La tormenta rugía sobre la vieja mansión.
La lluvia caía con tanta fuerza que parecía querer arrancar las tejas del tejado. Cada relámpago iluminaba durante un instante los altos ventanales y las paredes de piedra, antes de que la oscuridad volviera a envolverlo todo.
El niño corría descalzo por el pasillo de servicio.
Sus pies golpeaban la madera húmeda mientras sujetaba con fuerza la mano de su hermana pequeña.
Ella apenas podía seguirle el ritmo.
Lloraba.
Tropezaba.
Pero él no la soltaba.
No podía.
No después de lo que había visto.
Detrás de ellos, la mansión había dejado de parecer un hogar.
Los gritos llenaban cada rincón del edificio.
No eran gritos de terror.
Eran gritos de personas que suplicaban.
De padres llamando a sus hijos.
De madres golpeando puertas cerradas.
De gente que sabía que el tiempo se estaba acabando.
-¡Sacad a los niños!
-¡Corred!
-¡Que no los encuentren!
El niño volvió la cabeza apenas un segundo.
Vio hombres recorriendo los pasillos con faroles en la mano.
Abrían puertas de una patada.
Registraban habitaciones.
Empujaban muebles.
Buscaban a alguien.
O quizá...
Intentaban impedir que escapara.
Otro trueno hizo temblar la mansión.
Entonces apareció ella.
Una mujer salió de una puerta lateral casi sin aliento.
Tenía el vestido empapado, el cabello pegado al rostro y las manos manchadas de barro.
Al ver a los dos niños corrió hacia ellos.
Se arrodilló.
Les sostuvo la cara entre las manos con una delicadeza que contrastaba con el caos que los rodeaba.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
-Escuchadme muy bien...
Su voz apenas era un susurro.
-Pase lo que pase...No hagáis ruido.
El niño quiso preguntarle qué estaba ocurriendo.
Quiso preguntarle dónde estaban sus padres.
Pero un estruendo retumbó bajo sus pies.
Toda la casa pareció estremecerse.
La mujer levantó lentamente la cabeza.
Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
-Ya han llegado...
No añadió nada más.
Los agarró de la mano y echó a correr.
Atravesaron la cocina.
Una despensa.
Un estrecho pasillo de piedra.
Y, al fondo, una escalera tan antigua que parecía esconderse dentro de la propia montaña.
El aire cambió al comenzar el descenso.
Era frío.
Demasiado frío.
Olía a humedad.
A tierra.
Y a algo que el niño no supo reconocer.
Cada peldaño hacía desaparecer un poco más el ruido de la tormenta.
Cuando llegaron abajo, la mujer abrió una pequeña puerta de madera casi invisible entre la piedra.
Dentro no había luz.
Solo oscuridad.
Una oscuridad tan espesa que parecía llenar toda la estancia.
La mujer respiraba con dificultad.
Miró varias veces hacia la escalera.
Después volvió a mirar a los niños.
-Escondeos aquí. No salgáis hasta que vuelva.¿Me habéis entendido?.
Los dos asintieron sin decir una palabra.
El niño dio un paso hacia el interior.
Pero, al cruzar el umbral, tropezó.
Uno de los pequeños botones de madera de su chaqueta salió despedido.
Rodó lentamente sobre el suelo de piedra.
Giró una vez.
Después otra.
Hasta detenerse muy cerca de la puerta.
Llevaba grabada una pequeña estrella.
El niño se inclinó para recogerlo.
La mujer lo sujetó con fuerza del brazo.
-Déjalo.
Por primera vez, el niño sintió miedo en su voz.
Lo empujó suavemente hacia la oscuridad.
Después cerró la puerta.
El silencio fue inmediato.
Solo se escuchaban las respiraciones agitadas de los dos hermanos.
Fuera...
Los pasos se acercaban.
Lentos.
Pesados.
Cada vez más próximos.
Después llegaron las voces.
-Han bajado.
-Buscad bien.
-No pueden haber desaparecido.
El niño abrazó a su hermana.
Ella escondió la cara contra su pecho.
Él intentó no respirar.
Entonces, en algún lugar de la mansión...
Un viejo reloj comenzó a sonar.
Una campanada.
El niño cerró los ojos.
Dos.
Apretó aún más fuerte la mano de su hermana.
Tres.
Todo quedó en silencio.
Un silencio absoluto.
Tan profundo que incluso la tormenta pareció desaparecer.
Y entonces...
Al otro lado de la puerta...
Una voz infantil rompió la oscuridad.
Muy cerca.
Tan cerca que parecía encontrarse justo detrás de ellos.
-No tengáis miedo...
Los dos levantaron lentamente la cabeza.
Aquella voz...
No pertenecía a ninguno de los dos.
YOU ARE READING
Sanatorio 666
ActionSANATORIO 666 Cada seis años. 6 de junio. 03:00 AM. Cuando Clara y su hermana Lucía llegan al antiguo Orfanato Santa Elena, creen que solo será un nuevo comienzo. Pero la primera noche, Lucía desaparece sin dejar rastro. Mientras la Guardia Civil bu...
