«Durante mil años llamaron demonios a los hijos de una diosa.»
Durante mil años, el mundo olvidó que alguna vez fueron amados.
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Antes de que existieran los hombres, antes de que el primer árbol echara raíces y antes de que el sol iluminara el horizonte, solo existía el Velo: un océano infinito de magia donde el tiempo aún no había nacido y el silencio gobernaba toda la creación.
Fue de aquel océano que surgieron siete luces. Cada una despertó con una conciencia propia y, al contemplar el vacío que las rodeaban, decidieron darle forma. Así nacieron los Siete Dioses Primordiales.
Orun fue el primero en extender sus manos. De ellas surgieron las montañas, los valles y las profundidades de la tierra. Sobre sus cimientos descansaría todo cuanto habría de existir.
Después caminó Lyseth, cuya voz llenó el mundo de mares, ríos y lluvia. Allí donde sus pies rozaban la tierra nacían los lagos, y el viento aprendía a seguir el curso de las corrientes.
Vaeros alzó una llama entre sus manos y la lanzó hacia el firmamento. Así nació el Sol, cuya luz ahuyentó la oscuridad y enseñó al mundo el valor de cada nuevo amanecer.
Cuando el cielo quedó iluminado, Nyxara lo cubrió con un manto de estrellas para que la noche nunca estuviera sola. A ella pertenecieron los sueños, los recuerdos y los secretos que solo el silencio es capaz de guardar.
Tharok dio al mundo la fuerza para proteger lo que ama. De él nacieron el coraje, el sacrificio y la voluntad de mantenerse en pie incluso cuando toda esperanza parecía perdida.
Por último, Seraphis puso en movimiento el tiempo. Con un solo gesto hizo que las estaciones comenzaran a girar y enseñó que toda vida debía tener un inicio... y también un final.
Los seis dioses contemplaron su obra con satisfacción.
El mundo era hermoso.
Majestuoso.
Perfecto.
Y, sin embargo...
Estaba vacío.
Fue entonces cuando apareció la séptima deidad.
La más joven de todas.
Elyra.
Mientras sus hermanos admiraban montañas, océanos y estrellas, ella observó algo diferente: un mundo tan bello merecía ser contemplado, amado y protegido.
Los siete dioses unieron parte de su esencia y dieron origen a los hombres.
De Orun heredaron la fortaleza.
De Lyseth, la capacidad de cambiar.
De Vaeros, el valor.
De Nyxara, los sueños.
De Tharok, el instinto de proteger.
De Seraphis, el tiempo.
Y de Elyra recibieron el más frágil y poderoso de todos los dones:
La compasión.
Durante siglos, los dioses caminaron junto a los hombres, enseñándoles a construir ciudades, cultivar los campos y vivir en armonía con el mundo.
Pero Elyra seguía sintiendo un vacío.
No deseaba ser adorada.
Deseaba una familia.
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El Legado del abismo
FantasiaDurante mil años, el mundo creyó que el Abismo era la prisión de los demonios. Aelia, la heredera del reino, también lo creyó... hasta que fue traicionada por su propia sangre y salvada por el último ser al que debía confiarle su vida. Obligados a r...
