El aire en la estación de servicio tiene el peso del mercurio, una mezcla densa de vapores de combustible y recuerdos que no le pertenecen. Namjoon, con la piel curtida por los 34 años que lleva cargando como una mochila llena de piedras, sostiene la manguera de gasolina. El líquido fluye, un borboteo rítmico que parece el pulso de un dios olvidado bajo el pavimento. No está dormido, pero la vigilia es una membrana tan delgada que puede ver las costuras del cielo. El sol de la tarde se descompone en un arcoíris aceitoso sobre el suelo, una cinta de Moebius que lo atrapa en un trance donde el tiempo no corre, sino que se desborda hacia atrás, hacia los 21, hacia la infancia donde las manos aún no olían a hidrocarburo.
Soy el vidrio del baño, una superficie gélida que miente con la precisión de un verdugo. Observo a Namjoon acercarse. Él no ve su rostro; ve una cartografía de ausencias. Su mano asciende, los dedos tiemblan con un hambre que nace en la médula. Cuando presiona esa pequeña imperfección en su mejilla, el dolor no le pertenece a él, sino a mí. Yo, el Reflejo, siento el estallido, la rotura del tejido y la calidez de la sangre que comienza a manchar mi profundidad de plata. Él, en su lado de la realidad, permanece liso, intacto, pero sus ojos reflejan el pánico de quien se sabe habitando un cadáver que aún respira.
-No soy yo -susurra, y su voz suena como el crujido de hojas secas bajo el agua-. El que me mira tiene dientes de niño, demasiado pequeños para esta boca tan grande. Si trato de hablar, ¿se desmoronará el mundo o solo mis encías?
El espectador observa desde un ángulo imposible, una cámara cenital que se retuerce mientras Namjoon entra en la cocina de su soledad. Sobre la mesa, un racimo de uvas brilla con una oscuridad eléctrica. Al tocarlas, la refracción de la luz sobre la piel tensa de la fruta no proyecta una sombra circular. En la pared, la sombra es una manzana perfecta, roja, pesada, cargada con el juicio de Jehová. Él lava la fruta y el agua asciende en espirales de geometría sagrada, formando tentáculos de cristal líquido que parecen acariciarle el rostro con la frialdad de un abismo marino. Cthulhu ríe en el susurro del grifo: el conocimiento no es poder, Namjoon, es la parálisis de entender que el espejo siempre estuvo roto.
El escenario se expande hasta que las paredes desaparecen. Estamos en el epicentro de un parque de atracciones donde la atracción principal es el fin del mundo. Un volcán de obsidiana se alza en el horizonte, escupiendo una lava carmesí que huele a vino fermentado y a pecado antiguo. La gente corre, figuras borrosas que mueren en silencio, convirtiéndose en estatuas de sal que decoran el carrusel en llamas.
Ella está allí. La chica de la gasolinera, la que llena sus días de un deseo mudo. Namjoon se acerca, moviéndose con la libertad de quien ha descubierto que el sueño es una plastilina infinita.
-Quédate quieta -le ordena, y sus manos comienzan a esculpir el aire.
La perspectiva se vuelve táctil, una caricia que es a la vez creación y profanación. Namjoon expande sus pechos hasta que la piel parece a punto de ceder, luego reduce su cintura a una línea imposible, moldeando su cuerpo según el dictado de un morbo que le quema las palmas. Le cambia el cabello por hilos de luz cian, le afila los dientes hasta que ella parece un depredador celestial. Hay un placer oscuro en el acto, una descarga eléctrica que lo hace sentir un dios griego sobre un pedestal de barro. Pero luego llega la culpa, un peso gótico que le cierra la garganta cuando ella lo mira con ojos que ahora son espejos de su propia miseria.
-Mírame, Namjoon -dice ella, y su voz es el eco de todas las mujeres que nunca se atrevió a amar-. ¿Crees que este cuerpo es real? Cada centímetro que cambias en mí es un fragmento de tu cordura que se funde en la lava.
El tiempo colapsa. Namjoon tiene 7 años y se oculta bajo la cama mientras escucha a los dioses discutir en la habitación de al lado. De repente, tiene 19 y está en un escenario hecho de ceniza, sosteniendo una manguera de gasolina que escupe fuego. La parálisis lo alcanza en medio del arcoíris. Sus piernas no responden; el suelo es una rejilla de metal sobre un vacío infinito donde flotan demonios con el rostro de sus antiguos maestros.
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Que empiece el juego; Kim Namjoon
FanfictionPura... Reclamaron tu origen, bautizaron tu cansancio como «penitencia» y convirtieron tu sacrificio en la moneda con la que ellos pagaban su cielo. Pura mierda. No te dejaron fluir libre; te atraparon en sus cálices de culpa, sofocando tu esencia b...
