Una Sola Palabra

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La lluvia golpeaba los ventanales del despacho con un repique constante, incapaz de acallar el crepitar de la chimenea. Élise permanecía frente al escritorio, pasando hojas que no leía. La puerta se abrió con un quejido. No necesitó levantar la vista para saber quién había entrado; la sola forma en que la presencia de aquel hombre llenó la estancia le bastó.
-¿Qué quieres? -preguntó ella, clavando las uñas en el borde de madera, con los nudillos blancos por la tensión.
-Hablar.
-No estoy de humor.
-Precisamente por eso. El mal humor debilita las defensas. Es cuando uno deja de esconderse tras sus propias mentiras.
Élise dejó los papeles sobre la mesa y soltó un suspiro, cerrando los ojos un instante antes de encararlo.
-Habla. Termina cuanto antes.
Él avanzó hasta el límite donde la luz del fuego se perdía en la penumbra. Cuando al fin lo miró, ella sintió una punzada antigua, una incomodidad que creía haber enterrado bajo capas de deber y venganza.
-¿Amas a Arno?
Élise frunció el ceño y apartó la mirada apenas un instante.
-¿Qué clase de pregunta es esa?
-Una sencilla. Solo requiere una palabra.
La quietud se instaló, densa. Ella desvió la vista hacia el crepitar de la chimenea.
-Sí.
-¿Sin dudas?
-Sin dudas.
-Si el sentimiento era tan puro... ¿por qué siempre fue él quien terminó pagando el precio?
Ella sostuvo su mirada, obligándose a mantener la voz firme, aunque sus manos, ocultas bajo la mesa, temblaban ligeramente.
-Porque él eligió hacerlo. Arno tiene principios, no es un títere.
-Nadie lo es, Élise. Pero en tu versión de la historia, las consecuencias siempre le pertenecen a él y las intenciones a ti. Pareciera que tú eres la única que nunca comete un error.
-Estás confundiendo consecuencias con errores -replicó ella, endureciendo la mandíbula-. El destino de Arno no es mi culpa.
El hombre comenzó a pasear por la habitación, observando los cuadros con desgana.
-Arno pierde su posición en la Hermandad. Desobedece órdenes. Arriesga su vida una y otra vez por protegerte. ¿Y todavía te atreves a decirme que tu existencia no moldeó cada una de esas decisiones?
-Jamás puse una espada en su cuello para obligarlo.
Él se detuvo. Una pausa larga se hizo dueña de la habitación. Élise lo miró, sintiendo el peso de todo lo que él sabía.
-Tienes razón -dijo él, bajando el tono, con una franqueza que la tomó desprevenida-. No hacía falta. Él ya había decidido estar allí mucho antes de que tú necesitases pedírselo.
-Hablas como si no tuviera voluntad propia -siseó ella, levantándose de la silla. Sus movimientos eran rápidos, nerviosos-. Arno siempre eligió seguirme. Él no era mi marioneta; era mi aliado. ¿Acaso no es eso lo que se espera de un compañero? ¿Que camine a tu lado aunque el fuego lo alcance?
El hombre guardó silencio, mirando el fuego. Pareció sopesar la respuesta, reconociendo el peso de la palabra "aliado" antes de responder.
-Un aliado. Es una forma de verlo. Pero la lealtad... -hizo una pausa, buscando las palabras, hablando con la parsimonia de quien también ha cargado con esa losa-, la lealtad puede volverse invisible para quien la recibe. Uno termina por creer que siempre estará ahí, que es un derecho. Y olvida que, en realidad, es un regalo. No discuto que él eligiera seguirte. Discuto que tú lo dieras por sentado. Sabías que, si dabas un paso, él daría otro detrás de ti. Siempre.
-¿Y tú qué sabes de lealtad? -replicó ella, dando un paso al frente, con la voz quebrada por la frustración-. Hablas desde la seguridad de la penumbra, diseccionando cicatrices ajenas sin mostrar las tuyas. ¿Qué clase de lealtad es la tuya, que solo aparece para señalar mis errores?
El hombre guardó silencio. Durante un segundo, pareció recordar algo que prefería dejar en la penumbra. Su mirada vaciló antes de volver a encontrarse con la de ella. Cuando habló, su voz sonaba más baja, despojada de cualquier intención de atacar.
-No te estoy juzgando, Élise. Solo coloco frente a ti lo que te niegas a mirar. Si te suena a crítica, es porque tu conciencia ya te lo estaba diciendo.
Él se tomó un segundo extra, observando el efecto de sus palabras, antes de añadir con suavidad:
-Interesante elección de palabras, por cierto. Hace apenas unos minutos me asegurabas que no habías cometido ninguno. Que todo eran solo "consecuencias". Sin embargo, ahora hablas de "errores".
Un espasmo recorrió la mandíbula de Élise. Dio un paso atrás, como si hubiera pisado un cristal roto. El hilo de su propia defensa acababa de romperse.
-Pero acepto la pregunta -dijo él-. No vengo a hablar de mí. La lealtad que está en juego es la tuya.
Ella se tensó, sintiendo que el terreno volvía a desplazarse bajo sus pies.
-¿Cuánto tiempo estuvo Arno bajo aquellas piedras?
-No lo sé.
-¿Cinco segundos? ¿Diez? ¿Treinta?
-¡No lo recuerdo! -dijo ella, dándole la espalda. Sus hombros subían y bajaban con una respiración errática-. Había polvo, gritos... el mundo se venía abajo.
-No recuerdas cuánto tiempo estuvo atrapado. Pero sí recuerdas cuánto tiempo podía tardar Germain en escapar.
El crujido de la chimenea fue lo único que sonó en la sala.
-En el templo -continuó él-. Cuando Arno quedó atrapado bajo los bloques... ¿Cuánto tiempo tuviste para decidir?
-Segundos. No lo sé.
-En esos segundos, Élise, ¿hacia dónde fueron tus ojos primero? ¿Hacia la piedra que lo aplastaba, o hacia la salida que tomaba Germain?
La pregunta quedó flotando, ineludible.
-...No podía dejarlo escapar -susurró ella-. Todo habría sido en vano.
El hombre esperó, dejando que la justificación se desvaneciera en el aire frío.
-Si volvieras a ese instante... ¿volverías a correr tras Germain?
Élise abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Él seguía mirándola, sin reproche, en una espera silenciosa.
-No lo sé -susurró ella.
El hombre no respondió. Ni siquiera intentó contradecirla. Se volvió y caminó hacia la puerta con la misma parsimonia con la que había llegado.
Élise bajó la vista hacia sus manos. Permanecieron inmóviles sobre la madera del escritorio, como si no le pertenecieran. No volvió a levantar la mirada. El fuego seguía crepitando, lanzando sombras largas sobre las paredes. La habitación, de pronto, se sintió inmensa, vacía y terriblemente fría.

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