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Las Grietas de la Memoria

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Hay cosas que no se dicen

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Hay cosas que no se dicen.

No porque no puedan ser pronunciadas, ni porque les falten palabras con las cuales vestirse ante el mundo. Al contrario. Hay silencios tan llenos de lenguaje que cualquier frase resulta una traición. Hay recuerdos que permanecen ocultos en un rincón remoto de la memoria, no porque hayan desaparecido, sino porque continúan viviendo con una intensidad demasiado grande para ser expuesta a la luz.

Allí habitan.

En una región oscura y tranquila del alma donde el tiempo pierde sus calendarios y donde los años se acumulan como polvo sobre los muebles abandonados de una casa que se siente ajena. Allí reposan las voces que nunca terminaron de hablar, los abrazos que quedaron suspendidos en el aire, las despedidas que fueron pospuestas hasta convertirse en una eternidad.

Nadie entra voluntariamente en ese territorio.

Sin embargo, todos lo llevamos dentro.

A veces se abre una puerta sin aviso. Una calle cualquiera al atardecer. El olor de la lluvia sobre el pasto, el calor de una cocina a leños, ese aroma indescriptible del queso derritiéndose en el horno, el calor de hogar que una y otra vez se intenta abrazar. Una canción escuchada desde una ventana donde el viento del sur azota raudo en los cristales. Y desde ese rincón olvidado vuelve una sombra que creíamos perdida.

No una tarde cualquiera.

La tarde en que despedimos a mi hermana Magaly. Mi Maga, mi Magaluz, la de los cuentos mágicos que iluminaron tantas noches de mi infancia y despertaron en mí el amor por las letras. Fue como una segunda madre para mí.

Después del funeral compartí un café con quien había sido su mejor amiga. Amiga de liceo, de universidad, de trabajo. Amiga de toda una vida.

Yo esperaba escuchar una historia distinta. De las cosas que ocuparon sus días. De los sueños que todavía conservaba. De sus tristezas.

Pero no fue así.

Entonces Olga me miró en silencio durante unos segundos.

Después sonrió.

Y dijo:

—Magaly hablaba siempre de ti. Nunca hablaba de su hijo. Sentía un enorme orgullo de ti.

Recuerdo haber bajado la mirada.

No supe qué decir.

Porque hay frases que llegan tarde y, precisamente por eso, pesan más que cualquier otra cosa.

A veces pienso que Magaly vio en mí algo más que a un hermano menor.

No sé si alguna vez vio en mí algo del hijo del que nunca hablaba.

Nunca se lo pregunté.

Nunca podré hacerlo.

Pero cuando miro hacia atrás, recuerdo que durante buena parte de mi infancia fueron Magaly y Edith quienes cuidaron de mí.

Las Grietas de la MemoriaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora