Siempre lo había amado. Era un sentimiento arraigado en mi pecho, una constante silenciosa que existía mucho antes de que él decidiera vestir el uniforme y perderse en el rigor de la vida militar.
Para Simon, sin embargo, yo solo era un rostro difuminado en la multitud; una conocida lejana, casi un fantasma. Siempre fue un hombre de pocas palabras, alguien que resguardaba su mundo con un celo absoluto, rodeado apenas por un puñado de amigos leales. A mí solo me quedaba el consuelo de observar su vida desde la periferia, conformándome con las migajas de su presencia.
Nuestra historia -o más bien, mi silenciosa devoción- comenzó en los pasillos de la secundaria. Simon no era el chico que buscaba ser el centro de atención, pero poseía una gravedad natural, una reputación impecable que infundía respeto entre sus pares. Había algo en su forma de caminar, en la seriedad de su mirada, que me atrapaba de una manera que nunca logré descifrar del todo.
Cuando la preparatoria llamó a la puerta, no le dejé nada al destino. No fue el azar el que nos colocó bajo el mismo techo y en la misma aula; fue mi propia determinación, alimentada por las conversaciones que le interceptaba a sus amigos en los pasillos. En cuanto escuché el nombre de la institución a la que él planeaba ingresar, supe cuál sería mi siguiente paso. Me convencí de que el destino me estaba dando una tregua, una oportunidad dorada para acortar la distancia entre los dos.
Pero las ilusiones de la adolescencia suelen ser frágiles. Aunque estaba segura de que me conocía de vista, el primer día de clases actuó como si yo fuera una completa extraña. En ese entonces, mi reflejo en el espejo me devolvía una silueta con sobrepeso y una sonrisa atrapada en el metal de los brackets. La duda me carcomió durante meses: ¿realmente no sabía quién era, o simplemente prefería no mirarme?
Simon poseía un atractivo imponente, uno que no necesitaba de la simetría perfecta para destacar, y ante su presencia, mi valor siempre terminaba por desmoronarse. Nunca me atreví a dar el paso.
Luego, a los dieciocho años, el mapa de nuestras vidas se rompió. Simon desapareció de la noche a la mañana, dejando un vacío repentino en mi rutina.
Fueron los murmullos de sus amigos los que trajeron la respuesta: se había enlistado en el ejército. El amor que le profesaba era inmenso, un fuego que quemaba por dentro, pero no lo suficiente como para arrastrarme tras él hacia la disciplina de la milicia.
Y así, el tiempo cerró esa puerta. Pasaron diez años.
Hoy, la chica insegura del salón de clases pertenece a otra vida. Me convertí en una abogada respetada, con una carrera sólida que construí a base de noches en vela y una reputación que habla por sí sola. Mi realidad financiera finalmente goza de la estabilidad que tanto busqué, y mi cuerpo... mi cuerpo también cambió. Dejé atrás el sobrepeso, cuidando de mí con el esmero que antes me negaba, esculpiendo la versión de la mujer que siempre quise ser.
Sin embargo, el éxito profesional es un refugio tibio cuando el corazón guarda un fantasma. Durante una década entera, el nombre de Simon no fue más que un eco. No hubo rastros, no hubo noticias, no hubo señales de vida. Obligada por el silencio de los años, no tuve más remedio que aprender a caminar hacia adelante.
Pero en el fondo, muy en el fondo de mi memoria, la terca esperanza de volver a encontrarlo seguía latiendo, esperando el momento de despertar.
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SE MIO
Fanfiction¿Qué harías si, después de años de amar en silencio a la persona que siempre ocupó tu corazón, el destino por fin te diera una oportunidad? Ella ha esperado ese momento durante demasiado tiempo. Cuando la vida le abre una pequeña puerta para estar c...
