Metal. Es lo único que distingues. Lo percibes en el sabor espeso de la sangre que se filtra por tus encías. Intentas escupir, pero la saliva se te queda en la garganta. No sabes dónde estás.
El espacio es oscuro, asfixiante, apestas a sudor y a miedo. El aire es espeso, denso, casi inexistente, como si alguien te hubiera enterrado vivo. Estás encogido, retorcido en posición fetal, las piernas te duelen, los músculos te arden. Intentas estirarte, pero aquel espacio confinado te lo impide. No hay salida. Tus muñecas están atadas con un cincho de plástico que se te clava en la piel.
Abres los ojos, pero la oscuridad te los devora. Agudizas el oído, el olfato, el tacto. Nada. Solo el latido de tu corazón, desbocado, como si quisiera reventarte el pecho. Todo te duele: la cabeza, la mandíbula, las costillas. Estás hecho mierda. ¿Qué carajos pasó? ¿Dónde estabas hace horas? ¿Qué te hicieron? Recordar es como tragar vidrio. Comiste algo, algo que te hizo daño. Cerdo. Lo vomitaste antes de verte con aquel tipo. ¿Cómo se llamaba? ¿Caín? Recordar el nombre te quema el cerebro, pero una punzada en el ojo derecho te lo arranca de golpe. El dolor te obliga a callar, a respirar entre dientes, a esperar. ¿A esperar qué? ¿A que te maten?
Escuchas el rugido de un motor. El suelo vibra. Te mueves. Caes en la cuenta: estás en la cajuela de un auto. Te encajuelaron. Caín y su amigo te secuestraron. La adrenalina te explota en las venas, te sacudes como un animal herido, quieres gritar, patear, romperlo todo, pero no puedes. Estás maniatado, inmovilizado, como un paquete de carne.
El pánico te ahoga. ¿Y qué haces? Nada. No puedes hacer nada. Solo esperar. Esperar a... Dios sabe qué piensen hacer contigo. El corazón te va a reventar los tímpanos. Un tope, un golpe seco: tu cabeza choca contra la superficie. Sangre, otra vez. Escuchas voces. Son ellos. No entiendes lo que dicen, pero sabes que hablan de ti.
Estabas en el departamento de Caín. Y ahora estás aquí. ¿Qué quieren de ti? ¿Qué pasó?
Recién te mudaste a la ciudad, habías comenzado a vivir por tu cuenta. Terminaste la carrera en ingeniería en software y corriste con la suerte de que te contrataran casi al concluir tus prácticas. Todo iba bien: el departamento era pequeño pero cómodo, el trabajo te desafiaba sin agobiarte, y poco a poco ibas conociendo los rincones de la ciudad.
Aquella tarde saliste temprano del trabajo y tenías el resto de la tarde libre. Estabas aburrido y algo caliente, como cualquier otro chico de tu edad, así que te descargaste Grindr con la esperanza de armar algo. Pero, como siempre, solo aparecían los mismos perfiles: cuentas vacías, sin foto ni descripción, hombres que no eran tu tipo, nada relevante. Lo dejaste pasar, cerraste la app y te tiraste en el sillón, preguntándote si la vida en la ciudad podría llegar a volverse monótona.
Pasadas unas horas, mientras revisabas el teléfono por enésima vez, te llegó la notificación de Caín. Un hombre de 36 años, según su perfil: apuesto, con barba cuidada, musculoso, el tipo de hombre que llamaba la atención en cualquier lado. Hablaron un poco, intercambiaron fotos, luego WhatsApp. No te pareció fake; su voz era grave, segura, y te hizo sentir esa mezcla de nervios y curiosidad que solo aparece cuando algo podría salir bien. Quedaron de verse en unas horas, él tenía lugar.
Estabas terminando de bañarte, casi a punto de salir cuando te volvió a escribir: estaba con un amigo, querían armar un trío. "Nos gustaría estar con alguien más chico", te dijo. Tú apenas tenías 22. No dijiste que no de inmediato, pero te detuviste frente al espejo del baño, mirando tu reflejo. La idea sonaba tentadora: dos hombres mayores haciéndote su puta. -A ver, foto de tu amigo -escribiste y te la mandó al instante. Lucía más delgado, moreno, nada que lo hiciera resaltar. Te compartió foto de su verga, se veía enorme, unos 23 cm, según él. Terminaste por aceptar y saliste sin avisar a donde ibas, primer error.
