—Bienvenidos a la fase de preselección. Deberían preparar sus mejores sonrisas y conquistar a los jueces para así poder salvar su legado. Demuestren que su genética es de representar a su planeta. Con astucia y belleza lograrán enorgullecer a su familia y al mundo entero. Prepárense, jugadores.
08-09-2012
Asco. Eso pensé que sentiría al recordar mis antiguas paredes. Pero no. Dicen que el subconsciente es sabio y que nuestra imaginación puede mezclarse con falsas historias.
Jamás pensé que estaría llorando por esto. Pero la extrañaba. Y cada vez que recorría mis costillas con los dedos, me preguntaba si ella aprobaría la silueta. ¿Ahora sí seré suficiente? No, era claro que no.
—Concursantes. Llegó el momento de conocerse y ver si lograrán conseguir un lugar en la casa más famosa del mundo. Jugadora 78315, dé un paso al frente, por favor.
No sentía ansiedad. No aún. En ese momento todo era una competencia, y yo amaba ganar. Más aún cuando lo único que tenía por perder era aquella vida.
—Jugadora número 1478, dé un paso al frente.
Acomodé mi cabello, dejando que minuciosas ondas cayeran por encima de mis hombros.
Ajusté el moño celeste de mi vestido, el cual combinaba a la perfección con el tono bordó de mi cabello. Todo perfecto. No había manera de que no destacase.
Subí al escenario, midiendo cada uno de mis pasos. Las luces se iluminaban indicando el camino. Acompañada por una infantil melodía, saludé al vacío, allí donde millones de patrocinadores me observaban. Mi madre no tenía la popularidad necesaria para quedar preseleccionada, pero eso no era un inconveniente.
Desde niña aprendí que debía saber venderme, así que lo hice.
—Jugador 1477, dé un paso al frente.
Una luz iluminó un camino más frío. Nadie hablaba, pero el aire era invasivo, humillante. Pasé desapercibida entre las sombras hasta que una voz me indicó mi lugar.
Me despojaron de la armadura que me acompañaba. Las yemas de dedos desconocidos me juzgaban. Estaba acostumbrada, pero que fuera mi mamá la que solía hacerlo en casa hacía que esto se sintiera distinto.
—Sí, es virgen.
Hubiese preferido sentir sus miradas. La indiferencia era peor. Me revisaban con la tranquilidad de quien ya sabe cuál será el resultado. Como si mi cuerpo nunca hubiera podido ser otra cosa.
Luego sentí el frío de la cinta métrica sobre mi piel. 79-61-94. Una secuencia que me sabía de memoria.
—Siguiente.
Podía percibir la incomodidad que provenía del rostro de las demás. Cuando naces bonita no llevas tatuada una cinta métrica en la mente. Pero para mí, eso era un mérito; una ventaja.
Volví a quedar encerrada entre cuatro paredes. Estas tenían un color diferente, pero fue el olor lo que me golpeó. Nunca había notado lo fuerte que tenía grabado el alcohol de mamá, pero, por primera vez, lo extrañé. Me recosté y una sonrisa se dibujó en mi rostro. Un estallido de felicidad me estrujó el pecho: lo había logrado. Sabía que ese lugar era mío.
12-09-2012
Un hormigueo poco familiar me invadió. No sabía quién era, pero mi corazón le dio un lugar que no sabía que necesitaba. Claro, una distracción. Esto podía ayudarme a ganar, o al menos eso prefería decirme para justificar un acto tan estúpido. No era nadie para andar buscando atención, pero la necesitaba con desesperación.
Intenté distraerme. Primero jugué con mis dedos, después acomodé mi brillo labial y, no sé en qué momento, ya estaba rozando mi hombro con el suyo.
—¿Sabes dónde tenemos que ubicarnos? —Pude escuchar cómo mi voz salía más aguda de lo que estaba acostumbrada. Mi piel de conejo no era suficiente para ocultarme.
Me respondió, y en ese instante memoricé el color de sus ojos. El tono áspero no encajaba con la dulzura de su mirada, y aún menos con la delicadeza de sus palabras.
Desde la otra punta de la habitación, mis ojos no podían dejar de fijarse en él. Pero tenía que hacerlo ver tierno. Si se daba cuenta de la forma tan fría en que lo estaba estudiando, podía terminar de perder la máscara.
