Wanda: -Río, amor, ¿ya le diste la leche a la bebé?
La voz de Wanda llegó desde la cocina, cansada pero suave, rompiendo el silencio del departamento. Río se sobresaltó en el sofá, guardando el celular en el bolsillo del pantalón con una torpeza que delataba su culpa. En la pantalla acababa de desaparecer un mensaje de su jefa. Un mensaje que no tenía nada que ver con el trabajo.
Río: -Sí, ya tomó todo su biberón -respondió Río, levantándose para dejar a la pequeña de seis meses en su cuna. Le acomodó la manta con una ternura infinita. Amaba a esa niña, y amaba la vida que había construido. O al menos, la vida que solía bastarle.
Wanda entró a la sala secándose las manos con un paño. Tenía las ojeras marcadas por las noches en vela y el cabello recogido en un moño desordenado. Se acercó a Río y le rodeó el cuello con los brazos, buscando el refugio de siempre.
Wanda: -Qué bueno que ya estás en casa... Siento que no nos vemos en todo el día. Extrañaba esto. Extrañaba tenerte cerca.
Río se tensó sutilmente, aunque forzó una sonrisa y le devolvió el abrazo. El aroma a hogar y a bebé de Wanda chocaba de frente con el perfume caro y sofisticado que todavía impregnaba su propia ropa; el perfume de la dueña de la empresa Harkness.
Río: -Yo también, Wanda... Solo estoy un poco agotada. El nuevo puesto de secretaria exige demasiado.
Wanda se separó un poco, mirándola a los ojos con una mezcla de orgullo y preocupación.
Wanda: -Lo sé, mi amor. Sé que lo haces por nosotras y por el futuro de la bebé. Pero no te descuides, ¿sí? A veces siento que estás aquí, pero tu cabeza está en otra parte. En esa oficina.
Río desvió la mirada, incapaz de sostenerle los ojos a la mujer que le ofrecía un amor tan puro y estable, mientras su propio corazón empezaba a dividirse de una forma peligrosa.
El departamento quedó sumido en un silencio tenso, roto únicamente por los suaves quejidos de la bebé de seis meses, Katherine, que dormía plácidamente en su cuna.
Wanda se encontraba sola en la lavandería. Sosteniendo la camisa de Río, el aroma a rosas de Victoria's Secret le inundaba las fosas nasales, confirmando su peor pesadilla. Dejó caer la prenda en la tina, sintiendo que las lágrimas acumuladas finalmente nublaban su vista. Miró hacia la sala; Río no estaba en casa, probablemente retenida en la oficina bajo la excusa de alguna "reunión de última hora" con Agatha Harkness.
Wanda caminó lentamente hacia la habitación de la niña. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano antes de cruzar la puerta, sin querer transmitirle su angustia a la pequeña. Se sentó en la mecedora al lado de la cuna, contemplando a Katherine.
Wanda: -Todo era tan feliz... -susurró, con la voz quebrada, acariciando la pequeña mano de la bebé-. Éramos un matrimonio estable, mi amor. Tu mamá Río era una buena esposa... ¿En qué momento la perdimos?
El dolor de Wanda se mezclaba con la decepción. Sabía que Río las amaba, que cuidaba de ellas y que, hasta hace unos meses, su prioridad absoluta era su hogar. Pero el olor a rosas en la ropa limpia era una prueba irrefutable de que el corazón de Río ya no les pertenecía por completo; se había quedado atrapado en los lujos y la sofisticación de la empresa Harkness.
Wanda se quedó allí, en la penumbra del cuarto, abrazando sus propias rodillas mientras cuidaba el sueño de Katherine, esperando el sonido de la llave en la cerradura principal que anunciara el regreso de Río. El enfrentamiento final era inevitable.
Río abrió la puerta del departamento con cuidado, intentando no hacer ruido, pero se detuvo en seco al ver a Wanda sentada a oscuras en la sala, con la mirada fija en ella y sosteniendo la camisa húmeda que aún desprendía ese intenso aroma a rosas de Victoria's Secret.
El pánico se apoderó de Río al notar la decepción en los ojos de su esposa. Caminó rápidamente hacia ella, arrodillándose a su lado para intentar frenar el desastre.
Río: -Mi amor, no, por favor, no pienses mal -dijo Río con la voz apresurada, buscando las manos de Wanda-. Es que... sabes que mi jefa es un poco más expresiva, es más bella y sofisticada en sus formas de saludar. Hoy se despidió de mí con un beso en la mejilla antes de salir de la oficina de la empresa Harkness, y seguro su perfume de rosas quedó impregnado en el cuello de mi camisa. Fue solo eso, te lo juro.
