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📍Cancún, Quintana Roo Meses después
Narrador omnisciente
Kiara cumplió veinte en Cancún.
Y, como todo en la vida de Kiara Alia Moreno Franco, no fue un cumpleaños sencillo.
No podía serlo.
No con Kevin diciendo desde semanas antes que su hermana merecía "mínimo un viaje, flores, y que todos se comportaran porque si no se iba a poner de mal humor".
No con su mamá preguntando qué vestidos iba a llevar.
No con su papá reservando cenas como si fuera un evento familiar importante.
No con Tito quedándose en Culiacán con la nana y Kevin reclamando por FaceTime que "su sobrino peludo" también merecía vacaciones.
Y mucho menos con Víctor Ordóñez planeando algo en silencio.
Algo que llevaba meses guardándose.
Algo que le quemaba en el pecho cada vez que veía a Kiara dormida a su lado, con su nombre tatuado en la muñeca y el anillo de la V brillando en su mano.
Porque Víctor había sabido, desde mucho antes de decirlo en voz alta, que quería casarse con ella.
No como capricho.
No como impulso.
No como una manera de tenerla asegurada.
La quería como esposa porque después de todo lo que habían pasado, después de casi perderla, después de aprender a quedarse, de aprender a hablar, de aprender a tragarse el orgullo cuando su primera reacción era hacer una pendejada, entendió que Kiara no era una etapa.
Era su vida.
Y si ella quería, él quería hacerla suya de una forma más seria.
Más grande.
Más para siempre.
Ese viaje a Cancún fue por su cumpleaños.
Al menos eso creía ella.
Llegaron un par de días antes. Se hospedaron en un hotel hermoso, con vista al mar, alberca privada, flores en la habitación y el clóset lleno de maletas de Kiara porque ella había empacado como si se fuera un mes entero.
—¿Cuántos días dijiste que veníamos? —preguntó Víctor, mirando las maletas.
Kiara, acomodando sus perfumes en el baño, ni lo volteó a ver.