Capítulo 1: El eco de un mundo sin magia

34 2 1
                                        

El Gran Comedor nunca me había parecido tan sofocante.

Y eso que había sobrevivido a un año viviendo en una tienda de campaña, huyendo de mortífagos y comiendo hongos silvestres. Pero esta noche, el aire bajo el techo encantado —que mostraba un cielo nublado y tormentoso, muy acorde a mi estado de ánimo— estaba cargado de una expectación que me daba dolor de cabeza.
Ajusté mi insignia de Premio Anual en la túnica por cuarta vez en los últimos diez minutos.
Ron, a mi derecha, devoraba un muslo de pollo con la misma despreocupación de siempre, mientras Harry, a mi izquierda, no dejaba de dar golpecitos con el pie contra la pata de la mesa de Gryffindor. Él también lo sentía. Después de la guerra, todos estábamos en un estado de alerta perpetuo. Y la idea del Ministerio de Magia de traer a un grupo de adolescentes superpoderosos de Japón no ayudaba a mis niveles de ansiedad.

—Relájate, Hermione —murmuró Harry, notando cómo mis dedos tamborilaban sobre el pergamino con los horarios de bienvenida—. McGonagall sabe lo que hace.

—No dudo de la directora, Harry. Dudo de la logística —repliqué, bajando la voz—. ¿Jóvenes que pueden generar explosiones, fuego o alterar la gravedad sin necesidad de una varita, caminando por un castillo lleno de reliquias frágiles y escaleras impredecibles? Es un desastre burocrático a punto de ocurrir.

—Yo creo que será genial —terció Ron con la boca medio llena—. He oído que hay uno que se convierte en un dragón, o algo así.

Solté un suspiro exasperado justo cuando las inmensas puertas de roble del Gran Comedor se abrieron de par en par con un chirrido solemne. El murmullo de cientos de estudiantes se apagó de inmediato.

Allí estaban.

No llevaban túnicas. Vestían unos uniformes grises con detalles en verde y corbatas rojas, impecables y estructurados. A la cabeza del grupo caminaba un hombre de aspecto desaliñado, envuelto en lo que parecían vendas o bufandas grises, con una mirada tan cansada que me recordó fugazmente al profesor Lupin.

Pero mi atención se desvió rápidamente hacia los estudiantes. Eran unos veinte. Había un chico de cabello verde que miraba las velas flotantes con los ojos tan abiertos que parecía a punto de llorar de la emoción, murmurando frenéticamente mientras anotaba algo en un cuaderno desgastado. A su lado, un chico con el cabello dividido exactamente entre blanco y rojo caminaba con una postura rígida, examinando la sala con fría eficiencia.

Y luego... luego lo vi a él.

Caminaba un poco rezagado, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, los hombros tensos y una postura que gritaba hostilidad a los cuatro vientos. Su cabello era de un rubio ceniza indomable, erizado en todas direcciones como si acabara de recibir una descarga eléctrica. Pero lo que realmente me llamó la atención fue su expresión. Mientras los demás parecían maravillados, intimidados o curiosos por la magia de Hogwarts, él miraba las paredes del castillo con un profundo y absoluto desdén.

Sus ojos rojos se cruzaron con los míos por una fracción de segundo. Sentí un respingo involuntario, como si me hubieran arrojado una chispa caliente a la piel. Me sostuvo la mirada, frunció el ceño en una mueca de evidente desprecio, chasqueó la lengua y apartó la vista hacia el techo estrellado, poniendo los ojos en blanco.

Qué insolente, pensé, enderezando mi postura.
La directora McGonagall se puso en pie, su figura imponente exigiendo silencio absoluto.

—Estudiantes de Hogwarts —comenzó, con su voz resonando clara en cada rincón—. Este año, como parte de un tratado internacional sin precedentes, tenemos el honor de acoger a la Clase 1-A de la Academia U.A. de Japón. Ellos no portan varitas, pero poseen habilidades extraordinarias conocidas como "Dones". Espero que demuestren la legendaria hospitalidad de nuestro colegio. La señorita Granger, nuestra Premio Anual, será su principal enlace y supervisora académica.