Wanda la miró en silencio, con el corazón roto por una excusa que sonaba demasiado ensayada. Río, desesperada por salvar la estabilidad de su hogar y el matrimonio feliz que tanto valoraba, se acercó más y le dio un tierno beso en la frente.
Río: -No te debes preocupar, mi amor. Yo te amo a ti. Tenemos una bebé hermosa, tenemos a nuestra pequeña Katherine y una vida juntas. Ellas son mi prioridad.
Río intentaba convencer a Wanda, pero en el fondo de su mente, el recuerdo de Agatha Harkness seguía ardiendo. Amaba a su esposa y a su hija, pero la atracción y el enamoramiento por su jefa eran un secreto que cada vez se volvía más pesado y difícil de ocultar.
El tiempo pasó y Wanda tomó una decisión con el corazón en la mano: por el bienestar y el futuro de su pequeña Katherine, decidió perdonar y creer en la palabra de su esposa. Volvió a ser la mujer buena, amable y entregada de siempre, cuidando con amor cada detalle de su hogar. El matrimonio parecía haber recuperado su rumbo; de hecho, celebraron el primer año de la bebé rodeados de aparente felicidad.
Sin embargo, algo cambió sutilmente en la actitud de Río. Empezó a volverse distante con Wanda, ignorando sus conversaciones, sus miradas y sus muestras de afecto. Su atención estaba puesta al cien por ciento en la bebé, usándola casi como un escudo para no tener que conectar con su esposa, mientras mantenía su mente y su corazón perdidos en otra parte.
Un día, cuando Katherine ya tenía unos nueve meses más (acercándose a una nueva etapa), Wanda decidió tener un detalle tierno para romper esa barrera de hielo. Preparó una comida deliciosa, vistió a la bebé y la tomó en brazos. Con Katherine bien sujeta contra su pecho, se dirigió con ilusión hacia el imponente edificio de la empresa Harkness para darle una sorpresa a su esposa en su hora de almuerzo.
Al llegar al piso de las oficinas, el silencio del pasillo de la gerencia era absoluto. Wanda caminó despacio, sonriendo, y empujó suavemente la puerta entreabierta de la oficina principal.
La comida cayó al suelo en un instante, pero Wanda ni siquiera escuchó el ruido.
Frente a sus ojos, la escena era devastadora. Río, su esposa, la mujer que le había jurado amor eterno en la frente, estaba acorralada contra el escritorio. Sus manos rodeaban con desesperación la cintura de Agatha Harkness, mientras la dueña de la empresa la sostenía del cuello, ambas fundidas en un beso apasionado, violento y lleno de una entrega que Río jamás había vuelto a mostrar en casa.
Katherine soltó un pequeño balbuceo en los brazos de Wanda, ajena a la tragedia. El sonido hizo que Río se separara de golpe de los labios de Agatha. Al girar la cabeza y ver a Wanda parada en el umbral, con los ojos llenos de lágrimas y la bebé en brazos, el rostro de Río se tiñó de un palidez mortal. El secreto mejor guardado de la empresa Harkness acababa de estallar en mil pedazos..
El aire en la oficina de la empresa Harkness se volvió tan denso que costaba respirar. Río, con el rostro completamente pálido, se llevó las manos a la blusa desabotonada, intentando con torpeza cubrirse el brasier expuesto y ocultar la evidencia de la pasión que acababa de ocurrir.
Agatha Harkness, manteniendo una frialdad implacable y acomodándose el cabello con total elegancia, miró a Wanda de arriba abajo. Con una ceja levantada y un tono de voz gélido que destilaba superioridad, rompió el silencio:
Agatha: -¿Lo siento... tú quién eres?
Río sintió que el mundo se le venía abajo. El pánico la paralizó, pensando que Wanda desataría un escándalo monumental ahí mismo, gritaría o la enfrentaría con toda la furia de una esposa traicionada. Pero el dolor de Wanda era tan profundo que se transformó en una calma helada. Miró a Agatha, luego a Río con la blusa a medio abotonar, y apretó a Katherine contra su pecho. Decidió no rebajarse a hacer una escena en ese lugar.
