Perder a un ser querido no es algo que cualquiera pueda asimilar fácilmente, sobre todo a alguien que tenía toda una vida por vivir. Mi primo era alguien muy retraído, no era de hablar mucho y prefería encerrarse en su cuarto, viviendo en su propio mundo.
Crecí con él, ya que desde niños nos veíamos seguido al vivir cerca; pero desde que cada uno siguió su camino a partir de la secundaria, inició esa tendencia suya de encerrarse. Ojalá hubiese estado más cerca de él para evitar lo que sea que le haya incentivado la idea de dejar este mundo. Pero es fácil decirlo ahora que ya estás viviendo las consecuencias. Ya habiendo pasado seis meses desde el velorio, acepté trabajar desde casa para cuidar de mi tía, cuya salud ha empeorado desde el fallecimiento de mi primo. Ya no come ni quiere moverse. Además, el resto de la familia estaba "muy afectada" para cuidarla; o bueno, eso dijeron. Sé que la gran casa que ella tenía, sumada a su actitud conflictiva y un tanto narcisista, les generaba incomodidad. Cierta parte de mí sentía lástima al verla en ese estado. Quise ser ese apoyo que a mi primo le hizo falta.
Llegué a la casa por la mañana. Cuando llamé a la puerta, mi tía me recibió con una mezcla de sorpresa y sospecha, como si fuera un extraño intentando colarse. Al principio se quedó mirándome fijamente a través de la rendija, con los ojos entrecerrados, hasta que pronuncié mi nombre. Parece que no esperaba que la fuera a visitar, o simplemente olvidó por completo que habíamos acordado hacía unos días que me iría a vivir un tiempo con ella para ayudarla.
Me dejó pasar sin decir mucho, arrastrando los pies con una lentitud que me encogió el corazón. La casa olía a encierro, a medicamentos y a ese aroma dulzón a humedad que se junta cuando las ventanas llevan meses sin abrirse.
Nos sentamos en la cocina. Preparé un café para los dos y charlé un buen rato con ella para mantenerla al día de lo que hago actualmente; el trabajo remoto, mis horarios, la rutina que planeaba llevar ahí. Hacía un largo tiempo que no nos veíamos a solas, sin contar el caos y la tensión del velorio de mi primo, donde apenas cruzamos palabra. Mientras yo hablaba, ella miraba de reojo hacia el pasillo que conducía a las habitaciones, como si esperara escuchar los pasos de Sebastián en cualquier momento. Su mirada estaba perdida, vacía, pero cuando me interrumpía, todavía se le notaba ese tono cortante y severo de siempre, recordándome por qué mi familia prefería mantener la distancia.
Ya después de cenar, ella me mostró la habitación que solía ser de mi primo, la cual ya estaba algo vacía. Por lo que supuse, prefirió guardar la mayoría de las cosas en otro lado. Lo único que quedó intacto fue el escritorio donde estaba la notebook, algunos apuntes que tenía de algún proyecto o de la facultad, y una numerosa cantidad de merch de alguna franquicia que desconozco. Se notaba que se había vuelto muy fan, ya que decoraba gran parte del escritorio con esa temática.
Ella no dijo mucho más y se despidió. Escuché cómo sus pasos se alejaban, dejándome solo con la habitación a la que había venido varias veces en el pasado para hablar con Sebas. Me acomodé en la silla, y sobre el estante superior del armario vi una caja negra pesada que hasta ahora no recordaba que él tuviese: eran las gafas de realidad virtual con las que parece o entiendo Sebas testeaba sus desarrollos. Las revisé por un rato más y las guardé. Una vez guardadas, quise aprovechar que al día siguiente era domingo para revisar la notebook, ya que esa sería mi herramienta principal para trabajar desde allí.
Encendí la notebook y, como me lo esperaba, había una pantalla de bloqueo que me pedía la contraseña para iniciar sesión. Probé un par de contraseñas que recordaba que siempre usaba y ninguna funcionó. Revisando entre las cosas que había en el escritorio, para mi buena suerte, encontré una libreta que contenía bastantes apuntes de cosas suyas. En la última página se encontraba la contraseña de la compu. Apenas la introduje, pude iniciar sesión.
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Protocolo Corrupto
Horror«Una vez que el código aprende a desear, no hay formato capaz de contenerlo.» Para la mayoría, la tecnología es solo una herramienta. Para Vesper, es una puerta de entrada. Lo que comenzó como un proyecto obsesivo en la notebook de un joven solitari...
