365 días

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—Solo le queda un año de vida

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—Solo le queda un año de vida.

La sanadora tenía los labios apretados en esa línea recta que usan los profesionales para decir cosas que nunca deberían tener que decir, y sus manos descansaban sobre el escritorio con una calma que a Draco le dio ganas de romper algo.

Por un segundo, su cerebro simplemente se negó a procesar la información, como cuando intentas leer un idioma que no conoces y las letras están ahí pero no significan nada.

Un año.

La palabra rebotó en algún rincón hueco de su cabeza.

Un año.

Doce meses.

Un año.

Trescientos sesenta y cinco días.

Un año.

Se le estaban resbalando los números entre los dedos del pensamiento, como canicas mojadas. Intentó agarrar uno y se le escapaba otro. Trescientos sesenta y cinco. Doce. Uno. La sanadora seguía hablando pero su voz llegaba envuelta en algodón, amortiguada, como si hablara desde el otro lado de una puerta cerrada.

—La necrosis mágica está avanzada... el daño en su núcleo mágico es irreversible... podemos administrar pociones para los síntomas... no hay cura.

Pero eran palabras, solo palabras. Sonidos que entraban por sus oídos y se desintegraban antes de alcanzar la parte del cerebro que se supone que entiende las cosas.

Draco miraba un punto fijo en la madera del escritorio. Una mancha oscura. Quizás de tinta, quizás de algo peor. Se concentró en ella como si fuera el último clavo ardiendo al que agarrarse. La mancha no exigía respuestas. La mancha no le decía que se iba a morir. La mancha estaba ahí, inmóvil, y él de repente sintió una envidia absurda por un pedazo de tinta seca.

Su corazón latía. Curioso. Aún seguía latiendo. El mismo corazón que dentro de un año se pararía. ¿Cómo podía seguir haciendo su trabajo tan tranquilamente el muy imbécil, si acababan de firmarle la sentencia?

El pulso le golpeaba en las sienes, en el cuello, en las yemas de los dedos que tenía apoyados sobre los muslos. Bum. Bum. Bum. Un metrónomo desafinado contando los segundos que le quedaban.

La sanadora había dejado de hablar y lo miraba fijamente, esperando que dijera algo, que preguntara, qué reaccionara.

Pero no podía.

Su garganta se había cerrado con una especie de cemento fresco que le bloqueaba el paso del aire y de las palabras. Abrió la boca y la volvió a cerrar. El sonido que intentó salir no era ni una pregunta, ni un gemido; era una nada ruidosa que se le murió en los labios.

—¿Hay alguien a quien deba llamar?

Esa pregunta sí la entendió. La entendió perfectamente porque en realidad significaba: ¿Hay alguien a quien deba avisar que usted va a morirse en un año?

Trescientos Sesenta y Cinco Días - [Drarry/Harco]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora