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La aguja de acero inoxidable atravesó la piel de la ardilla con un crujido seco y satisfactorio. Para Wednesday, la estructura interna de un roedor atropellado era infinitamente más predecible y reconfortante que la psique humana. A su lado, Thing sostenía con firmeza una de las pinzas de disección, moviendo los dedos con ritmo militar.

Al otro lado de la habitación, el panorama era trágicamente opuesto.

Enid estaba desparramada sobre la colcha negra de la cama de Wednesday, desentonando con el entorno gracias a sus calcetines de rayas amarillas y una revista de chismes de celebridades que pasaba con ruidoso entusiasmo. Aunque técnicamente cada una mantenía su propio espacio y sus respectivas casas, la presencia de Enid en la habitación de Wednesday se había vuelto una constante. Una anomalía que la joven Addams, contra todo pronóstico médico y familiar, había aprendido no solo a tolerar, sino a necesitar.

El silencio sepulcral que Wednesday tanto protegía se rompió con el estridente tintineo de un teléfono. Enid dio un respingo, revisando la pantalla táctil iluminada con tonos pastel.

-Es Yoko -dijo Enid, incorporándose sobre los codos-. Pregunta que dónde estoy y que si queremos salir por un café con los demás.

Wednesday ni siquiera levantó la vista del bisturí.

-Dile a Yoko que prefiero que me extraigan las amígdalas a través de los ojos antes que sentarme a escuchar sus debates sobre las tendencias de TikTok.

-Ay, Wedns, vamos, un rato -insistió Enid con un puchero que Wednesday no tuvo que mirar para saber que existía.

-Negativo. Ve tú. Consume tus dosis necesarias de socialización superflua y luego regresa a contarme los detalles más humillantes de la velada. Eso me resulta moderadamente entretenido.

Enid suspiró, pero una sonrisa suave apareció en sus labios. Sabía perfectamente que no iba a sacar a Wednesday de su cueva. Se puso de pie, sacudiéndose la falda, y se acercó a la mesa de disección. Sin pedir permiso, se inclinó y plantó un beso cálido en la mejilla de Wednesday, justo al lado de donde una pequeña mancha de sangre seca decoraba su pómulo.

-No me extrañes demasiado, mi gótica favorita -le guiñó un ojo.

-El sentimiento de extrañar es una debilidad neurológica. No me ocurre -replicó Wednesday, aunque sus dedos se tensaron imperceptiblemente en el mango del bisturí hasta que escuchó la puerta principal de la casa cerrarse.

La noche cayó con una pesadez inusual. En el escritorio, junto al tintero, descansaba un objeto que Wednesday consideraba una abominación tecnológica: un teléfono inteligente. Un aparato que Enid prácticamente la había obligado a comprar bajo la amenaza de no dejarla dormir si no se mantenían comunicadas. Por supuesto, el número solo lo tenía ella. El dispositivo existía única y exclusivamente por y para Enid Sinclair.

La pantalla se encendió, rompiendo la perfecta oscuridad del dormitorio.

Enid 🌈✨: ¡Yoko se pidió un latte con triple chocolate y casi se le cae encima de un perro! Te extraño muchísimo, ojalá estuvieras aquí para burlarte conmigo. Te amo, mi nube negra 🖤

Wednesday observó el texto durante tres largos minutos. Sus dedos, usualmente ágiles para el piano o la máquina de escribir, dudaron sobre el teclado digital. Finalmente, tecleó su respuesta casi similar, adaptada a su propia naturaleza.

Wednesday: El colapso del latte habría sido un espectáculo aceptable. Tu ausencia reduce el nivel de ruido en esta habitación a un porcentaje óptimo, lo cual es... tolerable. Regresa con vida.

Dejó el aparato bocabajo. Una sutil calidez, que siempre asociaba erróneamente a una indigestión, se asentó en su pecho justo antes de cerrar los ojos para dormir.

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