Simón no era la clase de hombre que soltaba palabras de más. No había porque hablar tanto para decir poco.
Era bien reconocido por ello en Italia. Conversaciones cortas, informes concisos y órdenes claras.
Mezquino, amargado, aburrido, había escuchado toda clase de críticas. No de frente, nadie se atrevía.
Con las recientes guerras, Simón había pasado por demasiado, y como si eso no fuera suficiente, no podía descansar. El rey solicitaba su presencia con frecuencia, no importaba si era en su castillo o acompañándole a otro país, Simón no podía negarse.
Todo era tedioso y aburrido, demasiado predecible para su cuerpo agotado y en recuperación de la guerra.
Pero un día llegó a Inglaterra.
Bajó de la carroza junto a la corte de su rey. Caminaron por el lugar y llegaron a un espacio de asambleas. Fueron presentados.
El rey, del cual ya ni siquiera recuerda el nombre, y Jack.
—Príncipe heredero, de 25 años.
Joven, rubio, alto, pero no tanto como Simón. Quizás le llegaba a la nariz, en ese momento no estaba muy seguro, pues estaba un poco lejos.
Un buen prospecto.
La reunión comenzó. La elegante ropa de los monarcas siempre era vistosa, sus coronas no podían faltar jamás.
Él tenía su uniforme. No tan ostentoso, pero igual de impactante.
Mientras escuchaba, su vista giró hacia el príncipe heredero. Este lo miraba, y contrario a lo que muchos harían al ser descubiertos, Jack no se giró de inmediato o se escondió en los documentos que tenía en manos.
No.
Jack le sostuvo la mirada un par de segundos y, casi como si no fuera nadie importante, apartó la vista con calma, como quien ha perdido genuinamente el interés.
Ojos verdes.
Intensos.
—¿Cuál es su opinión, Coronel Paladino?
Simón regresa la mirada a su rey y se pone de pie para hablar.
No, Simón no se había distraído, seguía atento a todo lo dicho en esa sala, porque si algo le había enseñado la guerra, eso era poder estar en distintas cosas a la vez.
—. . . Así que esta acción es la más viable para que la economía entre nuestros reinos se reestablezca.
La penetrante mirada del rubio se mantiene fija en él mientras habla y anota cosas en sus apuntes de manera elegante. Y cuando se sienta y alguien más se levanta a hablar, sigue escuchando con atención.
La junta es productiva, parece que todos están en sintonía.
Simón no tiene que repetir, no explica de más, y eso lo hace sentir aliviado.
—Por la noche habrá una gran cena— informa el rey inglés.
—Estaremos encantados de asistir— Responde su rey.
Más y más diplomacias.
Se les da una habitación para que se refresquen y se pongan presentables. Simón se quita el uniforme para tomar un baño y, al salir, se mira en el espejo.
Sus heridas ya estaban casi 100% curadas. A excepción de la que tenía justo debajo de la clavícula derecha. Una herida de bala que necesitó extracción. Desde ya era notorio que dejaría una cicatriz vistosa.
Se vistió, arregló y, cuando los sirvientes fueron por él, bajó al salón principal.
Todo es elegante y ostentoso, como si no hubieran perdido recursos por la guerra. Cómo si no estuvieran en números rojos.
—Coronel Paladino.
—Coronel Smith.
—Un gusto conocerlo.
El hombre habla, pregunta sobre cómo está el ejército italiano. Y Simón solo puede decir que, con bajas, pero en correcta recuperación. El hombre habla de su ejército, de cómo podría desplegar algún grupo que acompañe el intercambio de productos para que no sean saqueados en el camino.
Y sí, siempre era así. La asamblea ya había acabado, pero las discusiones no. Los banquetes no eran más que trabajo disfrazado de fiesta.
Y mientras habla de las rutas más seguras, la sensación de que está siendo observado le invade. Ese peso extraño sobre sus hombros lo hace mirar con disimulo al rededor y, cuando levanta la vista, puede ver al príncipe en el piso superior.
Habla con alguien mientras sostiene una copa en su mano, pero eso no le impide mantener su vista en Simón.
Cuando sus miradas se cruzan, puede que sea el ángulo, o la imaginación de Simón, pero puede sentir un poco de condescendencia en la mirada del príncipe.
Típico de los nobles blancos.
Apartó la mirada, regresándola al coronel Smith, y trató de ignorar la pesada mirada de ese mini monarca en ascenso.
—Mientras la vieja ruta se establece de nuevo, creo que es lo más adecuando.
—Ya veo— Simón asiente—, supongo que no queda de otra.
La fiesta sigue. Se mezcla entre la gente. Bebe un poco de aquí a allá mientras cada cierto tiempo lo intercepta alguien para discutir asuntos que lo agotan.
Y, mientras siente que se está poniendo ligeramente ebrio, como si fuera conveniente. El rubio al fin se acerca a él.
—Coronel.
—Príncipe.
Si, le llega a la nariz.
—¿Cómo se la está pasando?
—Bien. Aunque un poco vigilado, si mi paranoia no me engaña.
Aquello hace al príncipe soltar una ligera risa, como si entendiera perfectamente de que estaba hablando.
—¿Vigilado por quién?
—Por un niño—Admite—: rubio, de ojos verdes.
—¿Niño?— Jack lo piensa unos segundos y le mira de pies a cabeza— ¿Cuántos años tiene, Coronel?
—34, joven príncipe.
—Ya veo—Asintió—. Debe ser su paranoia—Sonrió suavemente—, aquí nadie vigila a nadie.
—Supongo que la guerra me dejó alerta.
—¿Cómo es estar en la guerra?
Simón respira hondo pensando en todo lo que vivió. Y habla un poco al respecto.
La presión, la amenaza constante, el trabajo en medio de la crisis.
Simón nota como Jack parece muy interesado. Y sus ojos le examinan mientras lo escucha. Esa mirada se le hace familiar.
La experiencia le pica con una idea extraña que no sabe si puede tomar como verdadera...
... O quizás es la paranoia.
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Si, Coronel.
Fanfiction-Cuando le ordeno algo, usted solo contesta "Si, Coronel" ¿entendido? -Si, Coronel -Buen chico. >GazerJackHistoria corta<
