No fue un día malo, sino uno de esos días en los que te das cuenta de que llevas demasiado tiempo fingiendo. Y no pasa nada porque ni tú misma sabes qué te pasa. Y lo peor de todo es que aún tenías que despertarte cada mañana, poner una sonrisa para que nadie se preocupara por ti y seguir, aunque no tuvieras ni una sola puta razón para hacerlo, pero tampoco para dejar de hacerlo.
Y eso te agota tanto que estaba tan cansada que me despertaba cansada, dormía cansada, comía cansada, estudiaba cansada, reía cansada, volvía a casa cansada y me iba a dormir cansada. El mero hecho de existir drenaba toda mi energía. Lo peor de todo es que nadie lo entendía. Decían que necesitaba dormir, comer, hacer ejercicio, salir... Nadie entendía, nadie. No dormía poco, dormía demasiado; no comía poco, comía demasiado; y podía pasarme horas seguidas haciendo ejercicio, pero nada funcionaba. Siempre estaba agotada, vacía.
Y siempre era la misma historia de siempre. «Vale, gracias, lo probaré». ¿Probar el qué? ¿Qué se prueba cuando lo haces todo y nada funciona? ¿Cuando has probado hasta el método más macabro que existe y nada? Y que nadie me entendiera lo hacía peor.
Pero tampoco podía culpar a nadie de no entenderme cuando ni yo misma lo hacía. ¿Estaba triste o no? ¿O feliz? ¿O enfadada? Nunca lo sabía. Era imposible distinguir emociones. Tenía motivos para estar triste, pero no lo estaba. También tenía motivos por los que estar feliz y tampoco lo estaba.
Y otra vez estaba en la playa de La Concha, mirando cómo el sol se escondía detrás de la isla de Santa Clara. Poco a poco, el murmullo de la ciudad se apagaba: las conversaciones de la gente, el tráfico lejano, las gaviotas que sobrevolaban el paseo y el ir y venir de las olas contra la orilla. Era como si, por un instante, el mundo entero se detuviera mientras el cielo se teñía de tonos naranjas, rosas y violetas que se reflejaban sobre el agua como si el mar también quisiera guardar aquel momento. La brisa olía a sal y a crema solar, y el aire fresco hacía que todo pareciera más ligero.
Me encantaba este sitio. Siempre encontraba una calma que no hallaba en ningún otro lugar. Podía sentarme durante horas a observar cómo las luces empezaban a encenderse al otro lado de la bahía, cómo la silueta del monte Urgull se volvía cada vez más oscura y cómo las últimas personas recogían sus toallas antes de volver a casa.
Y, al mismo tiempo, Donostia era una ciudad donde todo el mundo parecía conocerse de alguna forma. No era un pueblo, pero a veces lo parecía. Bastaba con salir un fin de semana para cruzarte con alguien del colegio, con el hermano de un compañero o con algún conocido de un conocido. Nunca pasabas completamente desapercibido. Eso podía ser una ventaja... o un auténtico desastre.
Estudiar en un colegio internacional hacía que todo fuera todavía más peculiar. En los pasillos se mezclaban el español, el inglés, el euskera y otros idiomas que ni siquiera sabía identificar. Había alumnos de decenas de países, culturas completamente distintas y familias con historias muy diferentes. Desde fuera parecía el lugar perfecto: moderno, abierto y lleno de oportunidades. Pero, como en cualquier sitio, también existían los grupos, las etiquetas y las fronteras invisibles. No importaba de dónde fueras; siempre había alguna razón para separar a la gente.
Dependiendo de tus intereses, de tu forma de vestir, del dinero que tuvieras, de tu religión o simplemente de con quién te sentaras en el comedor, acababas perteneciendo a un grupo u otro. Y cuando querías acercarte a personas diferentes, sentías que tenías que cambiar una parte de ti para encajar. Adaptarte. Fingir que algunas cosas no te importaban. Reírte de comentarios que en realidad te incomodaban.
