Capítulo 1: Ruido

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Juanjo llevaba tres años en el internado Valemont y aún no había aprendido algo fundamental: el arte de llegar puntual. Pero a él le daba igual eso. Tenía tan poca noción del tiempo que ya hacía media hora que habían empezado las clases y acababa de abrir la gran puerta del vestíbulo principal de la institución. Sus pasos resonaban ligeramente. ¿Qué coño es el tiempo? ¿Eso se come?

Iba tan tranquilo y despreocupado que se le pasó por completo pasar por secretaría para justificar su retraso, pasando de largo por aquellas paredes repletas de fotografías de antiguos estudiantes, acompañados de trofeos, medallas o cualquier diploma de cierta relevancia. Aún así, no tardaron en llamarle la atención.

— Hey, ¿A dónde se supone que vas? — le preguntó algo rudamente uno de los conserjes.

Juanjo iba a paso rápido ya que no quería que le volvieran a meter la chapa de su vida, así que aceleró aún más su camino y lo ignoró por completo, haciéndose el loco. A pesar de su pésimo intento por escaquearse, los de secretaría ya lo habían visto pasar, y apuntaron su nombre en una hoja de papel que ya lo tenía escrito un par de veces más. No era la primera vez que no llegaba a tiempo a clase.

Pasó por el largo pasillo principal intentando no llamar mucho la atención cuando pasaba por la puerta de una clase para después salir al jardín, a pesar de que algunos alumnos si que se daban cuenta de su presencia y lo miraban. Cuando por fin llegó a la parte exterior del edificio, se sintió bastante aliviado. El jardín era uno de sus lugares favoritos del internado. Sabía que allí no le dirían nada; al fin y al cabo, los chicos del último curso entraban una hora después, y ya era algo conocido entre ellos.

— Hey, ¿cómo va?

— ¡No llegues tarde a clase, Juanjo!

— ¿Otra vez te has dormido?

— Juanjo, ¡tú me debías tres euros en refrescos!

Y muchos otros comentarios así recibió pasando por ahí, a parte de cierta cantidad de saludos y sonrisas. Hasta la vicepresidenta del consejo estudiantil, que también iba a cuarto, se percató de su presencia.

— Tú nunca duermes, ¿Verdad? — le soltó, divertida.

Juanjo se rió, divertido. — Dormir es una pérdida de tiempo, Masked.

Cuando por fin llegó al edificio de su curso, no calculó bien qué camino debía tomar para no cruzarse con ningún inconveniente, y se topó de lleno con la persona a la que había estado evitando todo ese tiempo. La profesora Salcedo.

— Oh, buenos días, Salcedo! Digo, señora... señorita Salcedo. ¿Qué le trae por aquí? — exclamó el chico, con una expresión de fingida admiración.

— Eso debería preguntarte yo a ti. — le respondió la mujer con una cara de enfadada que lo decía todo.

La profesora lo agarró del brazo con un gesto algo brusco, tan repentino que al chico casi se le cae la mochila, y lo llevó a paso rápido hacia la biblioteca del edificio, al final de todo del pasillo. Sus gruesos tacones resonaban en la amplitud de la instalación. Juanjo evitó mirarla directamente a la cara. No por miedo, sino porque le aburría el hecho de que le metieran la bronca, especialmente aquella maldita profesora de matemáticas.

— Te lo llevo diciendo muchísimo, y sigues sin cambiar tus hábitos.

— Lo sé, lo sé...

— Deberías aprender a llegar puntual, ¿o es que no sabes lo que es eso? Porque no lo parece.

— Ya lo sé... Justo ayer me iba a comprar un reloj. — había empleado un tono tan sarcástico que temía recibir otra advertencia, o peor aún, una carta para sus familiares.

Entre el ruido y el silencioStories to obsess over. Discover now