El dia de la tragedia

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Pov esteban

Habían pasado dos semanas, pero mi mente seguía atrapada en esa carretera cerca de París. Lo último que recordaba era las risas de mis papás, el calor dentro del auto y nuestras voces desafinando mientras celebrábamos mi podio. Era mi última carrera antes de entrar al campeonato oficial de karting. Íbamos felices. Luego, un grito, el chirrido de las llantas y todo se tiñó de negro.

Desperté bajo un techo blanco y el pitido ensordecedor de una máquina. Cuando intenté moverme, el pánico me invadió; una enfermera me empujó suavemente hacia la camilla, ajustando una mascarilla de oxígeno que me impedía hablar. El cansancio me ganó, pero antes de volver a la oscuridad, escuché el susurro de los médicos afuera: 'Accidente... el niño quedó huérfano'. No entendi.

Días después, una trabajadora social me dijo si conocía algo del dinero de mis papás pero yo solo me acuerdo que mi papá había dicho algo de invertir ella solo me miró con algo que no pude identificar y Al preguntar por mis padres, solo evadieron la mirada y dijeron que 'ya no estaban'. Pensé que me habían dejado solo unos días.Esa idea se rompio cuando al tercer dia despues del accidente cuando la puerta de la habitación se abrió y apareció Pierre mi mejor amigo. Llevaba los ojos rojos y el rostro pálido llevaba en sus manos mi ultimo trofeo . Al verme, se derrumbó y, me abrazo entre lágrimas, me dijo que como estaba y me dio las condolencias por la muerte de mis padres . Fue en ese abrazo torpe de niños donde la verdad salio a la luz mis padres nunca iban a volver.

Después de tanto tiempo esperando, pensando que mis papás podían estar en otra habitación recuperándose o tal vez preparándome una sorpresa, las palabras de Pierre me obligaron a despertar a la realidad. Ya no aguanté más y me puse a llorar. Solo quería llorar.

A través de las lágrimas, alcancé a ver a la mamá de Pierre, la señora Pascale, hablando afuera con la trabajadora social. El rostro de Pascale se puso completamente serio y rígido antes de alejarse por el pasillo. Mientras tanto, yo me quedé en la camilla hablando con mi amigo.

-No importa qué pase, siempre vas a ser mi mejor amigo -me dijo Pierre con los ojos brillantes.

Extendimos nuestros dedos meñiques y sellamos una pinky promise.

Minutos después, la señora Pascale regresó. Se sentó en la silla de invitados, intentando suavizar su expresión, y me preguntó con voz suave si mi papá tenía un seguro o si teníamos plata ahorrada. Con mis ocho años y la mente nublada, le asentí. Le conté que no que se había vencido y que la otra señora no me había explicado nada, solo me había dicho que a mis papás no tenían nada y que, si lo hacía, ellos se encargarían de todo.

La señora Pascale me miró a los ojos con una mezcla de tristeza y una furia contenida. Me explicó que lo que mis padres no tenían un seguro y que no había una inversión . Yo no entendía de números ni de leyes, pero ella me prometió que iba a hablar con alguien para solucionarlo y que la esperara. Me despedí de Pierre y se fueron. Esa noche, por fin, pude dormir un poco más calmado gracias a la visita de mi amigo.

Sin embargo, pasaron dos días y ni la señora Pascale ni Pierre regresaron. El hospital se sentía cada vez más frío. Lo único que me quedaba de ellos era una carta que una enfermera me entregó a escondidas; en ella me decían que me querían mucho, que por nada del mundo volviera a firmar nada y que estaban seguros de que algún día volvería a subir a un podio. Esas palabras me dieron una pequeña chispa de esperanza, pero la realidad no tardó en golpearme.

Ese mismo mediodía, una mujer con el rostro amargado -de esas que parecen estar completamente acostumbradas a los berrinches de los niños- entró a mi habitación. Sin ninguna pizca de amabilidad, me dio el alta, me sacó del hospital y me arrastró en un auto hasta un sitio horrible. Era un refugio temporal, un lugar abarrotado de gente, ruidoso y gris.

-No puedes salir de aquí -me soltó la mujer antes de darse la vuelta y dejarme solo.

Esa noche el ambiente era tan helado que ni siquiera pude llorar; el miedo me secó las lágrimas. Para empeorar las cosas, un hombre no dejaba de seguirme con la mirada desde una esquina, haciéndome sentir completamente incómodo y en peligro. Buscando refugio, me acerqué temblando a un grupo de dos señoras mayores que hablaban un idioma que no parecía francés. Al notar mi pánico, ellas entendieron todo de inmediato: miraron feo al tipo con severidad hasta que lo ahuyentaron, y luego, con un gesto tierno, me hicieron un espacio entre sus cobijas para dejarme dormir seguro y protegidamente a su lado.

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hola como estan?

Espero que les guste la historia es algo rara pero siempre me parecio que checo y esteban tenian una relacion de hermanos

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