Alguna vez, había recorrido el campo en búsqueda de su madre.
Atravesó los caminos formados por el paso de las cosechadoras, sintió las espigas de trigo clavándose en la planta de sus pies.
Con los brazos abiertos como alas de pájaro, libres en movimiento y voluntad, Clara surcó las praderas con una sonrisa, sin sospechar nada en absoluto.
—¡Mamá, mamá!
Tomaba aire puro. Tenía todo lo que quería, y no lo sabía.
Siempre con ese jardinero manchado de verde por tanto revolcarse en el césped, con esas dos trencitas pintorescas que le caían sobre los hombros. Todos la reconocían por eso.
—¡Mamá, ya vienen!
Advertía, alzando su mano derecha. Agitándola con ganas.
Su paso era torpe, pero veloz. Nada la detendría. Quería dar la noticia, lo que había visto la asombró de sobremanera. Y, su madre, se había perdido de todo el espectáculo.
—¡Los hombres altos ya vienen, mamá!
Al final del camino, una silueta familiar le devolvió el brillo en los ojos por un breve instante.
El fuego quedó impregnado en su retina. La casa en la que había vivido durante sus seis primeros años de vida, ahora solo hervía en un infierno artificial.
Alto. Muy alto. Con un gorro negro y la cara pálida. Llevaba esa cruz de plata en el pecho, meciéndose al compás de una melodía sorda.
Nunca olvidaría su rostro. Esa criatura le había arrebatado todo en un día.
Lo vio a los ojos. Sintió, en un eco imaginario, perdido en el tiempo, la voz de su madre pidiéndole que se fuera tan lejos como sus pies se lo permitiesen.
—Te encontré, hija de Lambda.
Tres palabras que serían su condena preestablecida.
¿Cómo podría Clara olvidar el rostro de su madre, cuando su cabeza yacía apartada de su cuerpo, sobre el mismo césped en el que antes se habían sentado a disfrutar de un picnic?
Ahora, frente a una vieja cruz ennegrecida por el paso del tiempo, en unas ruinas campestres que ya habían perdido su encanto natural, una hija de Lambda juntaba sus manos en un ruego que parecía no ser del todo escuchado.
—Algún día se hará justicia. Por ti, por mí, por los demás.
Cubierta de negro, con su uniforme de peregrina, Clara calzó el morral en su espalda y caminó lejos de aquella tumba sin nombre.
Olvidada a propósito por los más altos. Segadores sin escrúpulos.
Pasó por el mismo camino, escuchando la hierba mecerse a la par del viento. Pisoteando el pastizal cubierto de Nagireas, flores de pétalos negros en forma de flecha.
Las hebillas le sonaban en cada paso, sus botas pisaban con firmeza, demostrando su cólera creciente.
Antes de llegar al final de su recorrido, Clara se colocó la máscara, blanca y sin boca, sobre el rostro.
—¿Seguimos? —preguntó su compañero, pero ella ni siquiera asintió.
Caminó en su dirección, ignorándolo. Él siguió su paso, arrastrando sus pies.
—Nuestra próxima parada es el reino de Jaysse. Puede que ahí esté la pista que buscamos.
—Cuando este viaje termine...
Sus primeras palabras, tras tanto tiempo juntos.
La miró, con una inocente curiosidad. En el fondo, sospechaba lo que diría, pero prefirió oírlo de sus labios.
—... te mataré con mis propias manos.
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Los peregrinos de Fabrum
Fantasy«Cuando esto termine, te mataré» En un mundo en donde la línea de la coexistencia entre Iotas y humanos es muy delgada y se sostiene por acuerdos hostiles y reglas desalmadas, seguiremos de cerca a dos peregrinos en su larga cacería de una peligrosa...