Wanda: -No soy nadie importante -dijo Wanda, con la voz extrañamente firme, aunque sus ojos reflejaban una profunda decepción-. Solo soy una amiga de Río. Ella siempre me pide dinero prestado... y esta es su hija.
Agatha parpadeó, sorprendida por la revelación, y miró de reojo a Río. Una sonrisa ladeada y calculadora apareció en el rostro de la dueña de la empresa al darse cuenta de que ya sabía de la existencia de la pequeña.
Agatha: -Ah, claro... Río me había contado sobre la bebé. Me dijo que era algo normal, que ayudaba a una amiga. Pero nunca me sugirió que...
Agatha dejó la frase en el aire, disfrutando el control de la situación y dándose cuenta del enorme enredo de mentiras en el que Río se había metido para mantener su doble vida: ocultándole a su jefa que estaba casada, y ocultándole a su esposa que estaba completamente enamorada de otra mujer.
Río miraba a Wanda con los ojos suplicantes, atrapada entre el miedo a perder su matrimonio y la vergüenza de haber sido descubierta de la peor manera posible frente a la mujer que la deslumbraba
El golpe de la puerta al cerrarse detrás de Río resonó en el pasillo, pero la verdadera tormenta estaba esperándola adentro. Después de haber pasado el resto del día refugiada con Agatha -buscando en los brazos de su jefa un consuelo que solo le dejaba un sabor amargo a culpa-, Río finalmente reunió el valor para abrir la puerta del departamento.
La luz de la sala estaba encendida. Wanda la esperaba de pie, con los brazos cruzados y una expresión que ya no era de tristeza, sino de una dolorosa e implacable dignidad. A sus pies, descansaba una última bolsa con los pocos abrigos que quedaban en el clóset.
Wanda: -Toma -dijo Wanda, empujando la bolsa con el pie-. Esta es la última maleta que te hago en tu vida. Así que no quiero que regreses acá.
Río se quedó estática, sosteniendo las llaves que ya no le pertenecerían más. El silencio de la casa la abrumaba.
Wanda: -Pensé que me amabas... -continuó Wanda, y la voz se le quebró por un segundo antes de recuperar la firmeza-. Pensé que mi desconfianza y mis celos estaban matando la relación. Me hiciste dudar de mí misma, me hiciste creer que loca por oler tu ropa. Pero resultó que todo era verdad. Te enamoraste de ella.
Río bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos a la mujer con la que había construido un hogar. El peso de la verdad ya no se podía ocultar.
Wanda: - ¿Te enamoraste de ella solo por su dinero o qué? -soltó Wanda, con una risa amarga que destilaba puro dolor-. ¿Crees que no me di cuenta? Te enamoraste de ella por el estatus, por el dinero que te podía dar, por los lujos de la empresa Harkness.
Río apretó los puños. Las lágrimas, mezcla de vergüenza y frustración, comenzaron a salir. Levantó la cabeza, queriendo defender lo único que sentía real dentro de toda su traición.
Río: -No, Wanda... No fue por el dinero. Me enamoré de ella, así es la vida. El amor no se elige.
Wanda se limitó a mirarla, con una profunda decepción que dolió más que cualquier insulto. No había nada más que hablar; las cartas estaban sobre la mesa y el matrimonio feliz había muerto esa misma tarde.
Wanda se llevó la mano temblorosa a los dedos. Agarró el anillo de matrimonio, ese que alguna vez significó una promesa de amor eterno, y se lo arrancó con fuerza. Lo tiró sobre la última maleta con un desprecio que congeló a Río.
Wanda: -Aquí tú ya no eres bienvenida. Si quieres venderlo, haz lo que quieras con ese maldito anillo; véndelo para que tengas dinero, para que le compres algo a tu amada. O no... mejor dáselo a ella, a ella le quedará bien en el dedo. ¡Lárgate! Y ni pienses en hacer ruido, la bebé está durmiendo y me duele la cabeza. Así que vete, por favor.
Río, viendo la frialdad de la noche afuera y sintiendo el peso de no tener a dónde ir con tanta ropa, intentó suplicar una última vez, con la voz ahogada en la vergüenza.
Río: -Solo quiero quedarme esta noche... por favor, mañana me voy temprano...
Wanda: -¡No! -la cortó Wanda de golpe, con un susurro lleno de rabia-. Anda a un hotel o anda a la cama con ella, pero de acá no sacas nada más. Si quieres ven mañana en la mañana, o en tres meses más, o en una semana para que veas el trámite del divorcio. Porque yo aquí no voy a ser una maldita esposa sumisa que recibe migajas de amor de alguien.
