prologo: Recuerdo

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Recuerdo estar sentada en el piso, jugando con un niño que apenas tendría dos años. Recuerdo también al hombre que estaba sentado en un sillón, con un folio lleno de papeles entre sus manos. Me estaba hablando, pero sus palabras se perdían en un murmullo que no lograba comprender.

De pronto, un estruendo sacudió la entrada de la casa. Recuerdo que dos hombres armados interrumpieron violentamente. Nos apuntaban, nos amenazaban, aunque no logro recordar lo que me decían es como si sus voces hubieran desaparecido. El niño que estaba en esa sala había empezado a llorar desesperado, aferrándose a mí como si yo fuera su único refugio.

Recuerdo cómo uno de ellos me arrancó al niño de los brazos. El miedo me consumió en ese instante y me lancé sobre él para impedirlo. 

Sentí entonces un golpe seco en la cabeza. La sangre tibia comenzó a correr por mi nuca, haciéndome perder el equilibrio. El dolor era tan fuerte que me provocó un mareo inmediato, y la fuerza del impacto me derrumbó sin poder resistirlo, dejándome tendida en el suelo.

Recuerdo que de reojo vi al hombre que estaba en el sillón, ahora tendido en el suelo en un charco de sangre. Un disparo había apagado su vida.

Recuerdo que los agresores discutían mientras uno sostenía todavía al niño. Mi corazón se desgarraba al ver esa escena. Lloré, supliqué que lo dejaran en paz, que me llevaran a mí en su lugar. 

Uno de ellos me miró con una sonrisa cruel. Soltó al niño... y cuando el pequeño intentó correr hacia mis brazos, le disparó sin dudarlo. 

El disparo resonó como un trueno en la habitación: había acabado de asesinar a sangre fría a una criatura de apenas de dos años.

 Recuerdo que en ese instante mi mundo se quebró,  El pequeño cuerpo sin vida en mis brazos, la sangre tiñendo mi ropa, mis lágrimas pidiendo perdón inútilmente como si me pudiera escuchar...

Me levantaron a la fuerza del piso, arrancándome al niño de los brazos y dejándolo tirado en el suelo. Mientras me arrastraban hacia la salida, alcancé a ver cómo uno de los agresores rociaba un líquido por toda la casa.

Recuerdo que me habían arrojaron dentro de una camioneta. La cabeza me palpitaba, la vista se me nublaba, y la conciencia se apagaba.

Por un instante sentí el motor arrancar.

Intenté incorporarme en el asiento para mirar por la ventana. Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver la casa arder en llamas. No podía emitir ningún sonido; mi voz se había apagado por completo. Retomé la mirada hacia lo que alguna vez fue un hogar: ahora reducido a un fuego vivo que consumía cada recuerdo, quemando todo rastro de lo que existió.

Donde antes reinaba el amor, ahora solo quedaban muerte y cenizas. Vi cómo la casa se alejaba cada vez más, mientras los recuerdos me golpeaban la cabeza con fuerza: la primera vez que, junto a mi marido, compramos aquella casa soñada para criar al bebé que venía en camino; la imagen de mi hijo dando sus primeros pasos hacia su padre... Todo eso se había acabado. Ya no estaban conmigo en este mundo, y todo por una decisión que nos condenó la vida...

Los dos agresores, sentados en la parte delantera del auto, discutían acaloradamente sobre qué hacer conmigo, la mujer que lloraba en el asiento trasero. Todo se les había escapado de las manos. Lo que había ocurrido en esa casa no estaba en sus planes: solo iban a buscar unos papeles para un cliente y marcharse como si nada. Pero la presencia de aquel hombre lo complicó todo, y más aún el arma que llevaba consigo.

En medio de la discusión, los agresores no se dieron cuenta lo que se avecinaba. La carretera estaba oscura y el aire cargado de tensión, pero ellos seguían gritando, sin mirar al frente. De pronto, las luces cegadoras de un camión aparecieron de golpe en el mismo carril, avanzando a toda velocidad.

El choque fue inevitable. El estruendo metálico sacudió el vehículo como si el mundo se partiera en dos. El impacto fue tan brutal que el auto se desvió violentamente, perdió el control y terminó cayéndose hacia un barranco. Todo ocurrió en segundos: el crujir del metal, los vidrios estallando, los cuerpos golpeando contra los asientos.

El silencio posterior fue aún más aterrador. El auto quedó destrozado, y dentro de él, todos los ocupantes permanecían inconscientes.          

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