Ser rivales era sencillo.
Dejar de buscarse nunca lo fue.
"¿Por qué siempre es contigo?"
Jude sonríe con cansancio.
-Porque nunca has aceptado perder conmigo.
Erling da un paso adelante. Jude niega suavemente.
-No. Porque eres el único al que de ver...
El marcador seguía inmóvil desde hacía casi media hora. 1-1.
El estadio rugía con cada toque de balón. Bastaba con ver las camisetas para entender que nadie quería perder.
Jude recibió el pase de espaldas. Apenas alcanzó a girar cuando sintió el impacto en el tobillo. El contacto fue suficiente para hacerlo caer de rodillas sobre el césped.
El silbato no sonó.
Las gradas explotaron entre silbidos y gritos mientras varios jugadores rodeaban al árbitro exigiendo una decisión.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Erling Haaland fue el primero en llegar.
Apartó de un empujón al defensor que había cometido la falta y se interpuso entre él y Jude.
-¿Estás ciego? - Su voz se alzo al árbitro, señalando el lugar del impacto-. Eso era falta.
El estadio quedó en un extraño silencio antes de volver a estallar.
Las cámaras enfocaron a los dos rivales más grandes del fútbol europeo. El delantero noruego defendiendo al mediocampista inglés.
Jude levantó la vista desde el césped, confundido.
No era la primera vez que Erling hacía algo que nadie entendía.
Y tampoco era la primera vez que él se preguntaba cuándo exactamente todo se había salido de control.
Tres años antes.
Dortmund.
El primer día que Jude Bellingham cruzó las puertas del centro de entrenamiento creyó que lo más difícil sería ganarse un lugar en el equipo.
No tenía idea de que el verdadero desafío tendría nombre, apellido y una sonrisa insoportablemente arrogante.
Erling Haaland.
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