Como cualquier otro día, sonó la alarma a las siete menos cuarto de la mañana de un viernes 13 de julio.
Con dieciocho años, nunca me imaginé que acabaría trabajando en una cafetería. No era el trabajo de mis sueños, ni mucho menos, pero tampoco podía quejarme, es lo que había, y lo sabía. Estaba completamente convencida de que quien no pagara el precio del éxito durante un tiempo, pagaría el precio de su fracaso durante toda su vida.
Entraba a las siete y media y salía a la una de la tarde. Al final, me había acostumbrado al olor del café recién hecho, a las prisas de cada mañana y a alguno de mis compañeros.
Me levanté de la cama perezosa. Me vestí con mi uniforme negro, me fui al baño, cogí mi goma de pelo y recogí mi pelo como pude en un moño. Sin mucho esfuerzo, cogí las llaves y la tarjeta del bus y salí de casa todavía medio dormida. A las siete y once minutos ya estaba esperando en la parada.
Cuando menos me lo esperaba, el bus ya había llegado. Pasé la tarjeta y con la mirada fui buscando algún sitio porque esto estaba lleno, hasta que vi que un asiento al fondo estaba vacío, así que obviamente me senté ahí. Mientras escuchaba música, miraba por la ventana. Sin darme cuenta nuevamente, estaba en la cafetería con ese típico olor a café, las luces encendiéndose y mis compañeros poniendose el delantal verde, y obviamente yo no me quedé atrás y dejé mis cosas en un casillero, el móvil en el bolsillo del delantal y listo, ya eran las siete y veintiocho, solo dos minutos para empezar a abrir.
¿Y cómo no? Sentí una mirada clavada de cierta persona alegre en mi espalda.
- ¡Hola, Sasha! -dijo entusiasmada poniéndose a mi lado.
- Hola, Jules -saludé sin ganas de hacer nada. - Pensaba que hoy no venías.
- ¿Y perderme tu cara de sueño? Jamás -bromea Jules.
- Eres lo peor, ¿lo sabes? -comento sarcástica con una sonrisa ladeada que solo ella podía sacarme.
- Aww, yo también te quiero -se ríe mientras hace un gesto de corazón con las manos.
Yo, al verla así, no pude evitar reírme con ella.
- Eres guapa -me dijo Jules de repente -pero tienes unas ojeras horribles, pero tranquila, no se notan tanto.
- Vaya, gracias, eh -dije fingiendo traición por su parte.
- De nada, para eso estoy yo -sonrió como si nada.
Tras esa interacción, se alejó con su sonrisa y se puso a calentar una de las máquinas de café porque ya eran las siete y treinta y dos pero algo en mí decía que faltaba alguien. Pasó un rato hasta que la puerta principal se abrió y apareció él, respirando con dificultad y acercándose a la barra.
- Perdón por llegar tarde.
Todas las miradas de mis compañeros se posaron en él. Jules y yo nos miramos.
- Son las siete y treinta y ocho, Noah -decidí confrontarlo.
- Lo sé -dijo Noah acercándose a su casillero.
- Y abrimos a las siete y media -comenté detrás de él.
- También lo sé, Sasha.
Iba a seguir diciéndole algo más, pero decidí parar. Solté un suspiro largo y lo miré unos segundos antes de girarme y volver a la barra. ''Genial, simplemente genial, siempre llega tarde ¿no sabe ponerse una alarma?'' pensé. Me apoyé un momento contra la barra tratando de calmarme, hasta que sentí una mano firme en mi hombro.
- ¿Todo bien? -me preguntó un compañero.
''Esa voz se me hace familiar''.
Levanté la cabeza y me encontré con la mirada de Simón.
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Lo que nunca pedí
Romance¿Qué pasa cuando conocer a alguien empieza siendo una molestia y termina convirtiéndose en algo mucho más difícil de ignorar? Sasha nunca pensó que trabajar en una cafetería pudiera complicarse tanto. Mucho menos por culpa de un chico. Bueno... chic...
