un universo de habitaciones y pasillos aparentemente infinitos, iluminados por luces fluorescentes y con una sensación inquietante de aislamiento. No son un lugar real, sino una historia colaborativa creada por comunidades en línea.
La estática de un televisor viejo llenó la pantalla antes de dar paso a una imagen temblorosa, grabada en cámara en mano. El zumbido constante de las luces fluorescentes era ensordecedor.
Las paredes estaban cubiertas por un papel tapiz amarillento y desgastado; el suelo, por una alfombra húmeda.
Se escuchaba la respiración agitada de un hombre. Corría desesperado por los pasillos interminables de los Backrooms, mirando hacia atrás con pánico.
Una silueta grotesca y distorsionada lo perseguía desde las sombras. El hombre dobló a la izquierda, luego a la derecha, metiéndose en un rincón estrecho. Se quedó allí, conteniendo el aliento, con la cámara temblando entre sus manos. Pasaron diez segundos de un silencio sepulcral. El peligro parecía haber pasado.
-Creo... creo que lo perdí -susurró el hombre, dejando escapar un suspiro de alivio.
De repente, la luz sobre su cabeza parpadeó y se apagó por completo. En la absoluta oscuridad, dos ojos brillantes y una gigantesca y tétrica sonrisa luminosa aparecieron de la nada. Un Smiler.
Un grito desgarrador cortó el aire justo antes de que la cámara cayera al suelo y la transmisión se cortara en estática pura.
La pantalla se desvaneció y la luz del sol de la mañana golpeó el rostro de Abbie. Parpadeó un par de veces, ajustando la mochila en sus hombros mientras caminaba por la acera.
En este mundo, todo era normal. No había monstruos de papel, ni tijeras gigantes, ni garras misteriosas; todos eran humanos comunes y corrientes que asistían a la prestigiosa, aunque estricta, Paper School.
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Al cruzar las puertas principales del instituto, el ambiente tenso de los exámenes habituales se sentía un poco más ligero gracias al bullicio del patio.
-¡Abbie! ¡Por aquí! -una voz alegre lo sacó de sus pensamientos.
Abbie levantó la mirada y sonrió al ver a su grupo de amigos. Claire le tendía la mano con una sonrisa cálida, mientras Engel levantaba un libro a modo de saludo.
A su lado, Lana jugaba con unos hilos en sus dedos y Bubble saltaba ligeramente, contagiando su energía de siempre.
-Hola, chicos -saludó Abbie, acercándose a ellos-. ¿Listos para el día de hoy?
-Más o menos -respondió Claire con una risita-. Pero al menos la primera hora es relajada.
-¡Sí! ¡Tenemos que correr a la clase de música! -recordó Bubble, dando una palmadita en la espalda de Abbie.
El grupo se dirigió a paso ligero por los pasillos de ladrillo y madera hasta el aula de música. Al entrar, el ambiente era acogedor.
Instrumentos de todo tipo decoraban las paredes y el aroma a barniz flotaba en el aire. En el centro del salón, Mister Demi afinaba su guitarra acústica con un gesto un tanto nervioso, como era habitual en él.