*Nota: Esta historia fue escrita para un concurso escolar con límite de cuartillas, por ende, es comprensible que pueda llegar a sentirse apresurado o cortado.
Eran las tres treinta de la mañana, y estaba en un basurero local, quemando el tercer lienzo desperdiciado en esta comisión. Anaya Gulasar me pidió un retrato para dentro de dos semanas, y sinceramente no pude realizar nada. Supuse que viviría otro mes comiendo arroz batido, y estaría sufriendo de vergüenza eternamente.
Mientras por mi mente pasaban mil y una formas de desaparecer del medio artístico y reaparecer con otro nombre e identidad, el fuego que consumía a mi intento de pintura crecía, volviéndose tan alto como como los montones de basura, y me habló. Si, literalmente me empezó a hablar.
—Saludos, Ulises Almonte. Yo soy la llama de la inspiración, el mentor de los artistas, la luz y el patrón de los creativos; y he venido a ayudarte a cumplir con tu cometido.
—¿Qué está sucediendo? No entiendo nada.
—He sido convocado por una fuerza superior para venir a ayudarte, Ulises. Te daré todo lo que sea necesario para que puedas trabajar en tu obra. Permíteme ayudarte a terminar esta encomienda, estoy a tus órdenes.
El fuego me estaba hablando. Me estaba diciendo que me iba a ayudar a terminar mi pintura. Estaba seguro de que me estaba quedando loco, probablemente el maldito arroz había caducado.
El lienzo estaba siendo carbonizado y no tardaría en ser devorado por completo por las llamas; y, sinceramente, si requiero la ayuda de esa cosa. Me levanté tembloroso y me acerqué lentamente.
—Voy a seguirte el juego. Eres real y me vas a ayudar. ¿Por dónde empezamos?
—Por irnos de este basurero, huele a podrido y a patas.
—¿Y cómo piensas irte? No tienes cuerpo y no hay más madera aquí que la del marco.
—¿Y en tus bolsillos?
Revisé mis bolsillos. En ellos se encontraba uno de mis pinceles. Me costó más de lo que me quedaba ahorrado, y ahora tenía que sacrificarlo.
—Solo tengo un pincel, por favor no lo eches a perder. No tengo dinero para comprar uno nuevo.
—Acércalo, prometo sólo quemar la punta.
Y eso hice. La llama, antes colosal, se redujo hasta medir lo mismo que una semilla de frijol, y subió enérgicamente al pincel. Una vez se mantuvo estable en el mango de mi preciada y cara herramienta, caminé a mi departamento, para mi fortuna solo quedaba a unas cuadras.
Con mucho cuidado, anduve por las aceras y crucé las calles, cubriendo del viento a la flama para evitar que se apague. Una vez en mi casa, traspasé el fuego a una vela aromática que había por ahí. Luego, le hablé.
—Y bueno, tú has de tener un nombre, ¿No? ¿Cómo te llamas?
—Mi nombre no puede ser pronunciado por ustedes, simples mortales. Contiene sonidos que no escuchan y comprenden.
—Bueno, entonces te voy a llamar Óleo, porque estabas en una pintura al óleo.
—Es un nombre horriblemente básico... pero funciona. Te puedes referir a mí como Óleo, y tu casa no es mejor que el basurero. Al menos huele bien.
—Será un hogar decente cuando termine la pintura, pague la renta y mis servicios básicos —Reclamé, preparando un lienzo nuevo. Óleo se sacudió con lo que supongo que fue disgusto.
—Empieza entonces por conocer a tu modelo. Esa es la base para hacer un retrato vivo y lo suficientemente trabajado como para cobrar bien.
—Ella es una celebridad, o sea, es parte del grupo de personas menos accesibles del mundo. Con trabajo tuvo tiempo de verme para encargarme la pintura.
—Estás en la era digital, Ulises, tienes en tus manos el poder de Wikipedia.
Saqué mi celular y busqué el nombre de mi cliente. Luego, abrí el primer enlace que vi, leyendo el artículo en voz alta.
— "Anaya Gulasar es una bailarina, actriz y coreógrafa afromexicana, cofundadora del teatro 'Laureles' y maestra y directora de la academia de danza 'Anaya Gulasar'". Esta información no me ayuda en mucho.
—Entonces debes encontrar la chispa que te haga seguir dibujando a pesar de la duda, el miedo y las adversidades.
—Bueno, ¿por dónde empezamos?
Óleo creció, tornándose de un azul hipnótico, y pequeñas chispas formaron un camino, que me indicó seguir. Lo último que recordaba, después de una larga caminata a pie (con Óleo en mis manos), era sentarme en una butaca, en los primeros asientos de un gran teatro. Alcé mi cabeza, y ahí estaba mi clienta, iniciando la presentación de su academia.
Varios números le siguieron, todos igual de trabajados, que no se opacaban entre sí, si no que se entrelazaban como las hebras que hacen una tela. Tal vez solo necesitaba mantenerme junto a lo que se llamaba a sí mismo "la llama de la inspiración" ampliar mi visión del mundo. Óleo se limitó a menearse con satisfacción.
Al salir del teatro, Anaya me paró un momento, ansiosa de hablar conmigo, y fue directo al grano.
—¿Cómo va la pintura? ¿Requieres más tiempo? Haré hasta lo imposible para que puedas terminarla.
Ver la ilusión en sus ojos encendió una chispa en mí. La misma que sentí al verla bailar.
