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1. A primera vista.

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Una noche helada y silenciosa, sin mucho movimiento en las calles y con apenas el sonido de los coches resonando a lo lejos, había un español notablemente cansado y desanimado en un bar de por ahí. No era su día, todo le había salido terrible y su único consuelo era la bebida...

O quizás no.

Mientras el ibérico se quejaba de lo horrible que era su vida, alguien interrumpió aquella dramatización.

-cómo odio mí vida, nada me sale bien y lo único que tengo es humillación. -protestó España para si mismo, escondiendo su rostro en la palma de sus manos.

-mierda, ¿tan miserable es tu vida, como para que la compares de esa forma? -habló Imperio mexicano, estando al lado del español, como si siempre hubiera estado ahí.

-¿uh?... -limpió las pocas lágrimas que habían logrado salir y giró su cabeza hacia el mexicano, confundido y avergonzado. -lamento que hayas tenido que escuchar eso.

-no, está bien. Pero, si no es mucha molestia, me gustaría saber lo que te sucede. -interesado.

-(¿en qué está pensando este tipo? No voy a contarle nada, qué miedo...aunque, creo que mí salud mental lo necesita). -pensó, desviando un poco la mirada, sólo para después regresarla hacia el Imperio.

-sé lo que estás pensando, pero créeme, sólo quiero ayudarte. -sonrió. Parecía sincero, sin intenciones cuestionables.

España suspiró y lo pensó un poco más de lo necesario. Pero, al final, optó por contar sólo un poco de lo que ocurría.

Y así, comenzó a hablar, manteniendo la mirada baja y conteniendo el llanto que había acumulado hasta ahora.

El mexicano escuchaba atentamente, sin decir una sóla palabra, sólo mirando al español.

Por un momento, España se sintió ligeramente más tranquilo. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien se tomaba tiempo para tan siquiera escucharlo y comprenderlo.

El ibérico, después de hablar más de lo que creía, se quedó en silencio. Simplemente observaba el vaso de vidrio que todavía contenía una pequeña gota de vino.

Imperio, por su parte, no respondió. Colocó el peso de su cabeza sobre su mano, esta siendo apoyada sobre la barra.

-¿y ya? -preguntó el mexicano.

España lo miró.

-¿quieres que te cuente más de lo que ya he hecho? Joder, ni para que seguir hablando.

El mexicano sonrió, soltando una pequeña risa.

-yo sólo preguntaba, no te lo tomes tan personal, precioso. -se incorporó y tomó ambas manos del español. -si quieres que te diga algo, alguien tan bello como tú no debería de pasar por tanta mierda en poco tiempo.

España se sintió halagado, por lo que sus mejillas se coloraron, apenas visible.

-uh...¿gracias? Supongo que eso me hace sentir un poco mejor.

-no seas tan tímido conmigo, no voy a hacerte nada, si eso te preocupa.

Falso.

No lo lastimaría, pero sí le haría de todo un poco esa noche.

El error o el acierto que tuvo España, fue confiar más de lo necesario en aquél Imperio.

Creer que sólo sería un conocido más, fue muy inocente por su parte. Esa noche lo cambió todo, incluso la forma en la que el español veía la vida.

No supo cómo o en qué momento, pero cuando menos lo había notado, ya estaba en la casa del mexicano. En su habitación, en su cama.

Todo apuntaba a que no solamente había sido una noche para hablar, para conocerse. Sino, también una en donde cambiaría por completo el rumbo de la historia.

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⏰ Última actualización: Aug 03 ⏰

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