Río tragó grueso, sintiendo que las maletas le pesaban toneladas en las manos. Las lágrimas le nublaban la vista, pero antes de dar el paso definitivo hacia el pasillo, se giró para mirar a Wanda por última vez. Necesitaba soltar esa culpa que la estaba carcomiendo, aunque sabía que sus palabras ya no arreglaban nada.
Río: -Cuando tú eres una buena mujer... no es que ya no quería estar contigo -comenzó Río, con la voz rota y temblorosa-. Pero no quería que te enteraras de esa forma. No quería destruir lo único que nos unía, que era Katherine... No lo quería hacer, pero no debiste enterarte así. Eres una buena esposa, haces todo, has hecho todo por mí: me lavabas, me cocinabas, me planchabas... pero ya no era nuestro momento. Ya no era.
Las lágrimas corrieron libres por las mejillas de Río al admitir en voz alta el fin de su historia. Wanda la escuchaba con el pecho apretado, con una mezcla de rabia y asco al ver cómo Río intentaba reducir su matrimonio a las tareas del hogar, mientras justificaba su traición con un simple "ya no era nuestro momento".
Río: -Espero que algún día encuentres una buena mujer que te ame y te quiera así como yo lo hice... -alcanzó a decir Río, en un intento de redención.
Pero Wanda no estaba para discursos románticos ni despedidas poéticas. El dolor se le transformó en una furia contenida que amenazaba con estallar.
Wanda: -¡Vete! -le gritó Wanda en un susurro violento, con los ojos inyectados en llanto y señalando el pasillo-. ¡Vete antes de que empiece a gritar y la bebé se despierte! ¡Vete, por favor!
Río dio un paso atrás, asustada por la firmeza de Wanda. Agarró sus maletas, dio la vuelta y caminó por el pasillo sin mirar atrás.
Wanda cerró la puerta de golpe, pasó el cerrojo y se apoyó contra la madera, dejándose caer lentamente hasta el suelo. El silencio regresó al departamento, roto solo por el eco de los pasos de Río alejándose hacia el ascensor. El matrimonio feliz había terminado, y la nueva vida de Wanda y Katherine comenzaba esa misma noche, en la total oscuridad.
Varios meses pasaron como un torbellino. En la empresa Harkness, el romance entre Río y Agatha ya no era un secreto de pasillo; se había convertido en una relación formal, llena de lujos, cenas caras y el estatus que Río tanto había buscado. Sin embargo, la burbuja de perfección se reventó el día que llegó la cita de la corte.
El juzgado de familia era un lugar frío. Wanda llegó puntual, con la pequeña Katherine en brazos, que ya estaba más grande y risueña. Río llegó acompañada por un abogado de renombre, probablemente pagado por la misma Agatha. Se sentaron frente al juez para definir el trámite del divorcio, la división de bienes y, lo más importante, la custodia de la bebé.
El abogado de Río tomó la palabra primero, exponiendo que su clienta solicitaba la custodia compartida, alegando que tenía estabilidad económica y un nuevo hogar donde recibir a la niña. Al escuchar eso, Wanda sintió que la sangre le hervía. Se acomodó en su silla, miró fijamente al juez y luego a Río, y tomó la palabra con una firmeza que nadie en la sala esperaba.
Wanda: -No le voy a dar la custodia compartida a esta mujer. Después de nuestro divorcio y de todo lo que pasó, yo no le voy a dar la custodia compartida como ella quiere. Yo voy a tener la custodia de mi hija. Si ella quiere venir a verla los fines de semana, por mí no hay problema, pero yo no pienso compartir la custodia.
Río intentó interrumpir, pero Wanda la detuvo con una mirada fulminante, su voz resonando con fuerza en la sala del tribunal.
Wanda: -¿Acaso quieres la custodia completa para que tú te vayas a trabajar y a la bebé te la cuide tu amante? No, mamita. Yo soy la madre. Yo fui la que la llevó nueve meses acá dentro de mi vientre, así que por favor, vas a respetar mi decisión.
El juez anotó las palabras de Wanda, evaluando la situación. Sabía que el bienestar de Katherine era la prioridad, y la estabilidad emocional que ofrecía Wanda era innegable.
Luego pasaron al espinoso tema de los bienes. Como se habían casado por bienes mancomunados (bienes juntos), todo lo construido en el matrimonio pertenecía a las dos. El departamento era el punto central de la disputa.
