Las sirenas resonaban por todo el complejo.
Las luces blancas se habían apagado y, en su lugar, destellos rojos bañaban los pasillos a intervalos regulares. A través de los altavoces, una voz automatizada repetía la misma advertencia con una serenidad que resultaba más inquietante que el estruendo de las alarmas.
—Código Negro. Código Negro. Evacuación inmediata. Todo el personal debe abandonar el área.
A pesar de la orden, nadie corría.
Los especialistas avanzaban con cautela, protegidos por trajes aislantes y respiradores herméticos. Cada uno llevaba un detector de radiación sujeto al pecho; los aparatos emitían pulsaciones cada vez más rápidas conforme se acercaban al laboratorio principal.
El metal caliente crujía bajo sus botas.
—Los niveles continúan aumentando —informó uno de ellos, sin apartar la vista del medidor.
—Eso no tiene sentido. La fuente ya colapsó.
—Díselo al aparato.
Las puertas automáticas habían desaparecido casi por completo. Los bordes de acero estaban deformados y doblados hacia dentro, como si una fuerza invisible los hubiera reblandecido antes de aplastarlos.
Los especialistas cruzaron por la abertura. Al entrar, todos se detuvieron.
Ninguno estaba preparado para lo que había al otro lado.
Las paredes estaban cubiertas por marcas negras con formas humanas. Eran siluetas impregnadas sobre el concreto: los últimos rastros de las personas que, apenas unos minutos antes, habían trabajado allí como cualquier otro día.
Ya no quedaba nada de ellas.
Solo sus sombras.
Miles de fragmentos de cristal cubrían el suelo. Una neblina tibia y áspera permanecía suspendida en el aire, cargada de partículas que se adherían a los trajes. Las pantallas estaban destruidas, aunque algunos instrumentos continuaban encendidos y mostraban valores imposibles, líneas sin sentido o símbolos de error.
Uno de los monitores registraba pulsos electromagnéticos irregulares. Otro se había saturado por completo.
En medio del laboratorio había una mujer.
Estaba completamente desnuda, acurrucada en posición fetal sobre los restos del suelo. Su piel estaba cubierta de polvo, sangre seca y pequeñas heridas. El cabello, cortado en longitudes irregulares, se había vuelto completamente blanco. Entre los mechones aparecían reflejos azulados, casi translúcidos, que cambiaban dependiendo de la luz.
La mujer no se movía.
Uno de los especialistas dio un paso hacia ella. Su detector respondió con un sonido continuo y penetrante.
—No te acerques —le advirtió su compañero, sujetándolo por el brazo.
—Tenemos que comprobar sus signos.
—Ni siquiera sabemos qué ocurrió aquí.
El especialista contempló las siluetas de las paredes y después volvió la atención hacia la mujer. La duda endureció su expresión durante unos segundos, pero finalmente se soltó y se arrodilló junto a ella.
Extendió una mano temblorosa hacia su cuello.
•••
Tres meses antes, una mano escribió cuidadosamente sobre una nota adhesiva:
*Revisar resultados de la muestra 14-C.*
*Corregir el informe de regeneración celular.*
*Reunión a las cuatro.*
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Behind the Universe
FanfictionLa guerra terminó. O, al menos, eso fue lo que la historia decidió recordar. Mientras los héroes salvaban galaxias y sus nombres quedaban grabados entre las estrellas, hubo personas que libraron otra clase de batalla: una silenciosa, lejos de los re...
