En un callejón tranquilo de New Eridu había una pequeña tienda de té llamada Teawicks.
No era famosa por sus postres ni por su decoración. Lo que hacía especial al lugar era su dueña.
Ciria Teawicks recibía a cada cliente con una sonrisa tímida y una leve inclinación de cabeza.
—Bienvenido... espero que encuentre un momento de tranquilidad aquí.
Aquella tarde la campanilla de la puerta volvió a sonar.
Entró Qingyi.
La oficial observó el local durante unos segundos antes de hablar.
—Curioso... Ningún Hollow cerca, ninguna discusión y el nivel de ruido ambiental es sorprendentemente bajo.
Ciria sonrió con cierta vergüenza.
—L-lo intento...
Qingyi tomó asiento.
—Entonces sorprenderme será tu misión de hoy.
Ciria preparó el té con movimientos delicados. Calentó la tetera, dejó reposar las hojas exactamente el tiempo necesario y sirvió la bebida con cuidado para no derramar una sola gota.
Cuando dejó la taza frente a Qingyi, esperó nerviosa.
La oficial dio un pequeño sorbo.
Permaneció completamente en silencio.
Cinco segundos.
Diez segundos.
Quince.
Ciria empezó a ponerse pálida.
—¿Está... muy malo?
Qingyi dejó lentamente la taza sobre el plato.
—No.
Otra pausa.
—Eso sería un problema sencillo de resolver.
Ciria tragó saliva.
—¿Entonces...?
Qingyi levantó la mirada.
—Está demasiado bien.
La joven parpadeó.
—¿Eh?
—Si continúo viniendo aquí, terminaré convirtiendo este local en parte de mi patrulla diaria.
Ciria soltó una pequeña risa.
Era la primera vez que alguien elogiaba su té de una forma tan... Qingyi.
La oficial observó la expresión relajada de la muchacha.
—Ahora sonríes un siete por ciento más que cuando entré.
—¿L-lo notó?
—Lo registré.
Ciria rió de nuevo.
Durante la siguiente hora hablaron de cosas sencillas: mezclas de hojas, Bangboo que robaban galletas, clientes distraídos y el clima de New Eridu.
Cuando Qingyi se levantó para marcharse, dejó unas monedas sobre la mesa.
Ciria intentó devolverle el cambio.
—¡Sobró dinero!
Qingyi negó con la cabeza.
—Considéralo una inversión.
—¿En qué?
La oficial miró la taza vacía.
—En asegurar que este lugar siga existiendo.
Se dirigió hacia la puerta y, antes de salir, añadió sin darse la vuelta:
—Nos vemos mañana.
Ciria permaneció inmóvil unos segundos.
Luego sonrió con una alegría tranquila mientras acomodaba cuidadosamente la taza que Qingyi había usado.
Por primera vez en mucho tiempo, la pequeña tienda de té le pareció un poco más cálida.
Y, sin decirlo en voz alta, comenzó a esperar con ilusión la llegada de la siguiente tarde.
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