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Capitulo I- El Príncipe Perfecto

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Desde las montañas del norte hasta los puertos del sur, no existía habitante del reino que no conociera el nombre del príncipe Miles Prower, los comerciantes lo admiraban por su inteligencia.

Los nobles por su educación.
Los generales por su disciplina.
Los académicos por su brillantez y el pueblo por su aparente bondad.

A los ojos de todos, era exactamente lo que un príncipe debía ser, cada mañana se levantaba antes del amanecer, revisaba documentos, atendía audiencias, estudiaba informes, participaba en reuniones, supervisaba proyectos y cumplía cada una de sus obligaciones sin una sola queja.

Nunca llegaba tarde.

Nunca olvidaba un compromiso.

Nunca levantaba la voz.

Nunca protagonizaba escándalos.

Era tan perfecto que incluso sus detractores tenían dificultades para criticarlo, sin embargo, aquella perfección tenía algo inquietante, algo que nadie conseguía explicar, Miles jamás parecía feliz, ni triste o enojado, simplemente parecía carecer de emociones, no importaba si una cosecha había sido extraordinaria, no importaba si una negociación terminaba en éxito, no importaba si el reino celebraba una victoria.

El príncipe asentía cuando era apropiado, pronunciaba las palabras correctas, pero sus ojos permanecían iguales, vacíos, lejanos, como si observaran algo que nadie más podía ver, unos ojos tan azules y profundos como el mismo abismo de los mares, sin emociones o como si no estuvieran observando nada en absoluto.

Aquella mañana no era diferente.

Sentado frente a una larga mesa cubierta de documentos, Miles firmaba decretos con precisión mecánica, un consejero terminó de explicar un informe comercial.

-Eso sería todo, alteza, si puede analizar todo con detenimiento puede ver qué es un documento que roza la perfección.

-Entendido-respondió Miles.

Tomó la pluma, firmó, selló y entregó el documento.

-Procedan-levanto una mano en señal de que se terminó la reunión

-Sí, alteza.

El hombre hizo una reverencia antes de retirarse, cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a llenar la habitación, Miles observó los papeles que aún quedaban sobre la mesa.

Una montaña interminable de responsabilidades, no sintió orgullo, no sintió cansancio, no sintió satisfacción, simplemente continuó trabajando, como siempre.

Como todos los días.

Como llevaba haciendo años.

Aquella misma tarde se celebró un pequeño banquete privado, mo era una ocasión especial, simplemente una de las innumerables reuniones sociales que la familia real organizaba durante el año.

Los nobles conversaban, las copas chocaban, la música sonaba suavemente en el fondo y en el centro de todo estaba el príncipe perfecto.

Elegante.

Impecable.

Intocable.

Sentada a su lado se encontraba su esposa, una joven conejita, de sangre noble con la que había contraído matrimonio varios años atrás, el enlace había sido considerado un éxito político, las familias adecuadas, las alianzas adecuadas, las ventajas adecuadas, todo era adecuado, todo excepto las personas involucradas, Miles jamás había elegido aquella unión.

Ella tampoco y ambos lo sabían, no existía odio entre ello, ni siquiera resentimiento, con el paso de los años habían desarrollado algo parecido a una amistad educada, compartían conversaciones, compartían responsabilidades, compartían un apellido.

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