Prólogo

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Siete años atrás.

—¡Maya, cuidado con el caparazón! ¡Salta! ¡SALTA!
El grito de mi hermano Lucas llegó tarde. En la pantalla del televisor de tubo, mi pequeño fontanero bigotudo tropezó torpemente con el enemigo más lento del juego y cayó al vacío con una musiquita de derrota.

Game Over.

—Eres un peligro público con el mando, de verdad —se quejó Lucas, quitándome el control de las manos de un tirón—. No has pasado del primer nivel en toda la tarde.
Tenía razón. Se me daba fatal. Confundía los botones, calculaba mal los saltos y me caía por los bordes por pura distracción. Pero mientras mi hermano se desesperaba con mi falta de habilidad, yo no podía apartar los ojos de la pantalla.
No me importaba perder. Lo que me tenía completamente fascinada era cómo unos pequeños cuadrados de colores podían construir un mundo entero. Me maravillaba la música, el diseño de los niveles y los paisajes pixelados. Mientras mi hermano jugaba para ganar, yo me quedaba embobada imaginando qué aspecto tendrían los castillos por dentro o cómo dibujaría yo a mis propios villanos si tuviera la oportunidad.
Esa tarde, tuve una corazonada, lo supe con total claridad: yo no quería ser la jugadora. Bueno, quería seguir jugando, aunque fuese hierro en todos los juegos. Pero... quería ser la creadora. Quería estudiar Diseño y Creación de Videojuegos.

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