THE SANS

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Sans se encontraba compartiendo la mesa con Papyrus, devorando alimentos con la paz de quien no tiene un mañana, cuando de repente —y por razones que desafían cualquier tratado de biología básica— su tejido anatómico colapsó. Específicamente, se le rompió ese músculo denominado científicamente esternocleidomastoideo; un giro argumental que carece de toda lógica, no solo por el reflejo de soberbia de mi parte al pretender poseer un conocimiento de investigación realista, sino porque el mismo personaje principal es un maldito esqueleto y carece por completo de musculatura.

Aun así, la rotura de este músculo inexistente le provocó una amnesia tan selectiva que lo impulsó a convertirse en Vtuber desde el hospital. Las enfermeras se movían en un estado de histeria colectiva; contemplaban aquel ser —a quien la narrativa insiste en describir como un "macho peludo mega supremo", ignorando otra vez su evidente condición de estructura ósea—, convencidas de que el mundo no merecía ver partir a semejante espécimen. Pero el drama médico se solucionó con la sofisticada técnica de comer un pan con pollo, permitiéndole volver a su hogar para transmitir en vivo con un avatar de anime.

Fue en ese punto de la transmisión cuando emergió Tauro Station, un antagonista cuyo resentimiento por la pérdida de audiencia lo llevó a interponer una demanda caprichosa. La cifra exigida ostentaba una cantidad de ceros tan ridícula que ofende a las matemáticas, bajo el argumento de que la creación de contenido virtual es un crimen de estado en el subsuelo. Al encontrarse en la absoluta indigencia, Sans optó por el noble arte del expolio, asaltando un banco para sustraer lingotes de oro y, por supuesto, más panes con pollo, porque aparentemente la economía de este universo se sustenta en los emparedados avícolas.

El clímax de la ineptitud tecnológica llegó cuando Sans intentó saldar la deuda mediante la plataforma Yape. Sin embargo, las ondas electromagnéticas del abismo se negaron a cooperar, impidiendo la descarga de «Papá Cerdito contra el Infante George», una aplicación cuyo vínculo con una transferencia bancaria sigo sin comprender, pero que detuvo la transacción por completo.

Ante la futilidad del sistema, un iracundo Tauro Station descendió al subsuelo y, en otra brillante decisión evolutiva, ingirió un reptil que lo transmutó instantáneamente en un cetáceo místico. El destino, que disfruta de la comedia cruel, dictaminó que la criatura muriera de asfixia por la flagrante ausencia de agua en una cueva subterránea.

Al contemplar la absoluta ironía de una ballena ahogada en el polvo, Sans no pudo contener un espasmo de cinismo. De su cavidad bucal brotó una risa rítmica, un eco ancestral que la cultura popular perpetúa como «Jijiji ja». Fue un júbilo tan denso, tan empalagoso en su propia impotencia y falta de sentido, que el contenedor de sus pensamientos no soportó la presión de tanta estupidez condensada, haciendo que su cabeza explotara en mil pedazos.

Y sinceramente, después de redactar esto, la mía también está a punto de hacerlo.

FIN.

Sans muere pero finoStories to obsess over. Discover now