAVOR, DIME QUE SE QUEDA!-Mi voz hizo que me ganara un gesto de silencio por parte de Emily..

-¡Shhh! Sí, sí se queda. Le puedes dar un recorrido en cinco minutos.

-¿Dónde está? -dije ya recogiendo mis cosas y viendo si mi ropa estaba arrugada.

-Creo que le darán la 310.

-Bueno... ¡te amo, Emily!

Grité y salí de la habitación caminando a toda velocidad por los pasillos.

No me siento feliz de que la gente se tenga que quedar en el hospital, eso es obvio, pero me emociona, de cierta manera, tener que darles el recorrido del hospital. Conozco este hospital como la palma de mi mano y enseñarles a las personas los diferentes lugares me llena de alegría. Además, hago muchísimos más amigos; eso son muchos puntos a favor. Quiero ser amiga de todo el mundo en este hospital.

310.

Veo el número en la puerta y me coloco bien la cánula antes de dar tres golpecitos.

-Pasa -dijo la voz amortiguada del doctor Howland al otro lado.

Abrí la puerta y, apenas los ojos de Howland se posaron en mí, soltó un largo suspiro mientras meneaba la cabeza con una sonrisa. Miró al chico a su lado y entonces mis ojos se detuvieron en él.

Santa Virgen...

Ese chico parecía un muñeco de porcelana. Su piel era blanca y tan perfecta que parecía irreal. Sus ojos eran de un azul más profundo que un maldito océano. Mis pupilas viajaron a su cabello; era negro y parecía largo. Pude notar que tenía una pequeña coleta despreocupada detrás de la cabeza. Su nariz era recta, tenía varios lunares esparcidos por el rostro y sus labios eran carnosos, el de abajo más que el de arriba...

Me di cuenta de que estaba mirando fijamente sus labios y sentí mi cara calentarse por completo. Intenté no tropezar ni tartamudear en el proceso, pero me fue absolutamente imposible. Apenas di un paso dentro de la habitación, mi codo se estampó contra un jarrón, haciendo que este se tambaleara. Me apresuré a sujetarlo y volver a ponerlo en su lugar.
Me acerqué con pasos inseguros, obviamente tropezando en el proceso y tratando lo más que podía de no mirar a los ojos al chico. Mis manos sudaban tanto que, si las exprimía, podría llenar un puto balde.

Jugué con mis dedos y las palabras salieron de mi garganta.

-Hola, me llamo Maddie. -Extendí mi mano y, al ver que él se le quedaba viendo sin tomarla, la devolví a su lugar rápidamente, muerta de la vergüenza-. Vine a... a darte un recorrido por el hospital. Me comentaron que te quedarás aquí un tiempo, así que...

El chico levantó la mirada.

Caramba.

Esos ojazos azules se encontraron con los míos y olvidé cómo respirar. Mis rodillas se debilitaron hasta pensar que llegaría a caer en cualquier momento. Entrecerró ligeramente los ojos y entreabrió los labios.

-¿Cómo te llamabas? -dijo.
Lo miré tratando de ocultar mi nerviosismo.

-Maddie. Me llamo Maddie Stones.

Te Quiero...click📷Stories to obsess over. Discover now