El zumbido del simulador de Red Bull en Milton Keynes solía ser el único sonido capaz de callar los pensamientos de Max Verstappen. Pero esa tarde, ni los datos de telemetría en las pantallas ni los giros perfectos en el circuito de Spa-Francorchamps lograban concentrarlo.
Llevaba trescientos sesenta y cinco días arrastrando una extraña sensación de vacío en el garaje. Un año entero en el que su rutina de tricampeón se sentía extrañamente monótona.
—Vuelta rápida, Max. Buen ritmo —la voz de Gianpiero Lambiase cruzó por el intercomunicador. Aunque su ingeniero de toda la vida ahora asumía mayores responsabilidades en la jefatura técnica del equipo tras la reestructuración de Red Bull, su tono calmado seguía siendo el único anclaje de Max.
Max se quitó los auriculares y saltó fuera de la cabina del simulador, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. En la esquina de la sala, vio a GP junto a Laurent Mekies, el nuevo director de la escudería desde que la era anterior había quedado en el pasado. Ambos hombres estaban fijos frente a una de las pantallas de televisión principales, la cual usualmente transmitía los canales de deportes en vivo. Ninguno de los dos hablaba. Eso era una mala señal.
—¿Pasó algo con las regulaciones de la FIA? —preguntó Max, acercándose con desinterés fingido mientras tomaba una botella de agua.
Mekies no respondió con palabras. Solo intercambió una mirada seria con Lambiase y apuntó con el dedo hacia la pantalla de Sky Sports F1.
En la esquina inferior izquierda, una franja roja parpadeaba con las palabras: ÚLTIMA HORA. En el centro, una transmisión en vivo desde un auditorio repleto mostraba un monoplaza cubierto por una lona con los logos de General Motors. Pero lo que hizo que el corazón de Max dera un vuelco violento no fue el auto. Fue el hombre de pie junto al director del equipo Cadillac.
Llevaba un traje formal azul oscuro, el cabello perfectamente peinado hacia atrás y esa sonrisa ligeramente ladeada que Max no había visto en persona en doce meses.
Sergio Pérez estaba de regreso.
—Vaya, el viejo logró el asiento —masculló Mekies, cruzándose de brazos con una mueca—. Cadillac quería un golpe mediático y experiencia para su año de debut. Vaya que lo consiguieron.
Max se quedó petrificado, con la botella de agua congelada a mitad de camino a su boca. Sus ojos escanearon la pantalla ávidamente. Dios, se veía diferente. Más delgado, tal vez un poco más bronceado por el tiempo que pasó en México, pero con la misma mirada competitiva que Max conocía de memoria.
Al instante, sintió una vibración en el bolsillo de su pantalón de entrenamiento. Sacó el teléfono en silencio. Su feed de Instagram ya era un caos absoluto. La cuenta oficial de la Fórmula 1 acababa de publicar la foto de Checo sosteniendo el casco de Cadillac con el texto: "The Minister of Defence is back. Sergio Perez joins Cadillac F1 Team for the upcoming season".
Max sintió un vacío repentino en el estómago. El pánico, mezclado con una oleada de adrenalina pura, lo golpeó de golpe. Durante un año entero, se había limitado a ver la vida de Checo a través de una pantalla. Había revisado cada una de sus publicaciones en vacaciones y cada foto de las visitas de sus hijos, sabiendo lo duro que había sido para el mexicano el proceso del divorcio de Carola y tener que ver a los niños viajar de regreso para vivir con su madre. Max había observado el dolor silencioso de Sergio desde la distancia, viendo sus entrenamientos solitarios en el gimnasio y siempre cuidándose de no dar un like por accidente que delatara que seguía atrapado en el pasado. Había guardado el secreto de lo mucho que le hacía falta el mexicano a su lado en los vuelos y en los podios.
Y ahora, el hombre que le quitaba el sueño iba a estar en el mismo paddock, compartiendo los mismos hoteles, respirando el mismo aire... pero vistiendo otros colores. No sería su compañero de equipo. Sería su rival directo.
—Max, ¿estás bien? —preguntó GP, notando la rigidez en los hombros del neerlandés.
Max guardó el teléfono de golpe en su bolsillo y endureció la mirada, forzando la expresión más fría y apática que pudo gesticular. No iba a dejar que nadie en Red Bull, y mucho menos el propio Checo, supiera el desastre emocional que llevaba por dentro. El orgullo herido de haber sido "abandonado" durante un año habló por él.
—Estoy perfectamente —respondió Max, su voz saliendo más cortante de lo que planeaba—. Es solo otro auto lento en la parrilla al que tendré que rebasar. Si me disculpan, quiero terminar la tanda de simulación de carrera.
Caminó de vuelta al simulador con el pulso acelerado. Sabía que la pretemporada en Baréin comenzaba en dos semanas. Dos semanas para mentalizarse, endurecer el corazón y prepararse para el reencuentro. Si Checo creía que Max iba a recibirlo con los brazos abiertos después de un año de silencio, estaba muy equivocado. Iba a hacerle la vida imposible en la pista.
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Efecto Succión
General FictionUn año fuera de la Fórmula 1 fue suficiente para que Sergio "Checo" Pérez recargara fuerzas, pero no para olvidar lo que dejó a medias en Red Bull. Ahora, su regreso con la nueva escudería Cadillac sacude al paddock entero, especialmente al tricampe...