—No, de hecho, si me lo concede, desearía poder dibujarla en vivo. Y los tres, Óleo, Anaya y yo fuimos a sentarnos a un parque, en donde yo la dibujé rápidamente en una servilleta, y aproveché para tomarle una foto y mantenerla de referencia. Charlamos hasta que el sol inició a ponerse, y con un apretón de manos, ambos nos retiramos de la casa: ella con una sonrisa en su rostro, y yo ansioso de trabajar con el lienzo.
Al llegar a mi casa, tomé el lienzo que había preparado y empecé a bocetar formas vagas que se tornaría en una dama confiada y radiante. Una serie de horas de dolores de cabeza y un largo proceso de deshacer y rehacer todo desde cero se aligeraron con la compañía de Óleo, que hablaba sin parar, como si guardar silencio fuera una tarea que requería un esfuerzo monumental. Las manchas pasaron a ser luces y sombras, y estas a su vez fueron cubiertas por capas traslúcidas de pintura. Pero las velas no son eternas. El sol del día siguiente salió pronto, y Óleo poco a poco se reducía a una pequeña mancha azul que evita moverse para no consumirse a sí misma. En ese momento, me habló.
—Ulises, pronto voy a desaparecer.
Mi vista se mantuvo la pintura mientras el fuego me hablaba.
—Tengo una veladora en mi armario, aguanta un poco más.
Pero el fuego mantuvo su voz firme.
—No. Ya no me necesitas, Ulises. Estás trabajando por ti mismo, has obtenido la inspiración que tanto anhelabas, mi trabajo aquí ha terminado.
Me quedé helado, sin saber qué hacer o qué decir. Mientras, Óleo siguió hablando.
—Demostraste que solo necesitabas un empujón para crear esta obra de arte. Te he devuelto la pasión, ahora tienes el poder de realizar la comisión que cambiará el rumbo de tu vida.
—¡Si, pero no sin ti! Óleo, por favor, no te puedes ir así. Eres lo único que me mantiene capaz de realizar la pintura. ¡Debe de haber otra forma, te mantendré vivo mientras sea necesario!
—Recuerda todo lo que viviste hoy, Ulises: todas las experiencias que pasaste fueron la chispa que necesitabas. No moriré, pero ya no estaré contigo. Hay más artistas perdidos, y no soy algo indispensable en tu vida ahora.
Y con esas palabras, la llama creció, y se devoró a sí misma. La vela ahora estaba apagada. Lo único que me dio motivación se fue, y no volvería a aparecer. Habría quemado mi lienzo, pero el dibujo era tan bello, y el riesgo era tan grande... y mi miedo a arruinar todo de nuevo también era colosal. No pude evitar llorar, así que lloré, grité, maldije y rogué al aire. Parecía un niño pequeño al que le tiraron su helado, y sinceramente, mi estado daba vergüenza.
De repente, una notificación me llegó. Era Anaya, y quería verme al día siguiente. Mis manos temblaban de miedo, no podía decir que no porque la pintura estaba casi terminada, pero sin mi musa, era probable que la dejase a medias. Por instinto, solo contesté que sí, mientras esperaba que la tierra me tragase, y me fui a dormir con esa sensación tan incómodamente familiar para mí: el miedo al fracaso.
No pude descansar bien, y a los pocos minutos de acostarme, desperté. No entendía bien por qué dijo lo que dijo, lo único que me mantenía capaz de realizar la pintura era él. A menos de que no lo fuera. Instantáneamente, me puse a buscar en internet la presentación que vi, tratando de recuperar algo al volver a verla, pero no sabía qué.
Si bien, no era tan emocionante como verla en persona, mi piel se erizó y no podía apartar mi mirada. Y, por si fuera poco, conocer a mi clienta, aunque sea un poco, me permitió realizar un trabajo más vivo. Tal vez Óleo no era lo que me mantenía capaz de realizar la pintura, si no que la cercanía. El simple hecho de ver a la artista presentando su propia obra me hizo sentir cercanía inmediata.
Fue en ese momento en el que decidí tomar mis pinceles, preparar mis medios, y terminar la pintura; sin importar los obstáculos, los problemas o las dudas. Cuando la tarde cayó, fui a casa de Anaya con la pintura coloreada, secada y sellada. Nos recibimos como si fuéramos viejos amigos, y nos dirigimos a una mesa redonda en su patio, en donde nos esperaba un delicioso café. Ahí, le entregué la pintura, y conversamos con una alegría y emoción inmensos. Luego de un rato, decidí elogiarla por la presentación que me inspiró.
—Ayer se presentó en su teatro, y quisiera felicitarle por todos los números, fueron la fuente de inspiración principal de mi trabajo.
—¿En serio? Muchas gracias, de verdad. De hecho, esa es una de las presentaciones que más me costó poner en escena. Tuve varios problemas y un enorme bloqueo creativo. Creía que iba a ser el final de mi carrera, pero me di cuenta de que en realidad todo era un inconveniente menor, solo requería un empujoncito para notarlo. Supongo que gracias a haber llegado a mi punto más bajo pude crecer; no sola, por supuesto, pero logré.
Y luego de hablar un poco más, me fui; y al ver atrás, no pude evitar notar que el borde de la falda que Anaya portaba fue mordisqueado por el fuego.
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Cuentos pendejamente creativos
General FictionEsta es una compilación de cuentos que se va a actualizar cada cierto tanto (no prometo ser constante).