Pero yo nunca terminaba de hacerlo. Y cuando por fin parecía haber encontrado mi sitio... boom. Bastaba una decisión, un comentario o un plan que chocaba con mis valores para volver a sentir que ya no pertenecía allí. Era un reajuste constante. Un esfuerzo continuo por encontrar un lugar donde pudiera ser yo misma sin tener que convertirme en alguien diferente para que los demás me aceptaran.
Por eso me gustaba el mar.
Era el único sitio donde no tenía que fingir. Donde podía simplemente estar.
Me quedaba horas escuchando las olas romper contra la orilla. A veces se colaba el ruido de algún bar cercano o grupos de gente, pero con el tiempo encontré un punto donde solo estábamos el agua y yo. El agua salada rozándome los pies, el viento y nada más.
Ahí podía perderme.
Pensar en todo.
O en nada.
Cualquier cosa que me alejara de lo que tenía que hacer en realidad.
No sé cuánto tiempo estuve así hasta que el móvil, vibrando en mi bolso, me sacó de mis pensamientos.
13 llamadas perdidas de mamá.
«La he cagado».
Mierda.
—¿Dónde coño estás? ¿Dónde te has metido? ¿Te crees muy mayor para hacer lo que te da la gana o qué te pasa?...
—Estoy haciendo un trabajo de Biología —la corté, mintiendo como siempre.
—¿Has visto la hora que es? Vuelve a casa ahora mismo —dijo, esta vez más calmada.
—Ajá, ya voy.
Colgué antes de que pudiera seguir.
Eran solo las nueve. Ni había oscurecido. En fin, da igual.
Mi madre podía ser exagerada. Mucho. Demasiado.
Una vez llamó a la policía porque llegué una hora tarde. En mi defensa: había perdido el metro. Y sí, le mandé un mensaje avisando. Según ella, dejé de responder. Según yo... no tenía batería. Y también se lo dije.
En el fondo no podía no entenderla.
Llevaba viviendo allí toda mi vida.
Vale, puede que hubiera bastante separación social, pero cuando pasaba algo nos cuidábamos entre nosotros, siempre nos defendíamos y nunca había habido ningún problema como para verdaderamente preocuparte.
Los dueños de los locales me saludaban.
Cuando llegué a casa, cuarenta y cinco minutos después, mi madre ya estaba histérica otra vez. Me había entretenido hablando con la hija de la vecina. Y claro, entre la biblioteca —donde se suponía que estaba— y mi casa solo había veinte minutos.
Escapé de los gritos y me metí en la ducha. El agua caliente me despejó lo suficiente para dejar de pensar.
Salí de la ducha calmada hasta que me volví a encontrar con la realidad: un montón de libros y tareas para hacer. ¿Sabéis quién no las va a hacer? Tú y yo.
Bueno, pero a menos que me quisiera quedar atrapada en este pueblo tenía que hacerlo.
Mierda.
Me senté.
En el fondo me gustaba estudiar. Aprendía rápido, o eso decían mis amigas. Supuestamente era un don. Pero me gustaría bastante más si no estuviera tan cansada todo el tiempo.
Y lo peor... es que no sabía por qué.
Mis amigas decían que era falta de sueño. Los profesores, que no dormía por las noches. Mi madre, que era una vaga y que tenía que mover el culo y ayudar más en casa.
Tres teorías y ninguna solución.
El curso acababa de empezar y yo ya quería volver al verano. Aunque tampoco hubiera sido gran cosa... seguía siendo mejor que esto.
Intenté concentrarme en los ejercicios, pero no podía. Cerré los libros sin terminarlos. Me quedé mirando la mesa, sin fuerzas ni siquiera para recoger.
Ese tipo de cansancio que no se me quitaba durmiendo.
Y lo peor... es que no tenía ningún motivo para sentirlo.
O eso creo.
CITEȘTI
¿Y si nunca desperté?
DragosteDurante años, ella ha sido la experta en volverse invisible. En un mundo que parece ignorarla, ha aprendido a sobrevivir. Pero una noche, se transporta a la vida que siempre deseó: una realidad llena de perdón, comprensión y un amor que se siente r...
