Estaba sentada una mujer cerca de la puerta de su propia casa. Llevaba puesto un vestido negro, tan oscuro como aquella noche, y estaba casi dormida, esperando a algo... o a alguien. Sus pensamientos eran pocos; comenzaba a creer que las personas a las que esperaba nunca llegarían.
Ya eran las once de la noche cuando dos mujeres ancianas se acercaron a la joven.
—Buenas noches, señorita Tabitha —dijo una de las ancianas mientras levantaba ligeramente la mano para saludarla.
Las dos señoras vestían ropas muy similares a las de Tabitha. Una tenía el cabello completamente alborotado, mientras que la otra conservaba unos rizos perfectamente formados, completamente blancos por los años, como si el tiempo nunca hubiera logrado desordenarlos.
Las tres comenzaron a caminar por una calle cubierta de basura y restos de animales. La noche era tan oscura como la inmensidad del espacio exterior... o quizá incluso más negra que eso.
Después de varios minutos llegaron frente a una casa muy antigua. El techo era de lámina oxidada y las paredes de madera estaban tan deterioradas que el costado izquierdo parecía a punto de desprenderse por completo.
Entraron en silencio.
Otra anciana las recibió apenas cruzaron la puerta.
—Gracias por venir... de verdad, muchas gracias.
Su rostro reflejaba una mezcla de preocupación y alivio.
—Ya vinimos. Es hora de ver a la mujer —respondió la señora del cabello alborotado.
Al avanzar por el interior de la casa encontraron cuadros cubiertos de telarañas y retratos tan antiguos que parecía que las personas pintadas seguían observándolas desde otro tiempo.
En un rincón descansaba una cama donde yacía una mujer mucho más anciana que todas las presentes. Permanecía inmóvil, con la piel pálida y el cuerpo rígido, semejante al cadáver de alguien que espera el inicio de una autopsia.
La razón por la que Tabitha estaba allí era sencilla: debía acompañarla durante sus últimos momentos de vida.
La mujer era extremadamente obesa; su cuerpo ocupaba casi toda la cama. Sus pies parecían pequeños en comparación con el resto de su enorme figura, aunque eran gruesos y deformes. Apenas conservaba algunos mechones de cabello, pues estaba casi completamente calva.
Durante varios minutos las mujeres hablaron de recuerdos del pasado. Tabitha escuchaba sin comprender muchas de aquellas historias, ya que era muchísimo más joven que las demás.
Entonces ocurrió.
Fue esa clase de momento que llega sin aviso, como cuando sientes que una mala noticia está a punto de alcanzarte.
La anciana levantó lentamente la cabeza.
Algo en ella ya no era normal.
Su expresión había cambiado por completo.
De repente comenzó a mover los brazos de una manera imposible para una mujer de su tamaño. Su cuerpo se agitaba con violencia, como si algo invisible luchara por salir desde su interior o como si una fuerza desconocida hubiera tomado el control de su carne.
—¿Qué está pasando? —gritó Tabitha, incapaz de ocultar el miedo.
Las demás mujeres corrieron de un lado a otro dentro de la pequeña casa buscando qué hacer.
—Su muerte está cerca... —susurró la anciana de los rizos blancos.
La mujer seguía sacudiéndose sobre la cama mientras emitía sonidos extraños, parecidos a los jadeos desesperados de alguien que ya no puede respirar.
Entonces comenzó a hablar.
No era ningún idioma conocido.
Las palabras salían de su garganta como un murmullo antinatural, una lengua que ninguna persona normal habría podido comprender. Ni siquiera Tabitha fue capaz de reconocer una sola sílaba.
Las mujeres rodearon rápidamente la cama intentando sujetarla. Tabitha también se acercó para ayudar.
Fue entonces cuando todo se volvió aún más extraño.
La anciana dejó de hablar.
El silencio cayó sobre la habitación.
Giró lentamente la cabeza.
Sus ojos se clavaron directamente en los de Tabitha.
Durante casi diez segundos ninguna de las dos apartó la mirada.
Entonces, con una fuerza imposible para alguien que estaba muriendo, la mujer intentó abalanzarse sobre la joven del vestido negro.
Las demás lograron sujetarla apenas a tiempo, aferrándose con todas sus fuerzas a sus brazos.
Pasaron unos minutos.
Después...
La anciana dejó de moverse.
Su respiración desapareció.
Su tiempo en este plano terrenal había terminado.
Sin embargo, nadie tuvo tiempo para llorar.
Algo comenzó a brotar de su pecho.
No era una herida común.
La sangre salía lentamente y recorría su piel hasta formar unas palabras imposibles.
Era un nombre.
TABITHA.
Las mujeres quedaron completamente inmóviles.
Ninguna de ellas creía en la brujería ni en religión alguna, pero aquello escapaba a toda explicación.
Tabitha sintió cómo el frío recorría cada parte de su cuerpo.
Era tarde.
Demasiado tarde.
Tal vez aquella era la llamada hora del diablo... o quizá simplemente la hora en la que las cosas que no deberían existir caminan entre los vivos.
Sin decir una sola palabra salió de la casa antes que todas las demás y emprendió el camino de regreso completamente sola.
Mientras avanzaba por las calles oscuras no podía dejar de pensar en aquella palabra escrita con sangre.
Su nombre.
Comenzó a preguntarse si, de alguna forma imposible, ella había sido la responsable de la muerte de aquella mujer.
No encontraba ninguna explicación.
Solo sabía una cosa.
Aquella noche el terror recorrió todo su cuerpo y la dejó completamente inmóvil, incapaz de volver a dormir mientras una sola pregunta se repetía una y otra vez en su mente.
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Píldoras de terror
Horrorpíldoras de terror son varias historias cortas de terror que abarcan temas como el miedo a las cosas del mundo humano y tambien a las cosas sobre naturales