Apenas cruzaste la puerta del lobby, sentiste una arcada en el estómago, acidez, ganas de vomitar. Regresaste y devolviste la comida, era cerdo de la comida china que está cruzando la calle, quizá eso junto con la emoción de aquel encuentro te había hecho daño. Te lavaste los dientes, tomaste agua y tardaste algunos minutos en recuperarte, tal vez era mejor desistir, pensaste; pero la calentura pudo más. Pensabas con el pene, segundo error.
¿A dónde iban? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que arrancaron? No lo notaste. A decir verdad no distinguías nada. Salvo el ruido del motor que se apagó de un instante a otro. El silencio es abrumador. Sientes cómo el auto se balancea levemente al abrirse las puertas. Las voces de esos imbéciles ahora son claras, cercanas, pero el miedo te nubla la capacidad de entenderlas. Solo captas ecos ahogados, incomprensibles, un comentario sobre un río y el sonido de pasos acercándose a la cajuela.
¡Clack!
No hay luz y aún así sientes que la penumbra te ciega. Parpadeas, los ojos llorosos, lagañosos, apenas si puedes entreabrirlos. Distingues dos siluetas recortadas contra el resplandor del cielo y de la escaza luz de luna. Una de ellas se inclina hacia ti. Es Caín, pero no es el mismo hombre de las fotos. Su sonrisa es distinta: torcida, casi burlona. El otro, el amigo, tiene los ojos inyectados en sangre, como si llevara días sin dormir. Huelen a cerveza rancia y a algo más, algo químico. El mismo olor a plástico quemado que percibiste al llegar a su departamento.
-Llegaste rápido -dijo cuando salió a recibirte.
-Sí, no vivo tan lejos de aquí -contestaste.
El loft no era lujoso, pero tampoco pequeño, apenas un par de cuartos y la sala. Viste al otro hombre sentado en el sillón. Olía a marihuana, te saludó con un gesto y te pasó el porro. Dijiste que no, que no fumabas. El olor y el ambiente te dieron mala espina ¿Por qué no saliste de ahí si tu intuición decía que algo iba mal? Tercer error.
Te ofrecieron algo de beber y también te negaste. Sólo querías coger ¿Por qué tanto rollo?
-Pásate -Caín te llevó al cuarto, parecía más una habitación de hotel. Se quitó la ropa, lo pudiste ver bien mientras hacías lo mismo con torpeza. Al menos lucía como en las fotos: musculoso, alto, con algo de vello; se te puso tieza. Cuando te quedaste sin nada se acercó y te la chupó. Se sentía bien. El otro tipo se acercó, los observó por un instante y eso de hizo sentir incómodo. No tardó en desnudarse y se les unió. Te llegó por la espalda, tocó tus nalgas con ansia y entre los dos empezaron a devorarte. La incomodidad se diluyó y todo empezó a fluir con gusto.
Se recortaron sobre la cama, Caín quería penetrate mientras se la chupabas al otro. Le pediste que se pusiera condón y accedió. No fue tan doloroso como pensabas, sabía cómo hacerlo y los tres estaban demasiado excitados.
No supiste en qué momento pasó. Seguían penetrándote, uno después de otro, el placer era efímero, pero real. Comenzaste a sentirte extraño, mareado ¿Pero cómo? Si no les aceptaste nada de drogas, ni de tomar.
Lo último que llegaste a sentir fue su verga saliendo de tu cuerpo, tu visión nublada, la pesadez... Y entonces despertaste en la cajuela.
La noche era oscura y no podías ver nada. Tampoco moverte o hablar siquiera, te arrastraron por todo un camino de tierra y lodo, algunas piedras y astillas se clavaron en tu piel; el dolor ya no era insoportable, sino al contrario, pasajero, familiar ¿Qué más podías esperar?
Uno de ellos te tomó de los pies y el otro de las manos, ya ni siquiera lograbas distinguirlos. Tu cuerpo rodó por un barranco. Una roca se estrelló contra tu cráneo, o viceversa. No perdiste la conciencia durante un buen rato ¿Cuánto tiempo fue? Nuevamente fuiste incapaz de notar cómo perdiste la consciencia
Te encontraron hasta el doceavo día.
La autopsia reveló que habías consumido drogas.
La noticia duró un par de semanas más, el móvil no estuvo claro del todo. Todo apuntaba a que fue una sesión de chemsex que salió mal y que por miedo fueron a deshacerse de tu cuerpo.
"Eso le pasa por puto", "para qué hacen eso si no se saben controlar", "como te vas a coger con alguien que ni conoces", "él se lo buscó"
Al final todo se olvidó.