Sentí el peso de cientos de miradas sobre mí, pero mantuve la barbilla alta. Cuando volví a mirar hacia el grupo de japoneses, el chico rubio me estaba observando de nuevo, esta vez con una sonrisa ladeada que no auguraba nada bueno. Era la sonrisa de alguien a quien le acababan de presentar a su próximo objetivo.

Una hora más tarde, la cena había concluido. Según el protocolo, me correspondía guiar a nuestros invitados a su sala común temporal, ubicada en el ala oeste del castillo.

Caminaba al frente del grupo con paso firme, recitando las normas básicas en un tono que no admitía réplicas. Para mi alivio, el hechizo traductor que el Ministerio había colocado en los uniformes funcionaba a la perfección.

—...y los toques de queda son estrictos. A las diez de la noche, todos deben estar en sus dormitorios. Los pasillos de Hogwarts no son seguros en la oscuridad si no se conocen —expliqué, girándome ligeramente para mirarlos—. Además, está terminantemente prohibido el uso de sus habilidades, o "Dones", en los pasillos.

—¡Entendido, señorita Granger! —respondió un chico alto con gafas, que se movía rígidamente como un robot—. ¡Nos aseguraremos de cumplir las normas de esta prestigiosa institución al pie de la letra!

Le esbocé una sonrisa agradecida. Quizás esto no sería tan malo despué...

—¿Ah, sí? ¿Y quién me va a detener si me da la gana de usar mi Don? ¿Tú, ratona de biblioteca?

La voz fue áspera, gutural y cargada de una arrogancia que me hizo frenar en seco.

Me giré lentamente. El chico rubio ceniza se había adelantado al resto del grupo. Estaba a menos de un metro de mí. De cerca, era incluso más intimidante. Era más alto de lo que parecía desde la mesa de Gryffindor, y desprendía un olor peculiar, como a azúcar quemada y pólvora.

—Mi nombre es Hermione Granger —dije, usando mi mejor tono de Prefecta, ese que solía hacer temblar a los de primer año—. Y sí, yo te detendré. Si infringes las reglas, te enfrentas a castigos disciplinarios. Esto no es un patio de recreo.

Él soltó una carcajada seca, sin una pizca de humor. Sus manos salieron de sus bolsillos y vi cómo unas pequeñas chispas naranjas crepitaban en las palmas de sus manos. Mis instintos de guerra se activaron al instante; mi mano derecha voló hacia el bolsillo de mi túnica, rozando la madera de vid de mi varita.

—Bakugo, basta —intervino el profesor de aspecto cansado, Aizawa, con una voz que no se elevó, pero que cortó el aire como un cuchillo—. Guarda eso. Ahora.

El chico —Bakugo— cerró los puños y apagó las chispas, pero no apartó sus ojos rojos de los míos. Parecía estar evaluándome, buscando debilidades.

—Tsk. Un castillo lleno de extras anticuados que necesitan un palito de madera para defenderse —murmuró, lo suficientemente alto para que yo lo escuchara—. Esto va a ser una pérdida de tiempo.

Di un paso hacia él, acortando la distancia. No iba a permitir que me intimidara el primer día. Ya había lidiado con mortífagos, con un Señor Tenebroso y con la estupidez de Ron; un adolescente con complejo de superioridad no iba a arruinar mi expediente impecable.

—Esos "palitos de madera" han ganado guerras de las que no sabes nada, Bakugo —repliqué, mi voz fría como el hielo—. Si crees que tus explosiones te hacen invencible, te sugiero que te prepares para una dura lección de humildad. Aquí, las reglas las dicto yo. Te adaptas, o te paso el reporte directo a tu profesor para que te devuelvan a tu país. ¿Quedó claro?

El silencio en el pasillo de piedra fue sepulcral. El chico peliverde —Midoriya, creía recordar— contenía la respiración, mirándonos como si estuviéramos a punto de detonar.

Bakugo me miró fijamente. La furia en sus ojos rojos chocó directamente contra la determinación en los míos. Vi cómo la vena de su cuello palpitaba, pero, sorprendentemente, una chispa de oscuro interés atravesó su mirada antes de que se diera la vuelta con brusquedad.

—Enséñame el puto cuarto, cerebrito —masculló, dándome la espalda.

Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes. Solté el agarre de mi varita en el bolsillo y, con un giro de talones perfecto, reanudé la marcha sin decir una palabra más.

Entre fuego y magiaStories to obsess over. Discover now