Teressa Hall decía que en un atelier el tiempo se detiene, que el olor a pintura seca es capaz ' de anestesiar los miedos más salvajes. Yo no creía en el vértigo que ocasiona ser un lienzo, hasta que crucé el jardín de la vecina y me convertí en su color favorito.
Hay secretos bien guardado que nunca terminan por cavar su propia tumba en la conciencia, y de la nada se convierten en una montaña de vigor que te aplasta justo cuando crees que has aprendido a respirar. Para mí, ese secreto tiene olor a trementina y la paleta de colores de un atardecer que nunca terminó de secarse.
Hace tres meses que el lado derecho de mi jardín guarda silencio. Tres largos meses desde que la mujer de las centellas perfectas decidió que su cuadro en mi vida estaba terminado, dejándome a mí con los pinceles sucios y una libertad que todavía me queda grande.
De pie en el centro del Atelier. El polvo baila en los rayos de luz que entran por el ventanal de cristal, ajeno a que aquí se libró una guerra de besos y pigmentos.
Me acerco, sintiéndome otra vez como esa intrusa que temía romper el aura y la zona de confort de la gran Tessa. Mis dedos rozan la tela. Recuerdo su voz.
Al tirar de la sábana, no veo un retrato. Sino mi propia ansiedad domada, capturada en pinceladas de un verde que solo ella sabía mezclar. No me pintó como yo era; me pintó como ella me hizo sentir.
Esta es la historia de cómo una pintora de treinta y ocho años me enseñó que mi mente no era una tumba, sino un lienzo en blanco. Y de cómo, a veces, el amor más profundo es aquel que tiene la madurez suficiente para soltar el pincel y marcharse antes de que la obra se arruine.
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Atelier
PoetryPara June Parker, el mundo real es un lugar demasiado ruidoso y lleno de la ansiedad que le dejó su estancia en el hospital. Su único refugio es el silencio de la escuela de artes y el barro que moldea entre sus dedos. Pero todo cambia la tarde en q...
