Viena, Austria.
El pincel se movía solo. O eso sentía ____________, sentada en el suelo de su cuarto con las piernas cruzadas, la lengua entre los dientes y el ceño fruncido, concentrada como si el mundo se fuera a acabar si no lograba ese azul exacto.
Las cinco de la tarde en Viena tenían un color que nadie le había enseñado a nombrar y que descubrió en una tarde, mirando por la ventana mientras Traudl insistía, por tercera vez, en que terminara su sopa.
—____________, vas a manchar la alfombra otra vez.
—Ya casi termino, Traudl.
No estaba ni cerca de terminar, y las dos lo sabian. Pero a los ocho años, "ya casi" significaba cualquier cosa que la dejara seguir pintando cinco minutos más.
Fue su madre quien la encontró ahí, horas después, con pequeñas manchas azules de las manos hasta los codos y una más en la mejilla que parecía un moretón pequeño y feliz. Katherine Fairfax —su madre, aunque para ella esa palabra nunca necesitó apellido— se arrodilló junto a ella, observando el papel con esa atención que solo dedicaba a las cosas que le importaban.
—Mírate -dijo, pero no había enojo en su voz —. ¿Quién te enseñó a mezclar así el color?
—Nadie.
Katherine no dijo nada más. Solo sonrió, de esa forma callada que ____________ aprendería, años después, a identificar como orgullo.
Desde el pasillo llegó el ruido de pasos apresurados y una risa que no era risa, sino la versión que Alexander usaba cuando fingía no estar haciendo travesuras. Theresia venía detrás, persiguiéndolo con algo —¿un zapato?— en la mano, gritándole en ese alemán infantil lleno de erres mal pronunciadas.
—¡Devuélvemelo, Alexander!
—¡Atrápame primero!
Katherine ni se inmutó. En esa casa, el caos de los tres hermanos era simplemente el ruido de fondo con el que vivia feliz.
Aun que eso fue antes.
Antes de que la palabra "guerra" empezara a aparecer en las conversaciones de los adultos como una sombra que se negaba a irse. Antes de que hicieran las maletas y
Antes de ese 4 de junio de 1948.
El día que se fueron, Viena estaba gris. No el gris bonito de algunos atardeceres, sino un gris plano, sin ganas, como si la ciudad misma supiera que algo se estaba rompiendo y no tuviera energía ya para protestar.
____________ tenía un abrigo que le quedaba grande a propósito, porque su madre decía que "iba a crecer en él" aun que hubiera preferido crecer sin tener que marcharse. Para ese entonces ya habían pasado varios años desde la tarde del azul que se le hacía imposible de replicar, suficientes años como para que sus manos ya no fueran las manos torpes de una niña de ocho años, sino las de alguien que empezaba, sin saberlo aún, a convertirse en otra cosa.
—¿Falta mucho? —preguntó Theresia, apretando la mano de ____________ con esa fuerza desesperada de los niños que no entienden del todo pero sienten todo.
—No sé —contestó __________, porque era verdad. Nadie le había explicado cuánto duraría aquello. Nadie realmente sabía cuánto duraría.
Alexander, el mayor de los tres, se mantenía erguido junto al equipaje, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en algún punto detrás de sus padres, como si mirarlos directamente fuera a romperlo. Era el que más se parecía a su padre no solo en el gesto, sino en esa costumbre de tragarse las cosas antes de que se le notaran en la cara.
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Forbidden Hues || Fatima Bosch
FanfictionForbidden Hues es una historia sobre dos mujeres que se amaron en el momento más imposible y en el país más inesperado.
