Lo que empieza como una noche cualquiera de plática, fútbol y tragos entre primos, termina destapando el seguro de un silencio que ya pesaba demasiado.
Porque el alcohol tiene una puntería exacta para dar donde duele, y los mensajes enviados a las...
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Lo tengo todo.
- La conocí por WhatsApp, es muy común hoy en día conocer a alguien en línea -dije, mientras giraba la botella entre mis dedos sin beberla-. Existen un montón de páginas web para citas, aplicaciones, grupos... pero con ella fue diferente. No la busqué. Simplemente apareció, y ya no supe cómo sacarla de la cabeza.
Ricky sonrió. Bien sabía cómo es eso; él conoció hace años a su esposa por Facebook y ahora estaban esperando una niña. La vida le había resultado más fácil que a mí, o al menos eso parecía desde afuera.
- ¿Y qué hace?
- Wey, ¿qué no hace...?
Es mercadóloga y hace de todo. Se supone que me ayudará con una de mis historias; ella habla muy bien inglés y ya ha hecho adaptaciones antes.
- ¿Habla inglés como tú?
- Mejor. Mucho mejor. Si te digo que me quedé pendejo es poco. La primera vez que la escuché hablar así, nomás me callé. No supe ni qué decir. Hay personas que te recuerdan todo lo que te falta, ¿sabes? Ella es de esas, pero de una manera en que no te duele, sino que te dan ganas de crecer.
A nosotros se unió mi primo Miguel. La música de Intocable y una cerveza bien muerta lo atrajeron. Jaló una silla sin pedir permiso, como siempre, y se sentó con esa cara de quiero saber de qué hablan.
Ricky y yo nos miramos de reojo.
- ¿Qué pedo, de qué hablan? -dijo Miguel mientras destapaba su cerveza.
- De Valeria -dije.
- ¿Quién es esa?
Saqué mi celular y le enseñé mi fondo de pantalla. No dije nada más. A veces una imagen explica mejor lo que la boca no sabe cómo acomodar.
Los dos se inclinaron a verla. En la bocina sonaba Me faltas tú; Intocable cantaba "Me falta algo, me falta alguien..."
Intocable sí que sabe dar justo donde duele, pensé, y le di un trago a mi cerveza. Dejé que la canción hiciera lo que yo no podía: decirlo.
- Está linda -dijo Ricky, y se giró de inmediato para ver si su esposa lo había escuchado.
Miguel y yo nos reímos.
- Si le digo que es lindísima, ella dice que estoy loco -dije, sin dejar de mirar la pantalla del celular-. Y pues sí, estoy loco. Loco y más perdido que la mamá de Luis Miguel,
- ¿Cuántos años tiene? -preguntó Miguel.
- 30.
- ¿Y tú? -dijo Ricky.
- 35.
- No, ni madres -Ricky hizo una pausa-, me llevas 7 años y yo tengo 34...
Ricky hizo cuentas y agregó: - 41, no chingues, ya estás bien ruco. Pobre morra. ¿Y si se te para?
Me reí con ganas. Era la primera vez en la noche que me reía de verdad.
Otra vez Intocable, ahora con Sueña:
Escucha el silencio Mirando mis ojos Quiero que sepas esta noche Cuanto te amo y lo feliz que soy...
Desde siempre esperé algo así. Creo que realmente enamorado nunca estuve, no a este nivel, y tal vez amo eso: que Valeria me hace sentir especial. Como si algo en mí, que llevaba años quieto, de repente tuviera razón de existir.
Las cervezas siguieron. Se terminó un six, luego otro. Hablamos de todo y de nada: fútbol, la paliza que le dio Alemania a la selección de un país del que jamás había escuchado, 7-1... pobres. Nos reímos de eso también, como uno se ríe de las cosas que no le duelen.
Fuimos al Matador por más cerveza. Ricky era el menos borracho y él manejó. Yo le mandé un mensaje a Valeria:
Vamos a comprar más cerveza.
Soy un sappy, lo sé.
Mi primo Miguel me dijo: -No deberías escribir borracho, wey.
Tenía razón. Lo hice de todas formas.
Ricky salió con una botella de Johnny Walker.
- Nos vamos a cruzar -dije.
Ricky se encogió de hombros.
- Ya no hay cheve.
Si conozco a mi primo, me quería poner pedo. Y yo lo dejé, porque necesitaba una excusa para no pensar tan claro.
Al entrar sonaba la Banda MS con *Mi mayor anhelo*. Fue inevitable escribirle a Valeria:
Ser de ti para amarte Hasta la eternidad quererte Y hacerte mucho muy feliz, es mi mayor anhelo Por siempre.
Julión tenía las palabras exactas para decir lo que yo no podía encontrar.
Le mandé otro mensaje: Lo siento amor, es que... te extraño.
Dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Esa noche yo era las dos cosas.
Le mandé otro mensaje: Perdón, nunca te había dicho amor. Es que a veces ya no puedo.
Y era cierto. A veces el silencio que uno se impone pesa más que cualquier cosa, y el alcohol nomás le quita el seguro.
Para las doce de la noche ya estaba medio ciego. La botella de whisky ya se iba a terminar y Miguel sacó una de tequila que tenía por la mitad.
La plática fluctuaba entre fútbol, política y chismes familiares, el negocio de Ricky, el trabajo y mis libros. Cuando Pesado nos soltó Loco:
"No, lo nuestro no puede morirse, no El tiempo no me hará rendirme Y mientras respire, aquí te esperaré..."
Le escribí a Valeria: Eres como esos protectores de pantalla viejos de Windows. Tu nombre rebota en mi cabeza y nunca se detiene.
A las tres de la mañana yo ya no podía con mi alma.
- Gracias, qué rica peda, pero yo me borro -dije con voz pastosa, arrastrando la lengua.
Me fui a dormir con el cuarto dando vueltas y Valeria en la cabeza, como siempre.
Al día siguiente tenía dos mensajes de Valeria:
- Me encantaron tus drunk texts.
- Te amo.
Me quedé mirando la pantalla un buen rato. Sobrio y más perdido que nunca.