Capítulo 1. Noche trágica

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Durante la última gran guerra,
se logró decrecer la población de
vampiros casi hasta la extinción.
Aquellos que sobrevivieron
comprendieron que la única
salvación residía en ocultarse,
y se integraron entre los humanos,
escondiendo su naturaleza
depredadora tras una máscara
de absoluta normalidad...



—¿Qué es esto? —inquiere Iris con una mueca que mezcla burla y fastidio al comenzar a leer el documento. Sus largos dedos tamborilean con impaciencia sobre la madera gastada del escritorio y su mirada se centra en la del joven de hebras castañas frente a ella.

Victor la observa con los ojos entrecerrados, sintiendo cómo el desdén y la resignación lo consumen desde adentro al mismo tiempo que intenta pasar la saliva que se ha vuelto amarga en su paladar.

Recuerda con una claridad hiriente el día en que esa "mocosa arrogante" de cabellera rubia y ojos claros apareció en la redacción para anunciar, con aura de superioridad y desprovista de tacto, que tomaría el mando del periódico debido a la repentina enfermedad de su padre. Han pasado seis meses desde entonces, y el ambiente en el deteriorado piso sólo ha logrado volverse más asfixiante.

—Es mi artículo para la siguiente edición —responde Victor, tratando de mantener la compostura a pesar de que un nudo se le ha formado en la garganta y su corazón late con una frecuencia irregular.

—¿Acaso se trata de un cuento? —espeta ella, con sus palabras destilando un veneno apenas disimulado.

—Si lo leyeras completo...

—Escucha, Arias —interrumpe Iris con una brusquedad que hace que el papel tiemble bajo sus dedos—. Gasté una fortuna en el equipo fotográfico que, según tú, necesitabas para tus reportajes, ¡y me traes esta basura! ¡Te pago para que salgas a la calle a conseguir notas reales y fotografías que podamos imprimir! ¡Esto no es más que un cuentito para niños! ¡¿Entendido?!

—Sí... pero, Iris, si tan sólo...

—¡Es la última oportunidad que te doy para que hagas bien tu trabajo, o tendrás que buscar otro empleo el lunes! Y soy la 'señorita Vega', ¡recuérdalo!

—Sí... señorita Vega.

Con el ceño fruncido y los labios rojos que aprieta en una línea de pura tensión, Iris toma las hojas y las introduce sin un gramo de remordimiento en el triturador de papel, transformando el trabajo de Victor en un montón de confeti inservible.

Él suspira, conteniendo el deseo visceral de gritarle en la cara, mientras traga su frustración con un sabor a vergüenza e impotencia. A decir verdad, ya ha pasado muchas veces antes. Sus artículos, aunque meticulosos y llenos de una imaginación vibrante, siempre terminan del mismo modo: ignorados, despreciados o triturados. Y cada una de esas veces, una parte de su sueño ha muerto con ellos.

Desde niño, había querido escribir. Leía cuentos y algunas novelas de misterio bajo las cobijas de su cama con una linterna, soñando con que algún día sería un escritor famoso, de esos que dan autógrafos en las enormes librerías del centro. Pero ahora la realidad es otra; porque pasa la mayor parte de su tiempo en un cubículo estrecho, en este periódico moribundo y sobreviviendo con un sueldo miserable. No le ha quedado de otra desde que sus padres fallecieron hace un par de años, y la vida no le ha sonreído ante la adversidad, tal como alguna vez le dijo su madre al acariciar su cabello por última vez.

Suspirando, lanza una mirada de recelo a Iris, quien parece mucho más ocupada en su nuevo teléfono de gama alta con sus uñas brillantes texteando en la pantalla, que prestando atención a los demás documentos del escritorio. Victor reprime el impulso de azotar la puerta al salir y se encamina hacia su pequeño lugar de trabajo, casi arrastrando los pies y mascullando silenciosas maldiciones que se pierden en el pasillo.

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