Una luz blanca inundó la habitación. Instintivamente todos buscamos nuestras plataformas. Nadie hablaba. Las cifras comenzaron a aparecer una por una sobre nuestras cabezas.
Esa mañana, tanto ojos avellana como yo fuimos preseleccionados. Pero cualquier sonrisa se vio interrumpida por aullidos agonizantes. Todos sabíamos que cada año eran veinticinco los seleccionados, pero jamás preguntábamos por el resto.
Instintivamente cerré los ojos. Me mordí los labios hasta que sangraron. Aún hoy no puedo borrar de mi mente aquel olor metálico, tapado por el alcohol barato. Y lo sentí: miedo. Uno muy diferente al que estaba acostumbrada. Tal vez estaba más aferrada a este mundo de lo que pensaba, o simplemente era humano querer sobrevivir. No lo sé. Esa noche no dormí; el hambre y el pánico no me dejaron.
15-09-2012
Ya no era más la jugadora 1478. Ahora era presentada como el número Trece.
«Frágil como la porcelana, la muñeca rota que cautiva nuestros corazones».
Un eslogan barato que estableció mi lugar.
Después de tal carnicería, tan solo diez obtuvimos la oportunidad de entrar. Pero todo era una fachada para entretener. Títeres. Muñecos moldeables. Los quince lugares restantes ya pertenecían a la élite.
Era nuestra noche libre, o una despedida. El abrazo de mamá fue incómodo. Una desesperada empatía que lograba engañarme; siempre lo hacía.
—Meme, no sabés cuánto te quiere mamá.
Hoy era la luz de su vida. Mañana no iba a interesarme ser la culpable de haberle arruinado la existencia. Esa inestabilidad ya no me iba a dar los buenos días. Y, por más tonto que suene, me aferré a ella; su abrazo siempre lograba darme una calidez inexistente.
En aquella fiesta, mis ojos se paseaban por el salón. Extraños. Demasiadas emociones flotando en el aire: miedo, emoción, presión. Podía sentir que no era la única que estaba desesperada por huir. Mi pecho se hundió. Sin querer, me encontré con él. Fue rápido. Pero necesité volver a mirarlo; no una, ni dos veces. Aparté la mirada antes de comprobar si él seguía observándome.
Hoy
Después de tres meses, lo había conseguido. Hoy por fin iba a presentarme en sociedad. Luego daría comienzo al show.
Observaba mi reflejo. Todo en su lugar. Mi cabello mantenía el tinte que combinaba a la perfección con la paleta de colores que había decidido vender. Yo era mi propio producto. Y por eso sabía bien cómo destacar.
Me acerqué al escenario. Las luces me encandilaron. Llevaba semanas interactuando únicamente con guardias y voces que juzgaban milimétricamente mi imagen, y este cambio repentino me descolocó.
Del otro lado estaba él, ojos avellana, ahora convertido en el número Siete. No le dediqué una sonrisa, ni siquiera un movimiento que pudiera considerarse un gesto, pero sí lo miré. Llevaba su cabello más ondulado que de costumbre y una camisa a juego con el ámbar de sus ojos.
Cuando nos llamaron a escena, intenté cruzarme en su camino en un ensayado movimiento torpe; un choque accidental para obligar un contacto. Pero antes de lograrlo, me interrumpió un elegante traje, absurdamente pulcro. El número Tres.
Quizás era una señal para detener el autosabotaje obsceno que estaba por cometer ante las cámaras. O tal vez era una vana estrategia por parte de la élite para alimentar una humildad descaradamente fingida ante la audiencia. Pero seguí con mi acto, al igual que él.
Al tomar su mano, quedé en el centro de aquel escenario, grabándome en la memoria de los televidentes mientras seguía al pie de la letra el rol que me habían impuesto. Y el número Tres aumentó una popularidad que ya parecía imposible de superar.
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Frayed
ActionLa humanidad no desapareció con una guerra. Desapareció cuando la perfección se convirtió en un requisito para vivir. Cada año, miles de jóvenes ingresan al reality más visto del planeta. Solo unos pocos obtendrán un número. El resto desaparecerá fr...
