Prólogo: Vino en Sangre

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El mármol, tan frío como las sonrisas de todos los que la observaban, y pulido hasta tal punto que reflejaba las mentiras que salían de sus sucias bocas, era lo único que mantenía cuerda a Stella. Su tacto la distraía del peso de las joyas que tenía que soportar, del peso de las miradas, los murmullos y los cantos religiosos que de tanto escuchar le sonaban falsos.

Sin embargo, la distracción no era suficiente para alejar su traicionera mente del punzante recuerdo de la sangre de su hermana mayor, la misma sangre que el lirio secó hace años.

Aun así, ella seguía allí, sin mover un pie, en el banquete al que su odiosa madre, la reina, la había arrastrado con tanto ímpetu, y en donde no podía estar más fuera de lugar.

Un sonido estridente resaltó de entre todas las risas y musitaciones, acallándolas a su paso. La reina Isis, en pie, con una copa en la mano y un tenedor en la otra, se disponía a proponer un brindis.

—¡Honorables presentes, damas y caballeros! —proclamó, mientras levantaba su copa—. Brindemos por el quincuagésimo segundo aniversario de nuestro queridísimo rey Osir. Imploremos que los dioses nos libren de los ladrones de éter que asedian nuestras fronteras, y que bendijeron a Su Majestad con su longevidad, su sabiduría, sus conquistas y las venideras...

El resto del discurso se perdió en el zumbido que recorría la piel de Stella, unas pulsaciones que chocaban con la hipocresía de cada palabra.

Su magia proclamaba por ser liberada, por destrozar esas patrañas y sus portadores, controlar sus asquerosas mentes y guiarlos al infierno, que lloraran sangre eternamente.

Desde el reflejo de la copa que Stella se había empeñado en no dejar de mirar, se vislumbraron unos ojos azules que ella conocía muy bien.

—Sonríe, princesa —susurró Arthur, acercándose—. Es la celebración de tu padre.

—¡Por el Rey! —coreó la corte, señalando el fin del interminable discurso y excusando a Stella por su silencio.

Bebieron todos, incluida ella, quien no solía hacerlo, mojo sus preciosos labios en el amargo sabor de un vino tinto.

Arthur se aproximó al oído de Stella mientras un mayordomo llenaba sus copas de carmesí nuevamente.

—Debo atender a mi padre, pero os ruego un baile más tarde —dijo, antes de inclinarse con delicadeza y besarle el dorso de su mano.

—Claro Arth —respondió Stella, algo más animada—. Como en los viejos tiempos —añadió.

Él le guiñó un ojo y se dirigió hacia su padre, quien estaba sentado en la vasta mesa imperial en el centro de la estancia, cerca del estrado donde el majestuoso rey residía sobre su gran trono de oro labrado. George Ashford no tardó en halagar a gritos a su hijo delante de todos los vejestorios presentes.

—¡Aquí está mi hijo! —proclamó con orgullo—. ¡El heredero de mi fortuna, mi apellido y el próximo Señor de la Casa de las Cadenas! ¡No hay padre más orgulloso!

Sus elogios resonaron por toda la sala, y Stella casi podría jurar que olía su aliento de borracho desde su rincón.

En la sala ya quedaban pocas personas sobrias y a pesar de las altas horas de la noche el júbilo resonaba en el ambiente. No obstante, George no se salvó de la oscura mirada del rey.

La paz era reciente; las rivalidades entre la corona y la casa noble más poderosa y rica habían sido fruto de guerras hasta hacía unos días, culminando en un acuerdo frágil tras décadas de disputas y sangre. Sin embargo, los privilegios concedidos a la Casa de las Cadenas, casi tan vastos como los de la realeza, eran un trago amargo que su orgulloso padre no podía, o no quería aceptar. El asunto estaba lejos de ser zanjado, pero al menos ahora veía a Arthur a diario, puesto que residía en el palacio.

Vino en SangreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora