Casa Ross, principios del feudalismo.
Dicen en las aldeas, y lo han dicho durante siglos, que un Ross jamás pasa desapercibido. No es una vanidad lo que afirmo, pues la vanidad es un vicio de los vivos efímeros, sino una constatación tan firme como la piedra de nuestra antigua morada. Nacemos con ello, como quien nace con el color de los ojos o la forma de las manos. Lo llaman belleza y encanto extraordinarios, y supongo que, para el mundo vulgar, es una descripción precisa. Pero es un resplandor que viene de dentro, un reflejo del velo tenue que siempre nos envuelve.
Nuestros colores, el azul profundo y el blanco impoluto, no fueron escogidos al azar. El azul es el del firmamento justo antes de que la noche reclame el día, el del último aliento visible antes de que el alma cruce. El blanco es el del hueso limpio, el del lino con el que amortajamos a los nuestros, la promesa de una pureza que se encuentra más allá, pero con la que nosotros debemos lidiar aquí, en el fango de la existencia terrenal. Cuando me engalanaba con esos colores, no era por orgullo de casa, sino por una declaración de principios. Le decía al mundo, y a las sombras que en él habitan: pertenezco a la frontera.
El don, como tú lo llamas, se manifestó en mí antes de que tuviera palabras para describirlo. Siendo apenas una niña que apenas alzaba un palmo del suelo, recuerdo los susurros en los rincones de la cabaña de mis padres. No eran las palabras del viento ni el crujir de la madera vieja. Eran voces, fragmentos de súplicas, jirones de canciones de cuna olvidadas y, a veces, un llanto tan profundo que me helaba la sangre. Mi madre, una mujer simple y aterrorizada de lo que había parido, me encontraba a menudo hablándole a un rincón vacío, siguiendo con la mirada algo que ella no podía ver.
Pronto aprendí que mi don se bifurcaba, como el caudal de un río oscuro. La primera corriente era un torrente de agonía: los mensajes de los vivos en su hora más desesperada. Un hombre apuñalado en una taberna a tres días de camino, su último pensamiento era para su hija; yo lo escuchaba en el crepitar del fuego. Una mujer muriendo en un parto lejano, su "perdóname" silencioso llegaba a mí en el sabor del agua del pozo. Yo era la receptora involuntaria de los telegramas finales de la humanidad, un correo espectral que nunca pidió ese empleo.
La segunda corriente, más densa y peligrosa, era el idioma de los muertos que se negaban a partir. Estos no eran ecos de un instante de dolor, sino presencias completas y persistentes. Almas ancladas al plano terrenal por un amor desmedido, una venganza inconclusa o, simplemente, un terror ciego a la disolución del yo. Al principio, creí que podía ayudarlos a todos. Escuchaba sus historias repetidas hasta la saciedad, sus lamentos monocordes. Pero, Morrigan, diosa de los cuervos, qué ingenua fui. Hay un pacto no escrito en las leyes invisibles: un alma no está hecha para permanecer. Cada día que un espíritu se aferra a este mundo, su luz original se va torciendo. Los recuerdos se vuelven obsesión, el amor se destila en posesión, y la tristeza cristaliza en una furia fría y pegajosa. Se convierten en lo que yo, en mis anotaciones privadas, llamé "almas corruptas". Ya no son quienes fueron. Son una enfermedad, una maldición. Se adhieren a los vivos como sanguijuelas de hielo, alimentándose de su calor vital, susurrándoles desgracias, drenando el color de sus mejillas hasta que la víctima es una cáscara vacía, consumida por una depresión antinatural, una mala fortuna que desafía toda lógica. Los curas de las aldeas, con su agua bendita y sus exorcismos a gritos, solo conseguían enfurecerlas. Eran los Ross, era yo, quien podía hablarles en su propia lengua de ultratumba y convencerlas, u obligarlas, a soltar su presa.
Los llamaban "los seguidores del Nazareno" o, más comúnmente, "los católicos". Ellos llegaron con sus dogmas de piedra y su miedo disfrazado de fe. Para su Dios celoso y único, no había espacio para las realidades intermedias. Negaban el mundo de los espíritus o, peor aún, toda manifestación que no encajara en sus estrechos moldes de milagro o demonio era etiquetada como obra del Diablo. Y nosotros, los Ross, que cruzábamos el umbral con cada aliento, que oíamos las campanas que ellos no podían escuchar, nos convertimos en la herejía con rostro humano.
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Miradas |
Fanfic¿Es acaso conocerte el fin de mi cordura? ¿Es acaso el amarte el fin de mi vida?, porque si amarte es mi tumba con gusto muero en mi ley, porque si amarte es mi ruina... Con gusto caigo en tus pedazos.