Wanda: -Yo quiero el departamento para mi hija. Que ella se quede donde ella quiera, pero yo quiero el departamento.
Río, al ver que se quedaba sin nada de lo que tanto le había costado construir antes de conocer a Agatha, reaccionó con frustración.
Río: -Pero el departamento también es mío... yo también lo pagué. No es justo que me quede sin nada.
El juez, tras revisar los papeles y priorizar el techo de la menor de edad, golpeó el mazo y dictó la sentencia definitiva.
Juez: -El departamento pasa a la señorita Wanda hasta que la niña cumpla la mayoría de edad. Es el hogar de la menor y no se va a perturbar su entorno. La custodia total queda en manos de la madre, y la señorita Río tendrá derecho a visitas los fines de semana.
Río se quedó en silencio. Miró a su abogado, quien solo asintió dándole a entender que no había nada más que hacer. Había ganado el romance con Agatha y el dinero de la empresa, pero lo había perdido todo lo demás. Río tragó saliva, miró al juez y luego a Wanda.
Río: -Está bien... asintió Río, con la voz sumisa.
Wanda abrazó a Katherine con fuerza, sintiendo un alivio inmenso. El departamento era suyo, su hija estaba a salvo con ella y el trámite del divorcio ponía fin, legalmente, al engaño de Río. La justicia le había dado la razón.
El tiempo siguió su curso inevitable. Dos años pasaron desde aquella tensa tarde en el juzgado de familia. La pequeña Katherine ya había crecido; ahora era una niña de dos años y medio, llena de energía y risas.
En la vida de Río, las cosas habían cambiado drásticamente. El departamento que perdió quedó atrás, y ahora compartía una vida de lujos junto a Agatha Harkness. Para sorpresa de muchos, Agatha no solo amaba a Río, sino que había adoptado un rol profundamente materno con Katherine. Cada fin de semana que la niña pasaba con ellas, Agatha la cuidaba como si fuera suya: la llenaba de mimos, la besaba, jugaba con ella en la alfombra y compartía momentos familiares que Río jamás imaginó tener. La felicidad parecía completa, pero faltaba el paso definitivo.
Un día, decidida a sellar su historia, Río se arrodilló frente a Agatha, sacó un anillo y le pidió matrimonio. La respuesta fue un "sí" rotundo.
La organización de la boda comenzó de inmediato. Por cuestiones de agenda y exclusividad, la ceremonia y el gran banquete quedaron planificados para un día lunes. Sabiendo que ese día legalmente no le correspondía estar con su hija, Río tuvo que armarse de valor y llamar a Wanda para pedirle un favor.
Río: -Wanda, quería pedirte un favor enorme... ¿Será que me puedo quedar con la bebé este lunes?
La respuesta de Wanda al otro lado de la línea fue inmediata y cortante.
Wanda: -El lunes no puedes. Me toca a mí, tú sabes que la niña está contigo de viernes a domingo.
Río: -Por favor, Wanda... Es solo por este lunes.
Wanda: -Lo siento, pero no. ¿Para qué la quieres un lunes?
Río: -Solo es para un evento, es mi boda con Agatha. Te la traigo justo después de que termine, no te preocupes por la niña. Yo y Agatha la vamos a cuidar muy bien.
Al escuchar el nombre de la mujer que había destruido su matrimonio, Wanda guardó silencio por un segundo. Sintió una punzada de rabia, pero en lugar de gritar, arqueó las cejas con pura superioridad y adoptó un tono completamente sarcástico y frío.
Wanda: -Está bien... Te la quedas el domingo. Pero la quiero acá a las 10:00 p.m. como máximo. No la quiero fuera más tarde con esa mujer.
Río, sintiendo el alivio de haber conseguido el permiso pero sabiendo que no debía estirar más la cuerda con los límites de Wanda, aceptó de inmediato.
Río: -Está bien, no te preocupes. A esa hora estará en casa.
Wanda colgó el teléfono sin despedirse. La tregua estaba hecha, pero la tensión entre el pasado de Río y su nuevo matrimonio con Agatha seguía siendo una bomba de tiempo.
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Una Cuna Vacía Finc Terminado
General Fiction"La cuna vacía se balanceaba lentamente en la penumbra. Cada movimiento parecía recordar una presencia que ya no estaba allí. El silencio que la rodeaba era más inquietante que cualquier ruido, como si la habitación entera estuviera esperando algo q...
